La muerte lenta del chavismo

PIEDRA DE TOQUE. Al mismo tiempo que el Gobierno de Nicolás Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión se amplificaba y se detenía a funcionarios por votar a la oposición

Mario Vargas Llosa

FERNANDO VICENTE

Una fiera malherida es más peligrosa que una sana pues la rabia y la impotencia le permiten causar grandes destrozos antes de morir. Ese es el caso del chavismo, hoy, luego del tremendo revés que padeció en las elecciones del 14 de abril, en las que, pese a la desproporción de medios y al descarado favoritismo del Consejo Nacional Electoral —cuatro de cuyos cinco rectores son militantes gobiernistas convictos y confesos— el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, perdió cerca de 800 mil votos y probablemente sólo pudo superar a duras penas a Henrique Capriles mediante un gigantesco fraude electoral. (La oposición ha documentado más de 3,500 irregularidades en perjuicio suyo durante la votación y el conteo de los votos).

Advertir que “el socialismo del siglo XXI”, como denominó el comandante Hugo Chávez al engendro ideológico que promocionó su régimen, ha comenzado a perder el apoyo popular y que la corrupción, el caos económico, la escasez, la altísima inflación y el aumento de la criminalidad, van vaciando cada día más sus filas y engrosando las de la oposición, y, sobre todo, la evidencia de la incapacidad de Nicolás Maduro para liderar un sistema sacudido por cesuras y rivalidades internas, explica los exabruptos y el nerviosismo que en los últimos días ha llevado a los herederos de Chávez a mostrar la verdadera cara del régimen: su intolerancia, su vocación antidemocrática y sus inclinaciones matonescas y delincuenciales.

Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos

Así se explica la emboscada de la que fueron víctimas el martes 30 de abril los diputados de la oposición —miembros de la Mesa de la Unidad Democrática—, en el curso de una sesión que presidía Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó a Chávez en su frustrado levantamiento contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. El Presidente del Congreso comenzó por quitar el derecho de la palabra a los parlamentarios opositores si no reconocían el fraude electoral que entronizó a Maduro e hizo que les cerraran los micros. Cuando los opositores protestaron, levantando una bandera que denunciaba un “Golpe al Parlamento”, los diputados oficialistas y sus guardaespaldas se abalanzaron a golpearlos, con manoplas y patadas que dejaron a varios de ellos, como Julio Borges y María Corina Machado, con heridas y lesiones de bulto. Para evitar que quedara constancia del atropello, las cámaras de la televisión oficial apuntaron oportunamente al techo de la Asamblea. Pero los teléfonos móviles de muchos asistentes filmaron lo ocurrido y el mundo entero ha podido enterarse del salvajismo cometido, así como de las alegres carcajadas con que Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos y molida a patadas por los valientes revolucionarios chavistas.

Dos semanas antes, yo había oído a María Corina hablar sobre su país, en la Fundación Libertad, de Rosario, Argentina. Es uno de los discursos políticos más inteligentes y conmovedores que me ha tocado escuchar. Sin asomo de demagogia, con argumentos sólidos y una desenvoltura admirable, describió las condiciones heroicas en que la oposición venezolana se enfrentaba en esa campaña electoral al elefantiásico oficialismo —por cada 5 minutos de televisión de Henrique Capriles, Nicolás Maduro disponía de 17 horas—, la intimidación sistemática, los chantajes y violencias de que eran víctimas en todo el país los opositores reales o supuestos, y el estado calamitoso en que el desgobierno y la anarquía habían puesto a Venezuela luego de catorce años de estatizaciones, expropiaciones, populismo desenfrenado, colectivismo e ineptitud burocrática. Pero en su discurso había también esperanza, un amor contagioso a la libertad, la convicción de que, no importa cuán grandes fueran los sacrificios, la tierra de Bolívar terminaría por recuperar la democracia y la paz en un futuro muy cercano.

Todos quienes la escuchamos aquella mañana quedamos convencidos de que María Corina Machado desempeñaría un papel importante en el futuro de Venezuela, a menos de que la histeria que parece haberse apoderado del régimen chavista, ahora que se siente en pleno proceso de descomposición interna y ante una impopularidad creciente, le organice un accidente, la encarcele o la haga asesinar. Y es lo que puede ocurrirle también a cualquier opositor, empezando por Henrique Capriles, a quien la ministra de Asuntos Penitenciarios acaba de advertirle públicamente que ya tiene listo el calabozo donde pronto irá a parar.

No es mera retórica: el régimen ha comenzado a golpear a diestra y siniestra. Al mismo tiempo que el Gobierno de Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión en la calle se amplificaba, con la detención del general retirado Antonio Rivero y un grupo de oficiales no identificados acusados de conspirar, con las persecuciones a dirigentes universitarios y con expulsiones de sus puestos de trabajo de varios cientos de funcionarios públicos por el delito de haber votado por la oposición en las últimas elecciones. Los ofuscados herederos de Chávez no comprenden que estas medidas abusivas los delatan y en vez de frenar la pérdida de apoyos en la opinión pública sólo aumentarán el repudio popular hacia el Gobierno.

Da tristeza un Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar

Tal vez con lo que está ocurriendo en estos días en Venezuela tomen conciencia los Gobiernos de los países sudamericanos (Unasur) de la ligereza que cometieron apresurándose a legitimar las bochornosas elecciones venezolanas y yendo sus presidentes (con la excepción del de Chile) a dar con su presencia una apariencia de legalidad a la entronización de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Ya habrán comprobado que el recuento de votos a que se comprometió el heredero de Chávez para obtener su apoyo, fue una mentira flagrante pues el Consejo Nacional Electoral proclamó su triunfo sin efectuar la menor revisión. Y es, sin duda, lo que hará también ahora con el pedido del candidato de la oposición de que se revise todo el proceso electoral impugnado, dado el sinnúmero de violaciones al reglamento que se cometieron durante la votación y el conteo de las actas.

En verdad, nada de esto importa mucho, pues todo ello contribuye a acelerar el desprestigio de un régimen que ha entrado en un proceso de debilitamiento sistemático, algo que sólo puede agravarse en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el catastrófico estado de sus finanzas, el deterioro de su economía y el penoso espectáculo que ofrecen sus principales dirigentes cada día, empezando por Nicolás Maduro. Da tristeza el nivel intelectual de ese Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar, cuando uno piensa que se trata del mismo país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a un Vicente Gerbasi y a un Juan Liscano, y, en el campo político, a un Carlos Rangel o un Rómulo Betancourt, un Presidente que propuso a sus colegas latinoamericanos comprometerse a romper las relaciones diplomáticas y comerciales en el acto con cualquier país que fuera víctima de un golpe de Estado (ninguno quiso secundarlo, naturalmente).

Lo que importa es que, después del 14 de abril, ya se ve una luz al final del túnel de la noche autoritaria que inauguró el chavismo. Importantes sectores populares que habían sido seducidos por la retórica torrencial del comandante y sus promesas mesiánicas, van aprendiendo, en la dura realidad cotidiana, lo engañados que estaban, la distancia creciente entre aquel sueño ideológico y la caída de los niveles de vida, la inflación que recorta la capacidad de consumo de los más pobres, el favoritismo político que es una nueva forma de injusticia, la corrupción y los privilegios de la nomenclatura, y la delincuencia común que ha hecho de Caracas la ciudad más insegura del mundo. Como nada de esto puede cambiar, sino para peor, dado el empecinamiento ideológico del Presidente Maduro, formado en las escuelas de cuadros de la Revolución Cubana y que acaba de hacer su visita ritual a La Habana a renovar su fidelidad a la dictadura más longeva del continente americano, asistimos a la declinación de este paréntesis autoritario de casi tres lustros en la historia de ese maltratado país. Sólo hay que esperar que su agonía no traiga más sufrimientos y desgracias de los muchos que han causado ya los desvaríos chavistas al pueblo venezolano.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013.

La nueva Emma Watson

Hablamos con la actriz Emma Watson de maquillaje, fama y películas.

Creció en el cine como Hermione en la saga ‘Harry Potter’.

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Alexi Lubomirski para Lancôme

“¡Belleza y carrera! ¡Por favor! Preguntas sobre belleza y carrera…”. El encargado de prensa de la firma de cosméticos que ha sentado a Emma Watson (París, 1990) en el enorme sofá de esta suite en la segunda planta de un hotel de la capital francesa pierde la paciencia con el mismo buen gusto con el que viste. Dos minutos antes de su irrupción en la sala para atajar un conato de arranque de sinceridad por parte de Watson, la actriz –que ha venido a hablar de su pintalabios y de su próxima película a las órdenes de Sofia Coppola– estaba encantada ante el perfil que sus encuentros con la prensa tienen cuando aparece dispuesta a compartir trucos de belleza con su interlocutor. “Las preguntas son divertidas, es más relajado”, anunciaba minutos antes la chica que a los nueve años logró el papel de Hermione Granger en la saga Harry Potter.

Ahora la conversación toma otro rumbo. “¿Un desnudo frontal como el de Daniel? Bueno, creo que hay otras formas de desmarcarse de Harry Potter. No me gusta pensar en mi carrera a partir de ahora como una reacción ante lo que hice antes, porque es algo que me ha ayudado a ser lo que hoy soy. Prefiero pensar y escoger mis trabajos en positivo”. Watson marca de esta forma distancias con el formato de carrera pos-Harry Potter que ha escogido Daniel Radcliffe y que poco tiene que ver con el camino que ha emprendido ella. En la sala de al lado, el responsable de prensa debe de estar mordiendo las cortinas. “Es complicado, porque soy joven y hay poca gente a mi alrededor dispuesta a decirme que no. Eso puede ser un problema. Mucha gente depende de mí… Es difícil decir no a la gente. Nunca seré capaz de hacer suficiente, siempre querrán más de mí. Cuando admito que jamás lo haré todo, me siento mejor. Hago lo que puedo”. Y ahí el hombre ya no puede más y vuelve a irrumpir en la sala. “¡Belleza y carrera!”, repite antes de volver a desaparecer.

