EL PERIODISTA

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EL PERIODISTA

Por: Ramón Elías Pérez

Esto ocurrió en La Pastora, hace tanto tiempo que no recuerdo con precisión el año, sacando la cuenta debió haber sido en los primeros años del bachillerato. Fue un momento extraordinario, no tanto por los cambios en el sistema de enseñanza y las nuevas asignaturas, sino por todos aquellos eventos que estaban ocurriendo en mi naturaleza. No sólo era la parte física, eso que llamamos materia: huesos, músculos, efluvios… era aquello que no se toca, no se ve y está más allá del pensamiento y las emociones, digámosle lo intangible. En ese océano está el conocimiento y la información, para no hablar de cosas más profundas como el espíritu y el alma.

  • ¿Usted es publicista? -Me preguntó uno de los morochos.

Le respondí de inmediato, en ese instante pensé en la edad, cómo podía ser periodista si apenas tenía catorce años. Hay historias que cuentan de hombres que empezaron muy temprano a realizar oficios. Recuerdo que mi padre decía que a esa edad ya trabajaba cuidando pájaros en Sanare y Quíbor.

  • No soy publicista –dije

Los hermanos eran gemelos, conocidos de Osvaldo Vigas, se parecían tanto que no podíamos distinguirlos. Siempre andaban juntos y si uno hablaba el otro estaba allí como asintiendo, atento a cualquier yerro. Uno podría pensar que eran taxidermistas, agrimensores, linotipistas, hacedores de una labor antigua que requería conocimiento y mucha precisión. Pequeños, calvos, muy afables, ambos usaban lentes y en aquellas monturas pegadas con cinta plástica podían apreciarse ciertas diferencias, aunque saber quién era uno y quién el otro tal vez no tenía mayor importancia. Ancianos, cargados de vida, fueron las razones que me condujeron a tal acercamiento.

Era cierto, aquel encuentro parecía una entrevista y ellos, amables y respetuosos, respondían sin aprehensiones. Eso fue en la Pastora, en la ciudad de Valencia mientras mi madre visitaba a su tía Carmen. Pocos años después de esa tertulia ocurrió lo del periódico panfletario hecho a multígrafo. Fueron cambios muy rápidos, no nos habíamos bajado del caballo cuando nos mudamos del pueblo a la ciudad y las costumbres, los hábitos… nos vimos envueltos en esa vorágine que pudimos contener a tiempo. Nada extraño pasó porque la mayoría de los ochenta mil habitantes de la urbanización, luego la cifra pasó a doscientos mil, eran iguales a nosotros. El liceo, gracias a Dios, siguió siendo el mismo donde nos habíamos iniciado, lo habían mudado del centro de la ciudad en la parroquia Catedral para la nueva urbanización, construida en el sitio de La Isabelica. El Enrique Bernardo Núñez, nombre de un insigne escritor carabobeño, nos quedó a dos cuadras del apartamento.

Así las cosas los viejos se divorciaron, uno de mis hermanos se casó, mataron a Pablo, Dante, nuestro perro y mascota, se lo llevó el olvido y la tristeza. En ese lapso formamos el grupo cultural y publicamos el órgano informativo: “Nueva Visión”, el instrumento perfecto para protestar, decir algo y abrazar ideas libertarias. Era una publicación “hecha a mano” con un Gestetner importado y tenía un fin político. Queríamos crear conciencia, como decía Paulo Freire, y para ello hacíamos reuniones todas las noches, luego pasamos a los círculos de estudio. Los eternos calentadores de pupitres, ya viejones, aquellos que duraban veinte años para graduarse, de las Residencias Tercer Mundo, nos querían ganar para sus fines, necesitaban cuadros para hacer la transformación que requería el país y nosotros éramos los propios, los contestatarios. Nos sentíamos revolucionarios, por eso cuando llegamos a la universidad no creíamos en cuentos, allí nos encontramos con socialistas, comunistas, nihilistas, turistas… Había de todo en aquel zoológico de grupos políticos y fanáticos; recuerdo a un alborotador, Alberto, fundador de un partido obrerista llamado TERS (Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista) quien decía ser trotkista y con los años –ahora en tiempos de Chávez- se convirtió en opositor derechista. En una clase de historia se nos ocurrió decir que lo nuestro, la opción válida, era crear un socialismo a la venezolana; Alberto me refutó y al increparme dijo que yo era un masista trasnochado, que ese era un partido reaccionario. El tiempo le dio la razón en parte, el MAS no sólo se fue para la derecha sino que en ese salto se llevó lo más granado del pensamiento de izquierda para ese momento; y Alberto dio un brinco tan grande que todavía lo ven volar por las frondas de los mangos de aquella escuela ingrata. Siempre fue un pequeño burgués.

