Sinatra en Hollywood

Por: Marcos Ordóñez |

Action of the tiger
Habla Perico Vidal:

A lo largo de mi vida he tenido muchos y muy buenos amigos de todas las clases sociales y en todos los ambientes que te puedas imaginar, pero solo he conocido a dos personas que se hayan desvivido absolutamente por mí. Uno fue el actor y director francés Christian Marquand, que me abrió las puertas de su casa y de su vida y del que ya te hablaré; el otro fue Sinatra.
Antes de volver a Estados Unidos, Sinatra me invitó a visitarle en Los Ángeles. “No te preocupes por el dinero”, dijo, y yo sabía que hablaba en serio. Le dije que tenía otra película en puertas, pero que en un par de meses estaría libre. La película era Action of the tiger, que aquí se llamó La frontera del terror, una serie B de aventuras que pasaba en Albania y en realidad se rodó en Málaga y Granada. El director era un inglés muy poco conocido, Terence Young, y la protagonizaban Van Johnson y Martine Carol, que ya iban un poco cuesta abajo. En el reparto estaba un joven actor escocés que apenas tenía dos secuencias: Sean Connery. Cinco años más tarde, Connery se convertiría en una superestrella rodando 007 contra el doctor No y Desde Rusia con amor, a las órdenes de Young. Volví a encontrarles a los dos en el plató de Desde Rusia con amor (por cierto, recuérdame también que te cuente el episodio de las ratas), y luego a Connery en 1965, en The Hill, de Sidney Lumet, que creo que no se estrenó en España. Durísima de ver y durísima de rodar. Estaba ambientada en una prisión militar del desierto de Libia, durante la Segunda Guerra Mundial, y casi toda transcurría a pleno sol. Sol de Almería, que no es tan ardiente como el de Libia, pero en pleno agosto tiene lo suyo.
Para mi gusto, las dos mejores películas de Connery son The Hill y El hombre que pudo reinar. The Hill la hizo en plena fiebre Bond, arriesgándose a perder a su público, y realmente tuvo muy poco éxito. Fue un acto de coraje, que le define a la perfección. Demostró que era ante todo un actor y un tipo muy centrado, que no quería encasillarse. Salzmann y Broccoli, los productores de la serie, querían atarle con un contrato exclusivo que le habría hecho millonario y se negó. Tampoco se le subió jamás la fama a la cabeza. Gran, gran tipo.

Doris Duke, Joe Castro y Big Jay McNeeleyCuando acabé Action of the tiger me esperaban en casa el billete para Los Ángeles y un telegrama de Sinatra, donde me decía que tardaríamos unos días en vernos porque tenía que filmar exteriores en Madison, Montana, de Como un torrente, la película de Minnelli, basada en un best seller de James Jones. El anterior libro de Jones, De aquí a la eternidad, le había servido a Sinatra para regresar a Hollywood por la puerta grande con el papel del soldado Maggio, por el que se llevó el Oscar del año 53. Ahora volvería a interpretar a un soldado, un veterano amargado por la guerra, que quería ser escritor. En el reparto estaban también Dean Martin, en el que me parece el mejor papel de su carrera, y Shirley McLaine, preciosa, delicadísima, que a raíz de aquella película fue “adoptada” por el Rat Pack, el grupo capitaneado por Sinatra, Martin y Sammy Davis Jr.
Le dije a Sinatra que no se preocupara porque aprovecharía aquellos primeros días para visitar a unos amigos, Joe Castro y Doris Duke, a los que había conocido en Barcelona.
Joe Castro era de Arizona, de padres mexicanos. Un gran pianista de jazz, con mucho feeling. Y ella era archimillonaria: la segunda mujer más rica del mundo después de Betty Hutton. Era hija única de Jim Buchanan, uno de los reyes del tabaco en Estados Unidos. Había estado casada con Porfirio Rubirosa, el playboy dominicano, pero cuando la conocí estaba con Joe Castro. Era una excéntrica maravillosa, con pasiones absolutas y sucesivas, que iban desde el surf a la horticultura. En aquella época solo te hablaba del jazz y de la danza. Fue quien puso el dinero para la gira europea de Katherine Dunham, y llegaron con ellos a Barcelona. Doris estaba empeñadísima en aprender a bailar y no tenía la menor gracia: era larguirucha y muy torpe. Luego quiso formar un grupo y tocar el piano, hasta el punto de que, para complacerla, durante un tiempo el bueno de Joe pasó a tocar el vibráfono. Tocaba mejor que bailaba, lo que tampoco es decir mucho. Estuvieron unos meses viviendo en París y en Suiza, hasta que Doris se cansó del piano y del grupo, y volvieron a Los Ángeles.