Alexi Lubomirski

Watson, toda naturalidad, sorbe su agua y prosigue su discurso como si nada. “¿Sabes? A veces me aburro, pero mi padre siempre dice que la gente que se aburre es aburrida. Trato de no olvidarlo. Siempre hay cosas que puedes encontrar interesantes y hacerlas tuyas”, insiste sin determinar exactamente a qué se refiere esta chica que, tras 10 años trabajando en cine sin parar, se cansó de que el público la viera crecer en directo y se enroló en la Universidad de Brown. Allá las cosas no fueron exactamente como estaba planeado, por lo que su periodo sabático con respecto al cine fue interrumpido para enrolarse en el rodaje de Las ventajas de ser un marginado, un filme de aires generacionales que le permitió ensayar su acento norteamericano y definir el perfil de su carrera, orientada ahora al cine más independiente, aunque realmente lo que a ella le gusta son las comedias románticas como Notting Hill. Justo al revés de lo que dicen todas las actrices, que admiten amar el cine de arte y ensayo, pero asumen la necesidad de rodar productos alimenticios. Hasta en esto es original Watson. “Je, je, no lo había pensado así. No sé, cuando llego a casa y quiero ver cine, lo hago para desconectar. Si supiera la de basura que veo”, bromea.

Su próxima cinta llegará con la firma de Sofia Coppola y trata sobre The Bling Ring, una banda de malhechores adolescentes que se dedicó durante una época a colarse en las mansiones de algunas celebridades de Beverly Hills. Se esnifaron la cocaína que guardaba en casa Paris Hilton y mearon en el salón de la mansión de Orlando Bloom y Miranda Kerr, además de sustraer dinero y joyas de cada palacete en el que entraban. Gracias a ellos, el mundo supo que Paris Hilton no solo pierde el móvil cada semana, sino que también es incapaz de recordar cerrar la puerta de su casa. La historia le ha ayudado a la actriz a plantearse su exposición. “Es una reflexión sobre la fama, y eso me interesó mucho. Con esta historia he aprendido a entender cosas sobre mi perfil público. Por ejemplo, no puedes ser siempre tú misma al 100%. Debes ser profesional. Al final, cuando hablas es para promocionar tu trabajo, no puedes pecar de demasiada sinceridad. La persona que conversa ahora contigo no es la misma que habla con su familia o sus amigos. De cualquier modo, trato de mostrarme tan honesta como puedo, sin olvidar jamás que esto es un trabajo”.

Emma Watson dando vida a Hermione en la saga ‘Harry Potter’.

A pesar de la vorágine en la que está envuelta, espera poder terminar este año, tras su segundo periplo universitario en Oxford, su carrera con un último semestre de nuevo en la Universidad de Brown. “En la Universidad me siento cómoda, aunque, una vez más, cuesta ser una misma cuando te están observando. Pensaba que pasaría más desapercibida”, apunta. “A veces debo tener cierto aspecto para poder promocionar mi trabajo. Debo esforzarme en eso y ser parte del juego, pero debo luchar porque el juego no se adueñe de todo. Una vez más, se trata de que, detrás de todo ese ruido y esas obligaciones, yo sea capaz de dar con ese punto en el que puedo proyectar un poco la esencia de lo que soy. Está claro que te diluyes en el personaje que creas, pero también soy consciente de que al público también le interesa ver un poco de la persona”. Y esa persona, a pesar de su juventud, sabe exactamente dónde marcar las líneas rojas con respecto a su intimidad y, sobre todo, sabe darle al público lo que pide. “¿Que te cuente una intimidad?”, susurra la actriz, fingiendo que nos sigue el juego para evitar una tercera visita del jefe de prensa. “Vale. Allá voy: soy una jugadora de tenis de mesa excelente. Nadie me cree, pero es verdad, soy una máquina. También pinto y dibujo, pero en realidad en lo que soy mejor es en el tenis de mesa. En las próximas entrevistas voy a pedir que me pongan una mesa y traigan unas raquetas, así lo podré demostrar”.

Fue en 2011 cuando la actriz fichó por Lancôme, firma de la que también son imagen Penélope Cruz y Julia Roberts. “Mi relación con Lancôme empezó con unas reuniones para conocer a la gente de la firma. Fue muy bien, conectamos muy rápido. La verdad es que me he involucrado mucho, hasta el punto de volver locos a todos los de la marca. Todo el proceso debe ser parte de mí. Si no, no hay recompensa en el trabajo”, comenta al respecto de la génesis y la morfología de su colaboración con la firma francesa como imagen de la línea In Love, compuesta a base de colores pastel, fucsia y demás aproximaciones al universo juvenil con un aire inocente. “Debes tener cuidado con la forma en que trabajas con firmas tan grandes como esta”, insiste. “Es un trabajo grande. Debes sentirte cómoda hablando del tema. Si no, se vuelve el asunto muy poco auténtico y difícil para ambas partes. Para mí, es bueno, disfruto el maquillaje desde muy joven. Me encanta crear looks diferentes, he trabajado con grandes maquilladores y de todos trato de aprender. Además, la marca es francesa, tiene una sensibilidad muy de aquí, que es algo con lo que conecto. Crecí en Francia”. Esta tarde, cuando acabe de responder preguntas sobre belleza y carrera y se le haya pasado el jet lag que lleva encima, pasará a ver a su abuela, algo que, aunque poco tiene que ver con su carrera y menos con su belleza, es lo que más le gusta hacer cada vez que visita París.

El actor que dio vida a Londres

Una muestra celebra a Michael Caine como la genuina esencia de la ciudad

El intérprete fue cabecilla de la revolución cultural del ‘swinging London’

Michael Caine, en el rodaje de ‘Alfie’ (1966). / Kobal Collection

Un galán de físico peculiar y con el distintivo acento cockney de la clase trabajadora pisa firme y sin complejos el Londres efervescente de los sesenta, donde todo parecía posible. El personaje de Alfie (1966), película erigida en icono de una cinematografía británica hasta entonces dominada por talentos y dicciones de otra ralea, puede confundirse fácilmente con el de su propio intérprete, Michael Caine, un actor que quiso y logró comerse el mundo. Desde el rebelde que rompe moldes en plena revolución social y cultural del swinging Londonhasta la estrella de Hollywood con un centenar de títulos a sus espaldas, el recorrido artístico y vital del hoy sir Michael siempre ha tenido su anclaje en esta ciudad que ahora le rinde homenaje en su 80º cumpleaños.

Adquirida desde ayer la condición de octogenario, Caine se ha revelado como un artista incombustible que sigue trabajando después de más de medio siglo en el oficio, aunque para sus conciudadanos encarna principalmente a uno de los personajes más reconocidos y queridos, a uno de los suyos. “Fue el primer actor en llevar a la gran pantalla un auténtico acento londinense y, a pesar de todos los éxitos, sigue intrínsecamente ligado a esas raíces”, subraya Beverly Cook, comisaria de la exposición en el Museo de Londres que resume esa trayectoria a través de una colección de fotografías, retratos y secuencias de una nómina interminable de películas.

Pantallas de vídeo y un gran proyector nos muestran a aquel soldado rubio de Zulú o Infierno en Corea —el filme con el que debutó a los 23 años—, trastocado una década más tarde en el cínico aventurero de El hombre que pudo reinar junto a Sean Connery. El delincuente con marcado deje del East End (Un trabajo en Italia), el Pigmalión desbancado por su alumna (Educando a Rita) o el duelo actoral con la veteranía de Laurence Olivier en La huella van punteando la evolución de un intérprete cuya espléndida madurez le procura el primer Oscar por Hannah y sus hermanas, y que recibe la segunda estatuilla con toda la platea en pie por su papel en Las normas de la casa de la sidra. El Caine de los últimos años, que se prodiga en roles de secundario de lujo como Alfred, el mayordomo de la última saga Batman, ha adquirido un cierto porte venerable que apenas permite intuir los modestos orígenes del hijo de un trabajador del mercado de pescado, nacido bajo el nombre de Maurice Joseph Micklewhite el 14 de marzo de 1933.

“Soy un icono… así lo dicen en el periódico”, es una de sus citas legendarias que casa como un guante con el retrato que le tomó David Bailey en 1965. Las características gafas de gruesa montura negra, el cigarrillo sin encender apenas sostenido en los labios, la mirada entre altanera y desafiante de un actor que por aquellos tiempos reivindicaba la creatividad y emergencia de una clase relegada al último peldaño del sistema: “Estamos aquí, esta es nuestra sociedad y no vamos a marcharnos. Nos podéis querer u odiar, ya no nos importan vuestras opiniones”. Caine formaba parte de un grupo de jóvenes airados que, como el fotógrafo Bailey, el peluquero Vidal Sassoon o el también actor Terence Stamp, su compañero de piso en Ebury Street, participaron en la primera línea de la vanguardia del swinging London, una rebelión en la escena cultural y de la moda, enfática de lo nuevo, lo moderno y un espíritu hedonista frente a la austeridad de la posguerra, que acabó convirtiendo a la capital británica en un referente mundial.

