Cuando una cita a ciegas se vuelve contra uno

piel de gallina

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Podría ser un golpe muchísimo más bajo para el ego, por ejemplo, si fuera el susodicho y no una quien nos encontrara patética. ¿Se imaginan, por ejemplo, que media hora después de comenzada una cita el muy infeliz inventara cualquier excusa para irse?

Por Leo Marcazzolo

Siempre he pensado que una “cita a ciegas” fallida puede llegar a transformarse fácilmente en un duro golpe para la autoestima. Desde el principio hasta el final. Y es que analicémosla de cerca. Analicemos, por ejemplo, cómo surge el primer germen, la primera inquietud por buscarse una cita. Uno las más de las veces está allí, desarreglada, echada en la cama, sin hacer mucho, quejándose porque está sola (especialmente los domingos), hasta que de pronto suena el teléfono y llega “la llamada milagrosa”. La nunca bien ponderada “llamada” de la amiga buena onda que, con el único propósito de supuestamente ayudar, te propone la mejor de las citas. Una que será sencillamente inolvidable. Una donde te presentará al mejor de los prospectos posibles. A uno tan increíble que te dará vuelta el mundo.

Pero luego nada de eso funciona, todo se hace humo. Uno llega y termina enterrada en el fango. El susodicho resulta ser un verdadero desastre. De esos tipos mal vestidos, con mal aliento y terriblemente auto referente. De esos que no solo aburren como un mal endémico (casi natural e inevitable de su causa), sino que además se arrojan el lujo de contar historias en “tiempo real” sobre sí mismos. ¿Qué puede ser peor que eso? ¿Qué puede ser más mata pasiones que, por ejemplo, te aburran con detalles tan irrelevantes como que se pusieron los calcetines rojos en vez de los verdes? ¿O que se lavaron los dientes con pasta Colgate en vez de Pepsodent? Guácatela. Solo dan ganas de huir.

Pero aunque no se crea, las cosas podrían resultar aún peores que eso. Podría ser un golpe muchísimo más bajo para el ego, por ejemplo, si fuera el susodicho y no una quien nos encontrara patética. ¿Se imaginan, por ejemplo, que media hora después de comenzada una cita el muy infeliz inventara cualquier excusa para irse? Eso sí que sería el infierno. Doy fe, porque lo he vivido. Una vez me ocurrió. Sucedió que me presentaron a uno, y en el momento en que según yo iban mejor las cosas, repentinamente “se echó el pollo”, aduciendo que tenía un problema “urgente” en su casa. Luego por mi amiga supe que no existía tal problema, y que simplemente me había encontrado “mala”. Insólito. Aquello fue como la peor puñalada en la espalda. Más aun considerando que fue mi supuesta amiga quien me lo dijo. Quien llegó a mi casa un día, y con cara de cordero degollado, me soltó la bomba. La verdad es que hubiese preferido mil veces no saber. Porque seamos francas; de qué me pudo haber servido conocer una verdad tan hiriente, qué beneficio me pudo haber traído enterarme que un NN mal nacido, pobre diablo y etcétera, etcétera, etcétera, me encontraba “mala”. Cuando yo en verdad jamás me había sentido “mala”. Si bien no me encontraba una beldad, tampoco tan fea como para provocar una estampida, ¿no? Y lo peor de todo era que el tipo ni siquiera era guapo. Era uno de esos típicos sujetos del montón que sentían que por derecho propio se merecían una Barbie. ¿Habrase visto semejante animal? Lo peor. Sencillamente lo peor.

Y es que eso es lo más negativo de las citas a ciegas: que cuando no se produce sincronía, siempre hay uno que termina trasquilado. Como le pasó a mi amiga Lucha. Mi gran amiga terminó afectando –seriamente¬– a un pobre diablo que, según dijo, solo quería quererla. O al menos eso dijo que quería. El otro día no más me contó. Al parecer el tipo la conoció por Facebook y luego, al invitarla a almorzar, tuvo que soportar que le hiciera las de Kiko y Kako. De partida, la Lucha no solo se las pasó casi la mayor parte del tiempo encerrada en el baño con su Blackberry, sino además, más encima, se dio el lujo de terminar haciendo la del roto: acabó de comer y se largó. Así de simple. Como el broche de oro de otra maldita cita a ciegas para olvidar.

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