Falcon's LairSe instalaron en Falcon’s Lair, una mansión de estilo español que había pertenecido a Rodolfo Valentino. Estaba en Beverly Hills, en la zona de Benedict Canyon, muy cerca de la casa donde diez años más tarde asesinaron a la pobre Sharon Tate. En Falcon’s Lair grabó Joe Castro algunos discos estupendos, con Zoot Sims y Teddy Edwards, y acabó formando un cuarteto fuera de serie con Edwards, Billy Higgins y Leroy Vinegar. Doris y Joe me organizaron una fiesta de bienvenida por todo lo alto y a los tres días suena el teléfono y es la inconfundible voz de Sinatra diciendo “Hey, pal. Tengo cinco días libres”.
Mi siguiente recuerdo es que voy en un coche con Sinatra y Jimmy Van Heusen. Sinatra le pregunta a Jimmy: “¿What can we do for Pedro?” y Jimmy responde lo que Sinatra ya sabía: “Vegas”.

Jimmy Van HeusenVan Heusen era un gran compositor. Había escrito cientos de canciones y acababa de ganar el Oscar, me contaron, por All the Way, que acabé aprendiéndome de memoria porque la tocaban cada vez que entraba en un club. Otra de sus canciones, High Hopes, se convirtió en algo así como el himno de la campaña de Kennedy a la presidencia, pero eso ya no lo viví. Van Heusen compuso muchísimo para Sinatra, Come Fly with Me, Only the lonely, September of my years, Nancy with her laughing face, infinitas, pero sobre todo era uno de sus amigos realmente íntimos. “Chet – porque le llamaba Chet – siempre ha estado a mi lado en los momentos bajos”, decía Sinatra, y yo sabía que se refería a su historia con Ava. Jimmy – yo siempre le llamé Jimmy – era un poco el modelo de la gente que rodeaba a Sinatra: nunca sabías muy bien dónde acababa el amigo y dónde empezaba el asociado, el consejero, el hombre para todo. Lo cierto es que entre los dos había una gran complicidad y una gran estima, eso saltaba a la vista.
Así que vamos en ese coche y lo primero que me dice Sinatra es “Ten mucho cuidado con las menores de edad, porque aquí no lo parecen. Te puedes encontrar en la cama con una de ellas sin saberlo, y eso, en este país, es peligro mortal: vas derecho a la cárcel”. Luego le pregunté por Nueva Orleans, porque me apetecía mucho ver esa ciudad. La cuna del jazz y todo eso. Me sorprendió su respuesta: “No vayas al Sur. Allí odian a los negros, pero todavía odian más a los blancos que aman a los negros”.
Y de repente en mi memoria empieza a hacer un calor brutal, como si se hubiera incendiado el cielo. Calor de desierto. Tres minutos de sol y ya te quemaba la piel. Estamos en Las Vegas. Un grupo del que continuamente entraba o salía gente. Que yo recuerde ahora, en el avión privado de Sinatra estaban Jack Benny, Joey Bishop y Johnny Grant. No, Dean Martin no estaba: le conocí en el set de Como un torrente. Y a Sammy Davis Jr. no le vi en ningún momento.
Jack Benny era un rey de la comedia. Ya sabes, el protagonista de To be or not to be. Muy poco conocido en Europa, pero allí le trataban como a un dios del Olimpo. Tenía un programa en televisión al que Sinatra iba mucho. Lo recuerdo muy elegante, muy vieja escuela, y muy gracioso. Muy serio, pero siempre colocando ocurrencias. Joey Bishop también era gracioso, pero mucho más forzado. De esos cómicos que cuando hacen un chiste dejan un hueco para que te rías, muy al estilo de Las Vegas. Y repitiendo los chistes, que es lo peor. En dos días le escuché varias veces el mismo: “Estaba tan borracho que aparecí en el desierto con una serpiente en la mano tratando de matar un palo”. Claro, te hace gracia porque solo lo has escuchado una vez.
¿Johnny Grant? Acabó siendo alcalde honorario de Hollywood, en los ochenta. Entonces era un presentador y disc-jockey famosísimo, que durante la Segunda Guerra llevaba un programa diario para las tropas y había organizado las famosas giras de Bob Hope. Grant estaba borracho cuando me lo presentaron y seguía borracho cuando me fui. Todos llevábamos lo nuestro, pero su caso era sorprendente, porque su borrachera parecía estar siempre al mismo nivel. A todas las coristas les decía lo mismo: “Hey, tiger, where are you from?”, y Sinatra les pasaba un billete para que le contestaran “Dallas, Texas” o “Houston, Texas”. Luego decía: “Este se va a creer que ha pasado la semana en Texas y no en Las Vegas”.