La serie de fotografías de la exposición se detiene especialmente en esa época prodigiosa, inmortalizada por las cámaras de Bailey o Terry O’Neil, y que el mismo Caine ha rememorado con su habitual estilo irónico: “A principios de los sesenta no conocía a nadie famoso; al final de la década todo el mundo al que conocía ya era famoso, y eso que entre tanto no había hecho nuevas amistades”. Ya no se apeó de aquel pedestal que le ha merecido el récord, solo compartido con el estadounidense Jack Nicholson, de ser los únicos actores nominados por la academia hollywoodense en cada una de las décadas desde 1960 hasta el nuevo milenio. Esa circunstancia va a hacer muy difícil el reto que plantea el Museo de Londres a sus visitantes, nada menos que responder a la pregunta: “¿Cuál es la mejor película de Michael Caine?”. El resultado de la votación se conocerá el próximo mes y los cuatro primeros títulos serán exhibidos como guinda de una muestra que tiene entrada gratuita y se prolongará hasta julio.

En ese mismo recinto, Michael Caine acaba de recibir una condecoración solo reservada a los hijos más ilustres de Londres, Freedom of the City, en un acto donde se reivindicó la influencia de la ciudad tanto en su vida como en su carrera. Socarrón, simpático a su manera y con una reputación de tacaño que quizá beba de unos orígenes con muchas privaciones, allí inauguró emocionado una exposición que ha vuelto a ponerlo frente a frente con su supuesto sosias del celuloide. Apenas se identifica con el personaje (“Los dos somos cockney y a ambos nos gustan las mujeres, pero nunca las trataría como hace él”, dice aferrado a los 40 años de matrimonio con su segunda esposa, Shakira), porque por encima de todo es un intérprete. Y, aunque disfruta de los halagos, también marca cierta distancia: “Cuando el público que ve mis películas exclama: ‘¿No es un actor maravilloso?’, entonces he fracasado. Si realmente lo soy, se olvidarán de ello para estar pendientes de lo que va a pasarle a mi personaje. Eso es lo único que trato de ser, un verdadero actor de cine”.

La cara oculta de las mujeres saudíes

Sin los sayones negros que tapan su feminidad e impiden diferenciarlas, las mujeres de Arabia Saudí demuestran que ellas son el símbolo tanto de la opresión como del cambio en su país.

Dos saudíes relajadas durante una fiesta solo para mujeres celebrada en la ciudad de Yeddah. / OLIVIA ARTHUR (MAGNUM PHOTOS)

Las mujeres saudíes tienen piernas. Y rostro. Acostumbrados a verlas cubiertas de la cabeza a los pies, con esos sayones negros que ocultan su feminidad y las hacen parecer todas iguales, las imágenes que acompañan este reportaje resultan sorprendentes. Muestran una normalidad intuida, aunque rara vez vista; una intimidad que casi parece robada y solo es posible gracias a la complicidad de las retratadas con la fotógrafa. Aunque sea a medias. Las chicas ocultan la cara; no quieren ser identificadas. En una sociedad donde la conformidad se valora por encima de todas las cosas, resulta difícil singularizarse. Pero algo se está moviendo.

Si hay un país en el que las mujeres se hayan convertido en símbolo tanto de la opresión como del cambio, es Arabia Saudí. El mayor productor y exportador de petróleo ocupa el puesto número 131, entre 135 países, en el último Informe sobre disparidad de género del Foro Económico Mundial, publicado el año pasado. Los derechos de la mujer son ignorados por una retrógrada interpretación del islam y usos culturales sin parangón en el resto del mundo. Sin embargo, la escolarización de las saudíes y su creciente acceso a la Universidad (al menos el 58% de los matriculados son chicas), así como las nuevas tecnologías de la comunicación, han abierto una brecha entre la realidad y sus expectativas.

Con el 64% de sus 19,4 millones de nacionales por debajo de los 30 años (y un 12% de ellos entre los 12 y los 16), Arabia Saudí afrontará en los años próximos la mayor explosión de juventud de su historia.

“Aunque solo sea por su número, los jóvenes saudíes van a cambiar de forma significativa el reino en las próximas dos décadas”, asegura Caryle Murphy, que acaba de publicar A kingdom’s future: Saudi Arabia through the eyes of its twentysomethings (El futuro de un reino: Arabia Saudí vista por sus veinteañeros). Muchos chicos apoyan la mayor participación de las mujeres en la sociedad. No obstante, la periodista, que ha vivido tres años en ese país, expone en un e-mail que “las chicas tienen mayores aspiraciones que ellos a librarse de ataduras y alcanzar una mayor libertad personal”.

En arabia saudí, al menos el 58% de matriculados universitarios son mujeres

Tomemos el ejemplo de las jóvenes captadas por la cámara de Olivia Arthur. Se trata de un grupo de aficionadas a la fotografía a las que Arthur dio un cursillo en Yeddah en 2009. Desde el primer momento le sorprendió que “las chicas cogían cualquier cosa para cubrirse la cara o el pelo si un hombre se presentaba de repente” en el aula. Era el mismo “sentimiento de miedo” que había percibido cuando intentaba fotografiar a alguna mujer en la calle. “Hubo tantas ocasiones en las que la cámara estaba prohibida…”, lamenta en Jeddah diary, el libro de fotos que publicó tras su paso por esa ciudad de la costa saudí del mar Rojo.

“Es una cuestión cultural”, le explicaron. La misma que impedía que las fotos que sus alumnas se tomaban entre ellas pudieran mostrarse fuera de la “burbuja femenina” en la que se movían. Poco a poco, Arthur se ganó su confianza y pudo captar algunos momentos de sus vidas cotidianas, su diversión o su descanso (aunque no una boda). Aprendió así que “todo sucede fuera del alcance de la vista, detrás de los muros”, como los que protegen las piscinas de las villas o de los trozos de playa de los clubes privados que retrató. Sin embargo, tuvo que comprometerse a no exponerlas, a preservar su anonimato. Por eso recurrió al truco de volver a fotografiar las copias originales bajo una luz brillante que ocultara sus rasgos.

Para entender lo inusitado de esas imágenes, basta constatar que el presente curso académico es el primero en el que los libros de texto saudíes incluyen fotos de mujeres. Ha sido en los manuales de inglés de secundaria y de forma experimental, a la espera de que al concluir el año escolar los responsables educativos den su visto bueno. Y a pesar del paso que significa que se las muestre en entornos escolares y laborales, todas salen con la cara cubierta. Hasta ahora, el sistema público de educación solo permitía representar a las mujeres con dibujos. Sí, estaba prohibido que aparecieran en las fotografías de los manuales.

¿El motivo? El mismo por el que se emborronan las siluetas femeninas en las revistas extranjeras o en los envases de productos importados, como el de la piscina hinchable que fotografió Arthur. O el que está detrás de la estricta segregación de sexos que, con la excusa del islam, impera en la sociedad saudí. A los ultraconservadores líderes religiosos, que son uno de los pilares de la monarquía absoluta que gobierna el país, les gustaría que las mujeres fueran invisibles. Pero si ocultar a la mitad de la población siempre ha resultado difícil, en estos tiempos de Internet, móviles y redes sociales constituye misión imposible.

Las chicas tienen mayores aspiraciones que ellos a librarse de ataduras”

Arabia Saudí ha dejado de ser una sociedad cerrada. Según el Informe sobre redes sociales de la Dubai School of Government, los saudíes encabezan la lista de usuarios de Twitter en el mundo árabe con 393.000 cuentas activas en 2012, el triple que el año anterior. En Facebook hay 5,8 millones registrados. Esas ventanas al exterior les están haciendo más curiosos y preguntones. Y muchos de ellos son mujeres que han encontrado en el ciberespacio un aliado inesperado para saltarse las restricciones sociales de esos clérigos ultramontanos que las quieren en casa y con la pata quebrada.

“Internet ha abierto muchas posibilidades para las jóvenes saudíes al permitirles ver cómo viven otras mujeres musulmanas. Ha agrandado su conocimiento de la realidad. Como resultado, sus aspiraciones profesionales y de participación en la vida púbica han aumentado exponencialmente”, señala Murphy. En su opinión, “esas aspiraciones van a seguir creciendo y sus exigencias de igualdad de oportunidades con los hombres en el trabajo, la familia y la esfera pública van a convertirse en importantes motores de cambio económico y social”.

De momento hay cuatro millones de mujeres saudíes preparadas y dispuestas a trabajar, según reveló Alfat Qabbani, una de las vicepresidentas de la Cámara de Comercio e Industria de Yeddah, durante el sexto Foro de Mujeres Empresarias reunido en Riad el pasado octubre. Las que trabajan no llegan al 10%. Esas cifras ponen en evidencia la disfuncionalidad de una sociedad que pone trabas al empleo de la mitad de su población mientras tiene que recurrir a ocho millones de trabajadores extranjeros para funcionar.

