El ermitaño italiano que se convirtió en fenómeno literario

Se edita en España la singular prosa de Mauro Corona tras vender 2,4 millones de ejemplares en su país

MANUEL MORALES / TOMMASO KOCH – Madrid – 23/12/2011

A la abuela de Mauro Corona le habría gustado no ser tan buena profeta. “Reza, que la montaña se viene abajo y nos mata a todos”, le dijo aquella noche a su nieto. Y, en efecto, el 9 de octubre de 1963 sucedió lo que los geólogos habían advertido. Cerca de las 11 de la noche, el monte Toc se derrumbó sobre el embalse del Vajont y se formó una monstruosa ola que barrió los pueblos del valle. “Cayeron 300 millones de metros cúbicos de roca. El ruido fue como el de 1.000 millones de aviones supersónicos. La gente huyó montaña arriba, como los ciervos”, cuenta por teléfono este escritor italiano (Erto, 1950). Sin embargo, no todos pudieron escapar: para 2.000 personas aquella fue su última noche.

Es escalador, escritor y escultor: “Requieren la misma destreza”

En ‘Fantasmas de piedra’ resucita su pueblo, desalojado en 1963 tras un alud

La vida y la posterior obra literaria de Corona (18 libros de los que en Italia se han vendido más de 2,4 millones de ejemplares) quedaron marcadas por una catástrofe con coincidencias amargas: en el bar del pueblo de Longarone se habían juntado los jóvenes de la zona porque era el único lugar con televisión y se retransmitía un partido de la Copa de Europa del Real Madrid. El agua los sepultó. Los lugareños que sobrevivieron fueron trasladados a pueblos construidos valle arriba. Mauro, un adolescente entonces, fue a parar a un reformatorio.

Este italiano de pelo y barba largos volvió años después al Erto que le obligaron a abandonar para contarlo en las 292 páginas de Fantasmas de piedra (Altaïr), una novela de 2006, la primera que se traduce al castellano. Corona está entusiasmado con ello porque entre sus referentes están “Juan Rulfo, Borges, y Julio Llamazares; a este que nadie me lo toque”. Acto seguido, el ertano recita de memoria el comienzo de La lluvia amarilla, del autor español: “Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer”. Llamazares describió en esta desoladora obra la vida en un pueblo pirenaico, un lugar en el que “el fuego de la chimenea unía más que la amistad y la sangre”.

Jordi Canals, doctor en Filología Hispánica en la Universidad de Trento, le denomina “el Llamazares italiano”, porque comparte con el escritor nacido en Vegamián -un pueblo que se inundó para construir un embalse- el amor por el paisaje perdido y reencontrado.

El Llamazares verdadero, en charla telefónica, se muestra “asombrado” de que una aldea recóndita de los Alpes haya un narrador que le tenga en un pedestal. El leonés sabe que La lluvia amarilla “tuvo mucho éxito en Italia” pero no conoce a Corona. Picado por la curiosidad, el autor de Luna de lobos señala que intentará encontrar a su álter ego alpino “en abril”, cuando vaya a Italia. “Ojalá fuera tan bueno como él”, dice Corona del español. “Si le viera, le abrazaría y me tomaría un vaso de vino con él. Habré regalado al menos 50 ejemplares de La lluvia amarilla. Desde que lo leí, hay tinieblas en mi escritura. Me dejó una cuchillada. No hay una página de ese libro que no haya subrayado”. Queda pendiente ese vino y el profesor Canals se presta voluntario para propiciar el encuentro.

A la espera de ese momento, Corona sigue conjugando sus tres almas: escritor, escultor y escalador. Tres labores que “requieren la misma destreza: quitar los superfluo”, asegura el italiano. Nacido en el carromato de sus padres, vendedores ambulantes, Corona se crió en la miseria y creció entre montes. Su abuelo le enseñó a fabricar enseres de madera para ganarse unas monedas.

Lo mismo solían hacer sus paisanos, antes de ser engullidos la tragedia del Vajont. “El agua arrasó en medio minuto con una civilización de pastores, leñadores, y campesinos”, asegura Corona, que recupera en su libro recuerdos como “las noches de verano, cuando la gente salía a la calle a charlar”. Algo consustancial a una sociedad “con comunicación oral, de gentes que pasaban los inviernos en casa contando historias”, destaca Canals.

A esas voces, Corona ofrece sus páginas y su misión como literato: “Soy un torpe salvador de memorias”. En Fantasmas de piedra rescata al viejo Erto en un paseo por sus calles y casas que le provoca “una dulce melancolía”. “Era como si viera a los antiguos amigos, oía a los campesinos golpeando el suelo con su hoz”, relata.

Corona rememora también una infancia de cazas y escaladas junto con su padre y su abuelo. Sin embargo, el recuerdode la relación con sus progenitores -ambosidílico- no es tan idílico: “De niño, mi padre me tiró una cuchillada y, aunque la paré, mehizo un corte enla mano. Si tuviera a mi padre delante le preguntaría por qué por qué me ataba a un palo y me pegaba con un látigo, y a mi madre por qué nunca me hizo una caricia”.

Sí le mostró cariño Marisa Madieri, la entonces mujer de Claudio Magris, hoy fallecida, cuando el ertano se adentró en la literatura, en 1997. Fue la insistencia de Madieri -“escribe”, le dijo- la quele hizo recuperar los papeles de sus primeros cuentos, que había roto. Su obra de debut, El vuelo de la marta, se tradujo al francés, alemán y chino.

El último logro de este ermitaño es el Premio Bancarella, este verano, por El final de un mundo equivocado, un galardón que ganaron Hemingway, Umberto Eco y Ken Follett. Corona, que acaba de lanzar su obra número 18, Como una piedra en la corriente, se ha marcado su próxima meta: hacer en primavera el Camino de Santiago “sin dinero, ni tarjeta de crédito”. En “la Macondo del tercer milenio”, como Corona llama al viejo Erto, tampoco le hacen falta: “Me basta con una comida al día y una botella de vino”.

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