The Sands (Las Vegas)Fuimos al Sands. Yo estaba deslumbrado porque no me dieron habitación sino un bungalow. Con la llave venía otra de un jeep pequeñito por si te apetecía recorrer Las Vegas, pero apenas lo utilicé: no tuve tiempo.
Sinatra me presentó a Jack Stratter, que entonces era el encargado de los espectáculos del Sands y luego fue el presidente del consorcio. Me contó su historia: había empezado como portero, en el Stork de Nueva York, y en cuestión de diez años se convirtió en copropietario del Copacabana. Estaba en el Sands desde el cincuenta y algo, y había conseguido que el Rat Pack en pleno actuase allí, de modo que para ellos era como su segunda casa. Bueno, y no solo el Rat Pack: lo mejor de lo mejor pasaba por allí, y lo llevaban Sinatra y sus amigos. Grandes solistas, grandes orquestas. El Sands era un hotel con casino adjunto, como casi todos los hoteles de Las Vegas. Yo había conocido el casino de Montecarlo, pero aquello era completamente distinto: sus principales bazas eran las chicas, las actuaciones, y que no exigieran etiqueta. En Europa no podías jugar si no llevabas smoking o, como mínimo, traje oscuro y corbata. En las cajas de cerillas del Sands se leía la frase “Venga a jugar como esté vestido”, y así podías ver a gente apostando a la ruleta o al blackjack con shorts y chancletas, que para mí era algo insólito. Otro de los grandes inventos de Las Vegas era que no tenías que cambiar fichas: las de un casino servían para todos.
“Pero el verdadero negocio”, me dijo Sinatra, “no está en las salas. A las salas van los jugadores habituales y desde luego muchos novatos, pero la ruleta impone, es como entrar en una iglesia. El dinero aquí se hace con las slot machines, las máquinas tragaperras, que no dan miedo a nadie, y con las copas”. El dinero volaba: aquella primera noche vi a varios ganadores dar propinas de cincuenta dólares a las chicas. Sinatra me presentó a Entratter con una frase que me emocionó y que después le escucharía muchas veces:
My pal Pedro, who saved my life in Spain”.