Además, las redes sociales se han convertido en una poderosa herramienta para el movimiento de emancipación femenina. “Han sido clave en mi trabajo a favor de los derechos de la mujer”, admite Manal al Sharif, la activista que en 2011 lanzó una campaña contra la prohibición de conducir y fue encarcelada durante nueve días por ponerse al volante. “Sin YouTube, Twitter y Facebook no hubiéramos llegado tan lejos. En Arabia Saudí no hay tribunas. No hay lugares desde los que difundir las ideas de cada uno. Así que resulta extraordinario disponer de esos medios”, reconocía durante la última reunión del foro social del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

La escolarización de las saudíes y las nuevas tecnologías han abierto una brecha entre la realidad y sus expectativas. En la imagen, la colección de zapatos de una mujer. / OLIVIA ARTHUER (MAGNUM PHOTOS)

Al Sharif y el eco que esa campaña tuvo de una costa a otra de su país son un ejemplo de que sobre todo las jóvenes cada vez están más hartas de las sofocantes restricciones que les imponen sus familias y la sociedad. Sin embargo, sus principales quejas no son ni la obligación del velo ni la prohibición de conducir, que obsesionan a los occidentales.

Como en el resto de las monarquías de la península Arábiga, la abaya, ese sayón negro con el que ocultan las formas de su cuerpo, es en igual medida una imposición social y un signo de distinción frente a las extranjeras. En cuanto a ponerse detrás de un volante, existen opiniones contrapuestas. Incluso entre las liberales que lo defienden como paso hacia una mayor independencia, las hay que temen que solo sirva para que sus maridos se desentiendan de las responsabilidades familiares y carguen sobre ellas todo el peso de llevar a los niños al médico, hacer las compras o visitar a los parientes.

Las saudíes se muestran más preocupadas por la ausencia de leyes, en especial de un estatuto civil, y la falta de igualdad de oportunidades en la educación y el trabajo. Pero sobre todo denuncian el sistema de tutela masculina que las hace depender de un mehram, guardián o custodio legal.

Por primera vez, los libros de texto incluyen en este curso fotos de mujeres

“He superado los 50, soy médica y han pasado por mis manos miles de pacientes, pero aun así necesito el permiso de un guardián para ir a una convención médica”, se queja en Twitter Samia al Amoudi, una doctora que ha liderado las campañas de concienciación contra el cáncer de mama en el mundo árabe y ha sido premiada internacionalmente por su labor.

Sus palabras reflejan la impotencia, agravada además porque al estar divorciada quien responde por ella es… su hijo. La tutela que primero corresponde al padre y luego al marido. También puede recaer, ante la ausencia de estos, en un hermano, un hijo u otro hombre de la familia con el que la relación familiar haga imposible el matrimonio. Una mujer saudí no puede tomar ninguna decisión en su vida –estudiar, trabajar, casarse, obtener un pasaporte o viajar– sin el permiso escrito de ese varón, lo que supone que se la trata como una menor de edad durante toda su vida.

“Para el estamento religioso, este sistema es como su castillo; si lo pierden, pierden su control sobre las mujeres”, interpreta Al Sharif. Ella insiste en la importancia de que “las mujeres conozcan sus derechos y ellas mismas actúen”. “Mi esperanza es que alcancemos la plena ciudadanía, lo que se traduce en igualdad en la educación y en las oportunidades de trabajo. Debemos tener voz en la vida política y en la toma de decisiones”, resume la activista.

He superado los 50 y soy médica, pero necesito permiso de un guardián para ir a una convención”

En una monarquía absoluta, donde no hay elecciones, ni partidos, ni sindicatos, pedir participación política resulta un objetivo mucho más ambicioso que la mera emancipación. De ahí el temor de los conservadores y que los ulemas equiparen cualquier relajo de las estrictas normas sociales imperantes con una afrenta a la identidad cultural islámica del país. Eso explica que los mismos clérigos que prohibieron las protestas contra el régimen en los albores de la primavera árabe se hayan manifestado recientemente ante el palacio del rey Abdalá para protestar por su decisión de nombrar a 30 mujeres entre los 150 miembros del Consejo Consultivo (Shura), una cámara sin poderes legislativos.

De ahí también la actitud ambivalente de los gobernantes cuyos mensajes son interesadamente contradictorios. Se educa a las mujeres, pero se dificulta su acceso al trabajo. Tienen prohibido conducir, pero el Ejército contempla crear una unidad de mujeres soldados. El rey las incluye en la Shura, pero el debate sobre cómo mantener la segregación dentro de la cámara eclipsa en gran medida el anuncio.

Más allá de las palabras, los responsables saudíes evitan convertir los derechos de la mujer en una prioridad, sobre todo cuando ponen en peligro sus alianzas y lealtades. El caso de su participación en los últimos Juegos Olímpicos es un buen ejemplo. Desde la convocatoria de Pekín, en 2008, el Comité Olímpico Internacio­­nal había presionado a Arabia Saudí para que incluyera a mujeres atletas en su equipo, algo a lo que se oponían los ulemas con la excusa de que fomenta la interacción entre personas de distinto sexo. Finalmente, el Gobierno aceptó que asistieran una corredora y una yudoca, pero las excluyó de la delegación oficial. Así, cuando algún periodista extranjero plantea el asunto, sus portavoces contestan que no se oponen a su presencia en eventos deportivos. Sin embargo, dentro del reino subrayan que asistieron por su cuenta. De esa manera se quitan la presión de encima sin hacer mucho en realidad para resolver el asunto.

Incluso las mujeres conservadoras quieren más oportunidades”

Esa falta de determinación resulta especialmente perniciosa para las más vulnerables, las hijas de familias pobres. Persiste la costumbre de casar a las niñas con hombres acomodados y, en general, mayores, y las autoridades se muestran incapaces de fijar una edad legal mínima para el matrimonio, algo a lo que, por supuesto, se oponen los clérigos más reaccionarios. A pesar del avance en la educación de las mujeres, en las zonas rurales muchas abandonan la escuela al llegar a la pubertad. De enero a noviembre del año pasado se registraron 5.622 bodas de niñas menores de 14 años, según un estudioso de los servicios sociales citado por el diario saudí Al Hayat. La práctica, asociada con países subdesarrollados como Yemen o Afganistán, es sin duda más grave en un país con los recursos de Arabia Saudí.

“La cuestión de los derechos de las mujeres se ha convertido en un asunto político”, afirma la columnista Badria al Bishr. Una forma de decir que esos derechos se sacrifican para ganar apoyo de los extremistas religiosos con los que la monarquía se ha alineado en busca de legitimidad desde la fundación del reino a principios del siglo XX. Las activistas saudíes aseguran que los extremistas no representan a toda la sociedad. Arabia Saudí, el único país del mundo que lleva el nombre de la familia real (algo así como si España se llamara Borbonia), es mucho más diverso, pero los ultraconservadores han logrado convertirse en las figuras más influyentes en la toma de decisiones; al menos, un grupo de presión al que los gobernantes evitan contrariar.

Surgen así las sucursales bancarias solo para mujeres, la segregación en restaurantes y cafeterías, las entradas separadas en los ministerios, las clases por videoconferencia a las universitarias cuando los profesores son varones, y otras excentricidades que en buena medida solo son posibles por la riqueza fácil que ha generado el petróleo y que tienen poco que ver con la realidad anterior en la península Arábiga.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta que se acabe el petróleo? ¿O hasta que los vientos de la primavera árabe alcancen el Reino del Desierto? Tal vez solo hasta que se produzca el relevo generacional que anuncia Murphy. Las decenas de entrevistas a jóvenes que la autora llevó a cabo para su libro reflejan que la mayoría prefiere el cambio gradual, la evolución antes que la revolución, en especial tras haber visto el caos, el derramamiento de sangre y los problemas económicos que se han desa­tado en Egipto, Bahréin, Yemen o Siria. En cualquier caso, como asegura a El País Semanal, “las exigencias de las mujeres van a ser uno de los principales motores de cambio social y cultural en el futuro; incluso las mujeres conservadoras quieren más oportunidades”.

Entre tanto, ocultas bajo el negro de sus velos, muchas saudíes siguen sintiéndose como piedras preciosas “a las que hay que guardar lejos de la vista para mantenerlas seguras”. Es lo que le dijeron a Arthur, la fotógrafa. Sin embargo, al mismo tiempo le permitieron retratarlas en un acto de reafirmación de su identidad. Otras, como Al Sharif o Al Bishr, ya están reclamando su autonomía y luchando para dejar de ser ciudadanas de segunda.

Los (otros) beneficios del sexo tántrico

El tantrismo no sólo retrasa la eyaculación. Conectar sexo y espíritu favorece la creatividad artística y aumenta nuestra libido.

Rita Abundancia

07 de marzo de 2013

07:20 h.

cover rita

Además de para reproducirse y para pasar un buen rato, el sexo es también una vía de conocimiento de uno mismo, de crecimiento personal y hasta de expansión de la conciencia. O al menos esa es la idea de filosofías tan antiguas e interesantes como el tantra, en India, o la alquimia interna taoísta, en China.

Últimamente occidente ha recuperado la primera de estas doctrinas, difundida ahora y comercializada a través de masajes tántricos, cursillos de fin de semana sobre sexualidad sagrada, seminarios de manejo y conducción de la energía de la libido… ¿Un montón de alternativos de la Nueva Era tratando de ligar los fines de semana, o de justificar con rollos espirituales lo que muchos aún creen que son sus bajos instintos?

Cuando se habla del tantra referido a la sexualidad, la gente lo asocia inmediatamente con técnicas mentales y corporales dirigidas a retardar la eyaculación y prolongar así la duración del encuentro sexual, pero el tantrismo es más que eso, es toda una filosofía que comprende muchas otras áreas de la vida. Como cuenta Munindra, maestro tántrico que imparte clases de tantra yoga en España en su escuela Tantraway. “El Tantra es una atención plena a todo el movimiento energético de nuestra vida. Entendiendo como energía a los pensamientos, deseos, emociones… A pesar de que cuando alguien viaja a la India, lo que más le sorprende es generalmente la espiritualidad, los indios siempre han sido muy conscientes de la corporeidad, de la sexualidad, por eso construyeron templos eróticos. Ellos vieron que el hombre tenía una desconexión entre cuerpo y espíritu, y el tantra dio una solución a esto, los unió. Los tántricos descubrieron el mundo de la energía, mucho antes de que lo hiciera la ciencia y constataron que la libido es la fuerza más poderosa del ser humano”.

