Lo estúpidas que nos ponemos en una playa nudista

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¿Has visitado alguna vez una playa nudista? La experiencia de Leo Marcazzolo probablemente no sea de los más alentadora, pero despertará tu curiosidad…

Por Leo Marcazzolo.
Ir a una playa nudista jamás ha sido una tarea fácil. Nada de fácil. Menos para mí que fue toda una odisea. De hecho cuando fuimos con mi amiga Lucha, tuve una serie de problemas técnicos. El Primero fue que me daba una vergüenza increíble sacarme el traje de baño. Sencillamente no me “hallaba” estando pilucha delante de tanto hombre desconocido. Y aunque la Lucha se desligaba de él con una naturalidad nunca antes vista -como si hubiese nacido como para andar como Eva-, yo estaba tan avergonzada, que no me atrevía ni siquiera a mirarme yo misma. Sin exagerar cuando finalmente me desnudé, casi ni me despegué de mi toalla. Figuraba literalmente ceñida a ella. Y es que, a decir verdad, no estaba nada de flaquita. Me causaba una angustia atroz tener que exponerme delante de todos esos “nudistas” sapos. Porque aunque la Lucha me lo negara y negara, a mí nadie me quitaba de la cabeza, que estaban allí puro “sapeando”, mirándome y escudriñándome, como si hubiesen sido verdaderos detectives del cuerpo. O al menos eso me imaginaba yo. Y, por lo mismo, andaba lo bastante paranoica, como para preferir mil veces freírme, antes que siquiera levantarme a mojarme las patitas. Y eso que la Lucha me insistía e insistía, y hasta me tironeaba de los brazos para levantarme. Pero yo no, yo me quedaba incólume, tiesa como un Mohai, fiel a mi toalla. Y además también estaba el otro problema de los piluchos. Los piluchos que se multiplicaban como verdaderos tábanos en esa playa. Como una presencia francamente infortunada. Ya que no sólo se movían como zombis, (desplazándose de un lugar a otro sin ningún tipo de atributo agradable que mostrar), sino además, que uno no hallaba cómo mirarlos. Hacia qué punto enfocar la vista para no toparse con sus “partes”. Realmente los piluchos me causaban verdaderos problemas existenciales. Primero, porque no entendía cómo disfrutaban tanto del sólo hecho de andar desnudos. No podía dejar de preguntarme de qué madera estaban compuestos como para gozar tanto de esa experiencia (algunos, inclusive, habían sido tan fanáticos en el pasado, que hasta habían tenido que pagar con cárcel por haberse desnudado en playas donde aún no estaba permitido). Y segundo, porque tampoco entendía, qué diablos los motivaba a ser tan condenadamente amigables. Eran increíblemente amigables. Casi como una hermandad. Tanto que no dejaban en ningún minuto de venir a mi toalla a conversarme, según ellos, sólo para que me sintiera mejor. Para que anduviera menos cohibida y más integrada. Y me conversaban de lo más normales, a pesar de que estaban piluchos. Y yo no quería ni hablarles, pero la Lucha, (sólo para molestarme) les metía y metía conversa. Y ellos le contestaban con sus miembros desinflados, y con sus sonrisas de secta. Yo casi que me quería morir. Y es que a pesar de todo, lo bueno era que para ellos sus miembros no constituían ninguna vergüenza. De hecho se los tomaban con tanta naturalidad, que se atrevían incluso a agacharse para recoger conchitas, estirar sus toallas en frente de nuestros ojos y sentarse a lo indio en medio de la playa. Insólito. Para mí inclusive desagradable. Aunque para la Lucha, el condimento perfecto para su estofado. Su escenario ideal para ser feliz.
Y es que la verdad es que había sido ella, y nada más que ella, la que finalmente me había convencido para ir a ese sitio, sólo porque según decía: ‘ir a una playa nudista, era lo último que le faltaba para completar la perfección de este verano’. Pero a mí nada de eso me importaba mucho. La verdad es que no me importaba nada. Lo único que siempre había querido era que pasara lo que pasara, nada me hiciera volver más a ese lugar.

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