Sinatra frente al SandsDe aquellos días, que sobre todo fueron noches, noches inacabables, recuerdo a Louis Armstrong en el Sands (que dijo acordarse de mí en los conciertos del Windsor, aunque me parece que fue por mera cortesía) en alternancia con la orquesta de Rex Stewart, y a Louis Prima y Kelly Smith, que acababan de tener un éxito enorme con I ain’t got nobody, diría que en el Sahara, y recuerdo sobre todo una fiesta que comenzó a las seis de la tarde y acabó a las seis de la tarde siguiente. Jack Benny se retiró pronto, pero Bishop, Van Heusen y Grant siguieron hasta el final. Y Sinatra y yo, por descontado.
El Dunes anunciaba las primeras coristas en topless de Las Vegas, y para contraatacar se le ocurrió a Jack Entratter que todas las chicas del Sands salieran con abrigos de visón, visones en blanco y negro y todas las gamas que tiene esa piel, y pese al aire acondicionado las pobres se asaban vivas con el calor de los focos. Sinatra había ligado con una chica que iba camino de Reno para divorciarse, y durante la cena con Armstrong, después del show, yo conocí a Polly, una corista del Sands que me estaba “destinada”, como supe luego. Yo ya tenía muchas horas de vuelo en esa época, y fíjate que me costó ver claro lo que hasta un niño habría adivinado. Podemos achacárselo al alcohol. El alcohol, por cierto, fue lo que me echó para atrás cuando volvió Polly después de su pase. Allí estaba ella, morena, ojos azules, un monumento. Y allí estaba yo, reventado de copas y, además, quemado por aquel sol salvaje de Nevada. Cuando llevas varios días bebiendo, follar es como ir al torno de la fábrica: te duelen los codos, te duelen las rodillas, tienes la boca seca. No es placer, es trabajo.
Llega Polly, pues, y yo no sabía como quitármela de encima. Sinatra se esfuma y Polly y yo nos quedamos frente a frente. Nunca me había sentido tan cuitado con una chica. Luego apareció de nuevo Jimmy Van Heusen y pensé “bueno, por lo menos no estaremos solos y ya se me ocurrirá algo”, porque era completamente incongruente decirle que no me apetecía, era insultarla. Entonces sucedió otra cosa que tendría consecuencias más tarde. Voy al lavabo y allí me encuentro con un tipo que me pregunta si soy el guardaespaldas mexicano de Sinatra. Le digo con malos modos que no, que ni guardaespaldas ni mexicano, y el tipo se larga. Vuelvo a la mesa decidido a decirle a Polly la verdad y nada más que la verdad y me contesta lo que debía haberme olido: “Mira, Francis me ha dicho que sea amable contigo, y lo voy a ser quieras o no…”.
“O.K, a tus órdenes”, le digo, y nos vamos a la cama. A las seis de la tarde siguiente suena el teléfono. Polly ya no estaba allí.
Una voz me dice:
“¿Quiere usted ganar algo de dinero?”
“¿A quién hay que matar?”
“Verá… nos conocimos ayer…”
Yo apenas podía recordar que existía un día llamado “ayer”.
“… en los lavabos del Sands…”
Comenzó a encenderse en mi cabeza la señal de peligro.
“… y ganaría un buen dinero si me contara unas cuantas cosas de Frank”.
“Me parece que usted se ha equivocado conmigo. ¿Sabe qué voy a hacer? Voy a colgarle el teléfono y después voy a contarle a Sinatra que…”
Colgó antes que yo, a la carrera. Me vestí y fui al bungalow de Sinatra, que estaba reunido con todo su entourage. También estaba Jack Entratter.
Llevé aparte a Sinatra y le conté lo que había sucedido. ¡Dios, la que se armó! En mi vida he visto una movida así. Comenzaron a sonar los teléfonos, empezó a entrar y salir gente y en menos de dos horas habían localizado al tipo, un periodista que escribía para una de las revistas de chismorreo de Hollywood.
A los pocos días Sinatra me dijo:
“Quiero presentarte a mi familia”.

Come-fly-with-me

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