A lo largo de la historia, sexo y vida interior han sido siempre términos contrarios. Los que querían elegir la vía espiritual y profundizar en la conciencia, ya fuera mediante religiones o ideologías, debían estar preparados para asumir una serie de privaciones y la primera de ellas era siempre el sexo. Pero los tántricos idearon otra estrategia. Puesto que estamos en el mundo y disponemos de un cuerpo, ¿por qué no llegar a la verdad y al conocimiento utilizándolo, en vez de negándolo?  “En la India había dos vías”, comenta Munindra, “la de la renuncia en la que se dice que toda la realidad, lo que percibimos a través de los sentidos, es una ilusión, y por lo tanto hay que negar todo para llegar a la verdad, que está más allá de los sentidos. Es el ejemplo del yogui que se retira a las montañas a meditar. Pero otras personas  -los tántricos- idearon otra forma de llegar a lo mismo. En vez de un no a todo, ellos aceptaron todo: deseos, pensamientos y las pulsiones más fuertes del hombre, incluida, por supuesto, la sexualidad. Los sabios indios creían que el ser humano pasa por diferentes fases y pronosticaron que llegaría una etapa que ellos llamaron Kali Yuga. Este es un periodo de oscuridad, en el que el hombre, a pesar de que hay mucha información se siente muy confuso porque no le da tiempo a procesarla, todo va muy deprisa, todo se acelera, se pierde de vista la individualidad del ser humano y éste siente más la necesidad de desarrollar su sexualidad”. ¿A alguien le resulta familiar este decorado?

Para el momento de confusión que vivimos, la vía tántrica de aceptación es más llevadera y aconsejable porque conecta con lo corpóreo, lo que explicaría el por qué se ha puesto de moda precisamente ahora. Uno de sus proverbios dice: “cuando uno cae al suelo, se levanta con la ayuda del suelo”.

“El tantra está de moda”, dice Munindra, “porque hay una intuición de que existe algo más en el sexo aparte de pasar un buen rato, y porque la sexualidad en occidente ha sido siempre bastante pobre, a pesar de la revolución sexual. Acceder a una sexualidad más profunda, donde haya más implicación personal, que no sea un mero acto que se hace durante unos minutos empieza a interesar a algunos. Claro que esto no debe verse como una tarea, porque si no estaríamos intelectualizando todavía más el sexo, el tantra lo ve como un juego. No se trata de tener un trabajo más que hacer, sino de estar más atento y aplicar unas cuántas técnicas”.

Entre estas técnicas está la de retener más tiempo la eyaculación, el trabajo con el músculo perineo -en ambos sexos- para trabajar los músculos vaginales y el pene, la respiración, posturas de yoga que ayudan en la relación sexual, etc. Es un entrenamiento. “Muchos de los ejercicios que proponen ahora los sexólogos para mejorar la calidad de las relaciones vienen del yoga o del tantra”, asegura Munindra, “porque los tántricos se dedicaron a estudiar la sexualidad del ser humano muy profundamente y tenían una cosa que nosotros no tenemos: tiempo. La sexualidad por si misma no es solo un momento de placer sino que tiene efectos beneficiosos a nivel físico y psicológico, como todos sabemos, pero luego, dirigida de cierta manera puede llegar a proporcionar experiencias de un mayor nivel de conciencia, parecidas a las que pueden tener meditadores profesionales o gente que investiga con las drogas. La sexualidad puede ser también un vehículo muy poderoso de crecimiento personal. Trabajando esa energía se puede dirigir hacía la creatividad artística o para recrearse a uno mismo, como el mito del ave fénix, que renace de sus cenizas, y que traducido al lenguaje informático sería como resetearse a sí mismo. Pero todo esto hay que aprenderlo. Lo que sabemos del sexo es lo básico, lo que sabe un animal. Si queremos tener una sexualidad más profunda deberemos aprender para que los beneficios serán mayores”.

Si pensamos que el sexo y el cuerpo femenino –el masculino no tanto, seguramente porque vivimos en un mundo de hombres- ha sido siempre, y todavía es, objeto de represión por parte de muchas religiones y regímenes totalitarios, podremos empezar a sospechar que hay algo bastante poderoso en la sexualidad. ¿Por qué si no prohíben el sexo y los condones y no los partidos de fútbol, los toros o -como dice el chiste- las corridas? “Es difícil entrar en la mente de las personas que intentan socavar la capacidad de expresión del ser humano”, comenta Munindra, “pero posiblemente conocían de alguna manera, tal vez inconsciente, la capacidad que tiene la sexualidad de trasformar al hombre y, además, dirigirla a la procreación es siempre interesante para cualquier tipo de poder. A las religiones siempre les ha preocupado que el individuo tuviera una relación directa no ya con dios, sino con su ser más profundo porque ese era su trabajo, el de ser intermediarios. La sexualidad elimina esa necesidad de intermediación y uno se conecta directamente sin necesidad de proveedor ni zona wifi”.

Sting 2

Sting y Truddie Styler, un matrimonio que presume de sus sesiones de sexo tántrico.

Foto: Getty

De sanfranciscosur Publicado en eros

“El feminismo más puritano nunca ha sabido qué hacer con la coquetería”

La ensayista y novelista canadiense Nancy Huston, activista feminista desde los años sesenta, disecciona las teorías de género en su polémica obra ‘Reflejos en el ojo de un hombre’

La escritora Nancy Huston. / Sébastien Dolidon (EL PAÍS)

Novelista, dramaturga, ensayista, música, guionista y actriz ocasional, la canadiense Nancy Huston (Calgary, 1953) ha sido desde los años setenta una activista feminista muy comprometida. Residente en Francia desde los años sesenta y casada desde 1981 con el intelectual francés de origen búlgaro Tvetan Todorov, Nancy Huston ha compaginado sus novelas con ensayos y artículos de prensa sobre la condición femenina y los derechos de las mujeres.

El año pasado publicó en Francia Reflejos en el ojo de un hombre, y ardió Troya. El libro, que publica ahora en España la editorial Galaxia Gutenberg cayó como una bomba en el feminismo institucional, porque Huston pone en cuestión las teorías de género que sostienen que el comportamiento femenino y masculino es el resultado de la educación y la sociedad.

Donde Simone de Beauvoir dijo que “no se nace mujer”, Nancy Huston replica que el sexo determina una serie de actitudes que es inútil negar. “Las feministas siempre han considerado que las mujeres son ‘obligadas’ por el hombre a ponerse guapas, y eso les parece mal. Pero la coquetería y la seducción son universales. Actúan como motor de la reproducción, y el 80% de las mujeres que nacen tienen hijos. No sirve de nada negarlo. La igualdad está muy bien, pero para conseguirla es necesario saber que hombres y mujeres parten de lugares distintos, y que mientras nosotros negamos esas diferencias, el capitalismo las exacerba con toda tranquilidad”.

El feminismo más puritano nunca ha sabido que hacer con la coquetería”

Aunque maneja materiales literarios —Anaïs Nin, Nelly Arcan, Fatima Mernissi, Marylin Monroe— e incluso autobiográficos, el libro de Huston parte de una mirada darwiniana a la relación entre hombre y mujer. “El argumento surge de la primatología, sí, porque no podemos comprender el mundo sin entender que somos también mamíferos llamados por la naturaleza a reproducirnos y a mejorar la especie. Pero también hay una visión histórica, social, psicológica”, explica Huston, que recuerda que la idea del ensayo salió de una de las historias que narraba en su última novela, Infrarrojo, publicada en 2010. Como la mayor parte de su obra, está escrita originalmente en francés, aunque ella misma la ha traducido al inglés, algo que hace habitualmente.

“Era la historia de una fotógrafa erotómana del siglo XIX que retrataba el cuerpo de los hombres a los que amó. Le fascinaba el placer, el orgasmo, pero solo eso. Cosificaba a los hombres. Y me di cuenta de que nunca había habido una artista femenina que retratase el cuerpo masculino, cuando lo contrario es algo tan frecuente. La razón, en mi opinión, es que el cuerpo de la mujer existe antes que nada para ser fecundado, tiene ese carácter sagrado. Mientras el hombre no tiene nada de sacro: solamente necesita ir esparciendo su semen por ahí. Esa diferencia lo condiciona todo, es universal, y por eso sucede en todas las sociedades”.

“La mujer es el origen del mundo, y el hombre siempre ha tendido a reglamentar su derecho de posesión sobre la mujer”, continúa Huston. “Pero con la llegada de la fotografía y el cine la relación cambió de una forma espectacular. Las mujeres comenzaron a querer ser como las actrices de las películas y las modelos, a querer tener ropa bonita y a estar guapas, y el capitalismo aprovechó para desarrollar varias industrias millonarias: la de la belleza y la moda, la de las dietas, los fármacos y la cirugía estética, y, sobre todo, las de la pornografía y la prostitución. Todo eso ha aumentado la vulnerabilidad del hombre ante la visión de una mujer bella, creando millones de adictos al sexo, y ha llevado a las mujeres a querer ser cada vez más guapas durante más tiempo, o a intentarlo al menos, maquillándose, operándose, rehaciéndose hasta el infinito”.

“La igualdad está muy bien pero ambos sexos parten de sitios distintos”

La prosa informal y moderna de Huston no se detiene en eufemismos. De la misma manera, afirma que “las feministas biempensantes que niegan la naturaleza humana cometen una estafa intelectual. La diferencia fundamental entre los sexos es la maternidad y la testosterona. Los hombres son infieles por naturaleza, las mujeres lo son menos porque seleccionan mucho los genes que necesitan para procrear. Para atenuar esa diferencia todo lo posible, hace falta más igualdad. ¿Pero qué hacemos con los chicos entonces? Si se ocuparan más de los hijos y de la casa, sin duda habría menos prostitución. Si cuidaran a sus hijas, no se irían a follar con las hijas de los demás”.

La autora propone una solución imaginativa. “Si la prostitución es un servicio esencial para la sociedad, debería haber un servicio nacional para las prostitutas. Deberían de jurar bandera, deberían de ser educadas y protegidas, y cuando las maten deberíamos hacerles funerales de Estado. Ahora son esclavas, y el 80% de las que trabajan en Francia son extranjeras y no tienen derechos”.

El feminismo “más puritano, ese que piensa que la sexualidad y la belleza son malas, nunca ha sabido qué hacer con la coquetería”, concluye. “Pero esa tendencia, lejos de disminuir, cada vez va a más. ¿Es acaso un complot de los hombres? ¿Quizá las mujeres somos tontas? La libertad de las mujeres pasa por desnudarse cada vez más, por reconstruirse y retocarse”.

“La normalidad llega cuando acaba la fertilidad y baja la testosterona”

Por todo esto, Nancy Huston cree que el feminismo clásico se ha equivocado en la elección del enemigo, del responsable de esta situación. “Echarle la culpa al hombre de eso es como culpar al toro de haber cogido al torero. Antes la excitación era privada, ahora es un gran negocio. El placer de los hombres está cada vez más sometido a la pornografía y a la belleza estéril, infecunda. Están obligados a mirar cuerpos todo el tiempo. Les venden viagra para rendir mejor. La mujer se ha ido haciendo cada vez más sujeto y más objeto. Cada vez más libre, cada vez más guapa e inalcanzable. Y cada vez más dura”.

La ensayista termina con el reconocimiento de que todas estas reflexiones a las que llega en Reflejos en el ojo de un hombre le fueron ajenas durante muchos años. “Yo odiaba a los hombres cuando era una adolescente. También detestaba la superficialidad, las compras y los escaparates. Ahora no veo al hombre como un opresor. Creo que la normalidad llega cuando se acaba la fertilidad y baja la testosterona. Ahí empezamos a ser iguales”.

El hombre que estorbaba

PIEDRA DE TOQUE. Benedicto XVI trató de responder a descomunales desafíos con valentía y decisión, aunque sin éxito. La cultura y la inteligencia no bastan para enfrentar el maquiavelismo de los intereses creados

Mario Vargas Llosa
FERNANDO VICENTE

FERNANDO VICENTE

No sé por qué ha sorprendido tanto la abdicación de Benedicto XVI; aunque excepcional, no era imprevisible. Bastaba verlo, frágil y como extraviado en medio de esas multitudes en las que su función lo obligaba a sumergirse, haciendo esfuerzos sobrehumanos para parecer el protagonista de esos espectáculos obviamente írritos a su temperamento y vocación. A diferencia de su predecesor, Juan Pablo II, que se movía como pez en el agua entre esas masas de creyentes y curiosos que congrega el Papa en todas sus apariciones, Benedicto XVI parecía totalmente ajeno a esos fastos gregarios que constituyen tareas imprescindibles del Pontífice en la actualidad. Así se comprende mejor su resistencia a aceptar la silla de San Pedro que le fue impuesta por el cónclave hace ocho años y a la que, como se sabe ahora, nunca aspiró. Sólo abandonan el poder absoluto, con la facilidad con que él acaba de hacerlo, aquellas rarezas que, en vez de codiciarlo, desprecian el poder.

No era un hombre carismático ni de tribuna, como Karol Wojtyla, el Papa polaco. Era un hombre de biblioteca y de cátedra, de reflexión y de estudio, seguramente uno de los Pontífices más inteligentes y cultos que ha tenido en toda su historia la Iglesia católica. En una época en que las ideas y las razones importan mucho menos que las imágenes y los gestos, Joseph Ratzinger era ya un anacronismo, pues pertenecía a lo más conspicuo de una especie en extinción: el intelectual. Reflexionaba con hondura y originalidad, apoyado en una enorme información teológica, filosófica, histórica y literaria, adquirida en la decena de lenguas clásicas y modernas que dominaba, entre ellas el latín, el griego y el hebreo.

Le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia.

Aunque concebidos siempre dentro de la ortodoxia cristiana pero con un criterio muy amplio, sus libros y encíclicas desbordaban a menudo lo estrictamente dogmático y contenían novedosas y audaces reflexiones sobre los problemas morales, culturales y existenciales de nuestro tiempo que lectores no creyentes podían leer con provecho y a menudo —a mí me ha ocurrido— turbación. Sus tres volúmenes dedicados a Jesús de Nazaret, su pequeña autobiografía y sus tres encíclicas —sobre todo la segunda, Spe Salvi, de 2007, dedicada a analizar la naturaleza bifronte de la ciencia que puede enriquecer de manera extraordinaria la vida humana pero también destruirla y degradarla—, tienen un vigor dialéctico y una elegancia expositiva que destacan nítidamente entre los textos convencionales y redundantes, escritos para convencidos, que suele producir el Vaticano desde hace mucho tiempo.

A Benedicto XVI le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia. La secularización de la sociedad avanza a gran velocidad, sobre todo en Occidente, ciudadela de la Iglesia hasta hace relativamente pocos decenios. Este proceso se ha agravado con los grandes escándalos de pedofilia en que están comprometidos centenares de sacerdotes católicos y a los que parte de la jerarquía protegió o trató de ocultar y que siguen revelándose por doquier, así como con las acusaciones de blanqueo de capitales y de corrupción que afectan al banco del Vaticano.

El robo de documentos perpetrado por Paolo Gabriele, el propio mayordomo y hombre de confianza del Papa, sacó a la luz las luchas despiadadas, las intrigas y turbios enredos de facciones y dignatarios en el seno de la curia de Roma enemistados por razón del poder. Nadie puede negar que Benedicto XVI trató de responder a estos descomunales desafíos con valentía y decisión, aunque sin éxito. En todos sus intentos fracasó, porque la cultura y la inteligencia no son suficientes para orientarse en el dédalo de la política terrenal, y enfrentar el maquiavelismo de los intereses creados y los poderes fácticos en el seno de la Iglesia, otra de las enseñanzas que han sacado a la luz esos ocho años de pontificado de Benedicto XVI, al que, con justicia, L’Osservatore Romano describió como “un pastor rodeado por lobos”.

Los esfuerzos por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y otros delitos del  banco del Vaticano tampoco han tenido éxito

Pero hay que reconocer que gracias a él por fin recibió un castigo oficial en el seno de la Iglesia el reverendo Marcial Maciel Degollado, el mejicano de prontuario satánico, y fue declarada en reorganización la congregación fundada por él, la Legión de Cristo, que hasta entonces había merecido apoyos vergonzosos en la más alta jerarquía vaticana. Benedicto XVI fue el primer Papa en pedir perdón por los abusos sexuales en colegios y seminarios católicos, en reunirse con asociaciones de víctimas y en convocar la primera conferencia eclesiástica dedicada a recibir el testimonio de los propios vejados y de establecer normas y reglamentos que evitaran la repetición en el futuro de semejantes iniquidades. Pero también es cierto que nada de esto ha sido suficiente para borrar el desprestigio que ello ha traído a la institución, pues constantemente siguen apareciendo inquietantes señales de que, pese a aquellas directivas dadas por él, en muchas partes todavía los esfuerzos de las autoridades de la Iglesia se orientan más a proteger o disimular las fechorías de pedofilia que se cometen que a denunciarlas y castigarlas.

Tampoco parecen haber tenido mucho éxito los esfuerzos de Benedicto XVI por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y tráficos delictuosos del banco del Vaticano. La expulsión del presidente de la institución, Ettore Gotti Tedeschi, cercano al Opus Dei y protegido del cardenal Tarcisio Bertone, por “irregularidades de su gestión”, promovida por el Papa, así como su reemplazo por el barón Ernst von Freyberg, ocurren demasiado tarde para atajar los procesos judiciales y las investigaciones policiales en marcha relacionadas, al parecer, con operaciones mercantiles ilícitas y tráficos que ascenderían a astronómicas cantidades de dinero, asunto que sólo puede seguir erosionando la imagen pública de la Iglesia y confirmando que en su seno lo terrenal prevalece a veces sobre lo espiritual y en el sentido más innoble de la palabra.

Joseph Ratzinger había pertenecido al sector más bien progresista de la Iglesia durante el Concilio Vaticano II, en el que fue asesor del cardenal Frings y donde defendió la necesidad de un “debate abierto” sobre todos los temas, pero luego se fue alineando cada vez más con el ala conservadora, y como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) fue un adversario resuelto de la Teología de la Liberación y de toda forma de concesión en temas como la ordenación de mujeres, el aborto, el matrimonio homosexual e, incluso, el uso de preservativos que, en algún momento de su pasado, había llegado a considerar admisible.

Sus ideas, alienadas con el ala más conservadora, hacían de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha convertido la Iglesia

Esto, desde luego, hacía de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia. Pero sus razones no eran tontas ni superficiales y quienes las rechazamos, tenemos que tratar de entenderlas por extemporáneas que nos parezcan. Estaba convencido que si la Iglesia católica comenzaba abriéndose a las reformas de la modernidad su desintegración sería irreversible y, en vez de abrazar su época, entraría en un proceso de anarquía y dislocación internas capaz de transformarla en un archipiélago de sectas enfrentadas unas con otras, algo semejante a esas iglesias evangélicas, algunas circenses, con las que el catolicismo compite cada vez más –y no con mucho éxito— en los sectores más deprimidos y marginales del Tercer Mundo. La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas, era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si ello significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.

Juzgar hasta qué punto Benedicto XVI fue acertado o no en este tema es algo que, claro está, corresponde sólo a los católicos. Pero los no creyentes haríamos mal en festejar como una victoria del progreso y la libertad el fracaso de Joseph Ratzinger en el trono de San Pedro. Él no sólo representaba la tradición conservadora de la Iglesia, sino, también, su mejor herencia: la de la alta y revolucionaria cultura clásica y renacentista que, no lo olvidemos, la Iglesia preservó y difundió a través de sus conventos, bibliotecas y seminarios, aquella cultura que impregnó al mundo entero con ideas, formas y costumbres que acabaron con la esclavitud y, tomando distancia con Roma, hicieron posibles las nociones de igualdad, solidaridad, derechos humanos, libertad, democracia, e impulsaron decisivamente el desarrollo del pensamiento, del arte, de las letras, y contribuyeron a acabar con la barbarie e impulsar la civilización.

La decadencia y mediocrización intelectual de la Iglesia que ha puesto en evidencia la soledad de Benedicto XVI y la sensación de impotencia que parece haberlo rodeado en estos últimos años es sin duda factor primordial de su renuncia, y un inquietante atisbo de lo reñida que está nuestra época con todo lo que representa vida espiritual, preocupación por los valores éticos y vocación por la cultura y las ideas.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.

© Mario Vargas Llosa, 2013

Nominados al Oscar 2013

  • Película

    • Imagen  Bestias del sur salvaje
    • ImagenEl lado bueno de las cosas
    • ImagenLa noche más oscura
    • ImagenLincoln
    • ImagenLos Miserables
    • ImagenLa vida de Pi
    • ImagenAmor
    • ImagenDjango
    • ImagenArgo
  • Dirección

    • FotoDavid O. Russell    El lado bueno de las cosas
    • FotoAng Lee   La vida de Pi
    • FotoSteven Spielberg   Lincoln
    • FotoMichael Haneke   Amor
    • FotoBehn Zeitlin   Bestias del sur salvaje
  • Actor

    • FotoDaniel Day Lewis   Lincoln
    • FotoDenzel Washington   El vuelo
    • FotoHugh Jackman   Los Miserables
    • FotoBradley Cooper    El lado bueno de las cosas
    • FotoJoaquin Phoenix   The Master
  • Actriz

    • FotoNaomi Watts   Lo imposible
    • FotoJessica Chastain   La noche más oscura
    • FotoJennifer Lawrence   El lado bueno de las cosas
    • FotoEmmanuelle Riva   Amor
    • FotoQuvenzhané Wallis    Bestias del sur salvaje
  • Actor secundario

    • FotoChristoph Waltz   Django desencadenado
    • FotoPhilip Seymour Hoffman   The Master
    • FotoRobert de Niro   El lado bueno de las cosas
    • FotoAlan Arkin   Argo
    • FotoTommy Lee Jones   Lincoln
  • Actriz secundaria

    • FotoSally Field   Lincoln
    • FotoJacki Weaver   El lado bueno de las cosas
    • FotoAnne Hathaway   Los Miserables
    • FotoHelen Hunt   Las sesiones
    • FotoAmy Adams   The Master
  • Película en lengua no inglesa

    • ImagenAmor (Austria)
    • ImagenKon-Tiki (Noruega)
    • ImagenNo (Chile)
    • ImagenA Royal Affair (Dinamarca)
    • ImagenWar Witch (Canadá)
  • Guión original

    • John Gatins   El vuelo
    •  La noche más oscura
    • Quentin Tarantino    Django desencadenado
    • Michael Haneke   Amor
    • Wes Anderson y Roman Coppola   Moonrise Kingdom
  • Guión adaptado

    • Lucy Alibar y Benh Zeitlin   Bestias del sur salvaje
    • Chris Terrio   Argo
    • Tony Kushner   Lincoln
    • David O. Russell   El lado bueno de las cosas
    • David Magee    La vida de Pi
  • Película documental

    • 5 Broken Cameras   Emad Burnat y Guy Davidi
    • The Gatekeepers
    • How to Survive a Plague
    • The Invisible War
    • Searching for Sugar Man
  • Corto documental

    • Inocente   Sean Fine y Andrea Nix Fine
    • Kings Point   Sari Gilman y Jedd Wider
    • Mondays at Racine   Cynthia Wade y Robin Honan
    • Open HeartKief    Davidson y Cori Shepherd Stern
    • Redemption   Jon Alpert y Matthew O’Neill
  • Montaje

    • William Goldenberg   Argo
    • Tim Squyres   La vida de Pi
    • Michael Kahn   Lincoln
    • Jay Cassidy y Crispin Struthers   El lado bueno de las cosas
    • Dylan Tichenor y William Goldenberg   La noche más oscura
  • Dirección de fotografía

    • Seamus McGarvey   Anna Karenina
    • Robert Richardson   Django desencadenado
    • Claudio Miranda   La vida de Pi
    • Janusz Kaminski   Lincoln
    • Roger Deakins   Skyfall
  • Banda sonora original

    • Dario MarianelliAnna Karenina
    • Alexandre DesplatArgo
    • Mychael DannaLa vida de Pi
    • John WilliamsLincoln
    • Thomas NewmanSkyfall
  • Canción original

    • Before My Time   Chasing Ice
    • Everybody Needs A Best Friend   Ted
    • Pi’s Lullaby   La vida de Pi
    • Skyfall   Skyfall
    • Suddenly   Los Miserables
  • Dirección artística

    • Sarah Greenwood y Katie SpencerAnna Karenina
    • Dan Hennah, Ra Vincent y Simon BrightEl Hobbit. Un viaje inesperado
    • Eve Stewart y Anna Lynch-RobinsonLos Miserables
    • David Gropman y Anna PinnockLa vida de Pi
    • Rick Carter y Jim EricksonLincoln
  • Diseño de vestuario

    • Jacqueline DurranAnna Karenina
    • Paco DelgadoLos Miserables
    • Joanna JohnstonLincoln
    • Eiko Ishioka Blancanieves (Mirror Mirror)
    • Colleen AtwoodBlancanieves y la leyenda del cazador
  • Maquillaje

    • Howard Berger, Peter Montagna y Martin SamuelHitchcock
    • Peter Swords King, Rick Findlater y Tami LaneEl Hobbit. Un viaje inesperado
    • Lisa Westcott y Julie DartnellLos Miserables
  • Mezcla de sonido

    • John Reitz, Gregg Rudloff y Jose Antonio GarciaArgo
    • Andy Nelson, Mark Paterson y Simon HayesLos Miserables
    • Ron Bartlett, D.M. Hemphill y Drew KuninLa vida de Pi
    • Andy Nelson, Gary Rydstrom y Ronald JudkinsLincoln
    • Scott Millan, Greg P. Russell y Stuart WilsonSkyfall
  • Edición de sonido

    • Erik Aadahl y Ethan Van der RynArgo
    • Wylie StatemanDjango desencadenado
    • Eugene Gearty y Philip StocktonVida de Pi
    • Per Hallberg y Karen Baker LandersSkyfall
    • Paul N.J. OttossonLa noche más oscura
  • Efectos especiales

    • J. Letteri, E. Saindon, D. Clayton y R. C. WhiteEl Hobbit. Un viaje inesperado
    • B. Westenhofer, G. Rocheron, Erik-Jan De Boer y D. R. ElliottLa vida de Pi
    • J. Sirrs, J. White, G. Williams y D. SudickLos vengadores 2
    • R. Stammers, T. Wood, C. Henley y M. HillPrometheus
    • C. Nicolas-Troyan, P. Brennan, N. Corbould y M. DawsonBlancanieves y la leyenda del cazador
  • Película de animación

    • BraveMark Andrews y Brenda Chapman
    • FrankenweenieTim Burton
    • El alucinante mundo de NormanSam Fell y Chris Butler
    • PiratasPeter Lord
    • Rompe RalphRich Moore
  • Cortometraje de ficción

    • AsadBryan Buckley y Mino Jarjoura
    • Buzkashi BoysSam French y Ariel Nasr
    • CurfewShawn Christensen
    • Death of a ShadowTom Van Avermaet y Ellen De Waele
    • HenryYan England
  • Corto de animación

    • Adam and DogMinkyu Lee
    • Minkyu LeePES
    • Head over HeelsTimothy Reckart y Fodhla Cronin O’Reilly
    • Maggie Simpson in The Longest DaycareDavid Silverman
    • PapermanJohn Kahrs
  • Oscar honorífico

    D.A. Pennebaker, Hal Needham y George Stevens Jr.

Alma Reville al descubierto, la mujer detrás del poder

El matrimonio, en una imagen de archivo. | Gtres 

  • Estuvo casada con él desde 1926 hasta la muerte del director en 1980

  • Tuvo que lidiar con sus arranques temperamentales y ego bíblico

  • ‘Alma era un enigma para todo el mundo’, aseguraba Tippi Hedren

 

Pablo Scarpellini | Los Ángeles

Han tenido que pasar cinco décadas para que Hollywood se acordara de ella, un prolongado tiempo de reposo que le acabó por otorgar el incalculable y nostálgico valor de un tesoro abandonado, como una vieja botella de vino al fondo del almacén desprovista, muchos años después, de su densa capa de polvo. A Alma Reville, la insigne y temperamental mujer de Aldred Hitchcock, le han sacudido los años de olvido de encima con dos películas, devolviendo aquella relación matrimonial con el maestro a primera línea de combate.

Porque medios y guionistas han vuelto a hablar de ella se sabe que fue mucho más que una mujer en las sombras, el único apoyo del director a la hora de la verdad, su editora más minuciosa, su defensora más acérrima.

No fue, sin embargo, un camino de rosas el de la de Nottinghamshire en tierras estadounidenses. Tuvo que lidiar con los arranques temperamentales y el ego bíblico de su compañero sentimental, obsesionado además con las rubias imponentes de las que decidió rodearse en sus años de cine con mayúsculas.

¿El amante de Alma?

Tanta fue la debilidad del londinense por las maneras de Kim Novak, Tippi Hedren o la princesa Gracia de Mónaco, que Melville, furiosa y arrebatada por los celos, pudo haberse refugiado en los brazos de un amante, Whitfield Cook, un guionista al que conoció durante el rodaje de dos de las películas de Hitchcock, ‘Extraños en un tren’ y ‘Stage Fright’.

Es una versión de la que se hace eco ‘Hitchcock’, la cinta de Sacha Gervasi que acaba de ver la luz en cines españoles, una historia interpretada por Helen Mirren y que la propia actriz británica no tiene claro que llegara a suceder en absoluto en la vida real.

“Ese hombre definitivamente existió, y sí escribieron un guión juntos“, dijo Mirren en una conversación telefónica al The New York Times. “Hay una sugerencia en una de las biografías de que posiblemente tuvieron un affaire, pero no ha sido ni remotamente demostrado”.

Tampoco se pudo comprobar la versión vertida por una de las presuntas obsesiones de Hitchcock, Tippi Hedren, la elegida por el virtuoso director para ‘Los pájaros’ y ‘Marnie la ladrona’. Fueron, en palabras de la propia Hedren, los dos rodajes más traumáticos de su vida por el acoso sexual al que le sometió Hitchcock, una situación de la que Reville estaba al tanto y que al parecer prefirió ignorar.

“Alma era un enigma para todo el mundo”, recordaba Hedren recientemente a ‘The Daily Telegraph’. “Nadie podía entender cómo era su relación. En un momento, vino y me dijo: ‘Tippi, siento que tengas que pasar por esto’. La miré y le dije: ‘Pero podrías pararlo’, y ella simplemente miró para otro lado y se fue”, aseguraba la actriz.

La única hija del matrimonio, Patricia Hitchcock, se encargó de negarlo, autora de la biografía sobre su madre, ‘Alma Hitchcock, The Woman Behind the Man’, curiosa elección siendo hija de quien era.

Pese a los avatares y el particular genio de su marido, estuvo casada con él casi toda su vida, desde el 2 de diciembre de 1926 hasta la muerte del director en 1980. Dos años después Reville diría adiós a los 82 años de edad por causas naturales, una mujer bajita de mucho genio que ahora está recibiendo el crédito que nunca terminó de recibir en vida. Hollywood le ha dado esa clase de reconocimiento póstumo con el que suele enmendar sus célebres resbalones.

Alfred HITCHCOCK, Anverso y reverso del gran creador

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Hitchcock’ trata sobre la producción de la película “Psicosis” (1960). Detrás de Alfred Hitchcock, el denominado “maestro del suspense” ,  había un aspecto que se ocultaba: su extraordinariamente creativo romance con su leal esposa y colaboradora en la realización cinematográfica, Alma Reville.

“Hitchcock” saca a la luz su fascinante y compleja historia de amor. Y lo hace mientras se filma su más audaz aventura cinematográfica: Psicosis, que se convertiría en el filme más controvertido del director, y también en el más legendario.

Contra todo pronóstico, cuando la tumultuosa producción llegó a su fin, la forma de hacer cine cambió para siempre.

Trailer en español

Trailer en inglés sonido original

 

Anverso y reverso del gran creador

HITCHCOCK

Dirección: Sacha Gervasi.

Intérpretes: Anthony Hopkins, Helen Mirren, Danny Huston, Scarlett Johansson, Jessica Biel.

Género: drama. EE UU, 2012.

Duración: 98 minutos.

Janet Leigh (Scarlett Johansson) y Alfred Hitchcock (Anthony Hopkins), en un fotograma de ‘Hitchcock’.

 

Alfred Hitchcock, ese hombre permanente y comprensiblemente enemistado con su adiposo cuerpo y su pintoresca apariencia, comprendió antes que nadie que el director es la estrella y se lo hizo saber muy pronto no solo a la industria y a las estrellas que él dirigía, sino también al amado público. Convirtió su nombre en el mayor reclamo publicitario y fue tan coqueto y exhibicionista que se permitía el autohomenaje de que su inconfundible figura apareciera en todas sus películas desde que tuvo clarísimo que estas eran sus hijas, desde los comienzos, desde su etapa inglesa. También en sus cínicas e inquietantes presentaciones en la serie de televisión Alfred Hitchcock presenta.

Viendo su inmarchitable cine, ese apabullante lenguaje visual al servicio de historias casi siempre turbias que quedan grabadas perdurablemente en la retina del espectador, su obsesión por el lado oscuro de las personas y las cosas, su capacidad para transmitir las sensaciones más desasosegantes, deduces la potencia de su volcánico cerebro y la complejidad de su personalidad. De todo ello habla esta película reconstruyendo la creación de Psicosis, una película que aunque me la sepa de memoria me resulta arduo y amenazante revisarla en soledad. Por si acaso, porque lo que ocurre en los moteles aislados del mundo y en la placidez de la ducha está grabado pavorosamente en mi consciente y en mi subconsciente por el arte de aquel individuo tan inteligente como perverso.

Y, cómo no, presta mucha y agradecible atención a la mujer que compartió la vida de este complicado y apasionante señor desde que ambos tenían veinte años. Se llamaba Alma Reville y trabajaba como montadora. Cuenta Donald Spoto en su biografía de Hitchcock que en medio de una tormenta feroz en el mar mientras que ambos se dirigían a Estados Unidos, cuando ella estaba vomitando hasta el alma en la cubierta, Hitchcock le declaró su amor, ofreciéndole un anillo y preguntándole si quería casarse con él. Lo hizo. No se separaron nunca. Sabíamos que él ejerció de mirón toda su vida, que estuvo obsesionado por un tipo determinado de hembra, que era altamente improbable que estas hermosas mujeres le otorgaran en el mejor de los casos algo más que respeto, admiración, simpatía o afecto, que lo hubiera dado todo por tener la pinta de Cary Grant, el actor al que dirigió en cuatro ocasiones memorables enamorando a esas mujeres que a él le volvían loco, que algunas de sus películas más perturbadoras y geniales debieron de nacer de un sentimiento de desdicha.

El director Sacha Gervasi y el guionista John McLaughlin se acercan al retorcido universo de Hitchcock con notable talento e imagino que con más de una lógica licencia artística sobre lo que ocurrió en el rodaje de Psicosis. Por ejemplo, ignoran la leyenda de que Saul Bass, aquel maravilloso diseñador de títulos de crédito, dirigió la antológica secuencia de la ducha al ponerse enfermo Hitchcock. Pero lo que cuentan y lo que sugieren es tan atractivo como creíble, está muy bien contado, debió de parecerse mucho a la realidad.

Cuentan cómo Hitchcock y Alma hipotecan su lujosa casa y su bienestar para inventarse una película en la que no cree casi nadie, en la que los productores, que se han enriquecido con los numerosos taquillazos del cine de este hombre, se niegan a financiar una película en la que su estrella femenina es asesinada a la media hora de proyección. Y el rodaje de esa obra maestra estará acompañado por el miedo del hombre gordo no solo a que su extraña criatura fracase, a no encontrar el tono y la claves para que esa tenebrosa historia enganche masivamente a los espectadores, sino también a que su muy comprensiva esposa deje de comprenderle, soportarle y amarle, a que su trabajo con un guionista que trata de estimular y dar crédito público a una mujer tan inteligente como creativa que siempre ha permanecido a la sombra de su famoso marido transforme una colaboración profesional en una relación de amor. Los celos, el terror a perder al eterno flotador de su tortuosa existencia, la tormentosa convivencia con sus demonios y sus obsesiones, la vulnerabilidad extrema del hombre que sabía demasiado, su alcoholismo y su compulsiva glotonería, está muy bien retratado.

Me habían contado que Anthony Hopkins sobreactuaba dando vida a ese personaje que era excesivo en todo. Yo le encuentro perfecto. Y Helen Mirren, esa actriz siempre irreprochable, hace una creación sutil y magistral de la sufrida y sagaz Alma Reville, de lo complicado que debe ser pasar la vida al lado de alguien tan singular como atormentado, tan extraordinario en su arte como retorcido en su existencia. Sería lamentable que esta atractiva película solo encontrara eco entre los que mantenemos una fascinación inquebrantable por el cine de este hombre.