El periodiquito fue como una ventana que se nos abrió para entrar al mundo, en el primer número destacábamos los titulares y algunas imágenes tomadas de la Bohemia y Cuba Internacional. Por cierto que eventualmente nos enviaban afiches y calendarios con las imágenes de los héroes de la revolución. Allí publicamos denuncias acerca de la guerra de Vietnam y el genocidio de Nixon. Otros titulares más abajo señalaban las manifestaciones y los estudiantes muertos en pleno gobierno del Doctor Caldera. Al final de su mandato llegaron a pasar de cuarenta, de eso la derecha no recuerda y no dice nada. Ahora se quejan y hacen huelgas de hambre si los miran feos. Los primeros poemas aparecían publicados en las últimas páginas. Ese fue el momento del inicio en el periodismo, y lo decimos porque a los meses fuimos invitados a una reunión con el Movimiento Prensa Libre, de la mano de Pedro Manuel Vásquez, quien era nuestro amigo y mentor. Él que había estado preso en Guasina, fue tomado como personaje central de la novela testimonial de José Vicente Abreu, se llamaba SN; luego fue diputado y mucho después (había estado en Moscú) le fue concedido el premio nacional de periodismo mención opinión. Bueno él tenía su madre viva allí en La Isabelica, Doña Micaela Vásquez, de modo que cada vez que él venía de Caracas para ver a su vieja, -ella había cruzado el Orinoco en una canoa para ver a su hijo y gracias a esa hazaña se convirtió en símbolo y en la madre de todos los guasineros- aprovechábamos la oportunidad para escuchar sus historias. De boca de él nos enteramos de la vida de Guillermo García Bustamante, el autor de la canción “Escríbeme” que interpretó con gran acierto Alfredo Sadel. De aquel largo poema que le gustaba tanto declamar: canto a Marina Blade, y alguno que otro de Andrés Eloy Blanco. De aquella reunión del MPL donde asistimos tres miembros del Grupo Cultural Isabelica salimos a recorrer las calles de San Blas, la parroquia. Héctor Cipriano Villalobos, periodista amigo de Pedro Manuel, igual que J.M Villarroel París, nos llevó a comer comida árabe cerca del puente Morillo… con los años cayó en desgracia y se convirtió en una crápula; qué dolor nos produjo verlo desdentado, sucio, harapiento por los lados del Palacio de Gobierno con una botella de Cocuy como su más preciado título en la mano derecha. Para aquellos momentos la poesía que leíamos era la del Repertorio Poético de Luís Edgardo Ramírez y andábamos escribiendo versos en agendas como las que usaba Luís Palencia, uno de los nuestros, el más viejo de todos, su padre había sido militante del partido comunista en los cincuenta.

De esa experiencia con el periódico hecho a multígrafo nos quedó la amistad y ciertas relaciones. Creo recordar en aquella reunión en los terrenos del cuerpo de bomberos de la Universidad de Carabobo, la presencia de Eleazar Díaz Rangel, quien ya era un destacado gremialista y defensor de la libertad de expresión. Mucha gente quiso acercarse a nosotros porque hacíamos cosas. Un día estábamos montando un cine foro, para crear conciencia, y otro día teatro callejero. Más por intuición que por formación y claridad política. Leíamos con avidez y eso era lo más importante. Hasta los curas de Maryknoll (Catholic Foreing Mission Society of América) se acercaron a nosotros pero siempre desconfiamos de ellos, no porque fueran de la CIA, sino por gringos. Antes de ingresar a la universidad pasamos por el diario Hora Cero y allí conseguí un trabajito como corrector, esa experiencia nos serviría con el tiempo y afianzaría una recóndita afición por las letras.

En la Escuela, antes de ser Facultad, estuvimos involucrados en una experiencia parecida, un encarte político que se llamó “El Pasquín”, lo dirigía un joven brillante, tanto que no supo qué hacer con su inteligencia y se convirtió en delincuente. A tiempo me salí de aquel grupito de muchachos y muchachas de bien, como se decía entonces. Se llamaba igual que el personaje de la mitología griega, el raptor de Helena. Llevado por la avaricia y el amor al dinero estuvo estafando con unos terrenos hasta que cayó preso, al salir de la cárcel regresó arrepentido a las fechorías, decía que había estado estudiando en Canadá -no decía que estuvo pagando cana- y hasta le creímos; cambió el modus operandi y se convirtió en organista de una iglesia. Guiado por la devoción y el arrepentimiento engatusó a los feligreses quitándoles, poco a poco, bienes, casas y fortunas. ¡Esas cosas pasan!

La inteligencia debe ir acompañada de valores sobre todo cuando coincide con personalidades psicopáticas, y al decir esto pienso en el error -digo- de no haber estudiado psicología clínica que era lo que nos gustaba. Tanto es así que nuestro primer artículo en la prensa regional se llamó: “De Fobias, Manías y Obsesiones”; una respuesta a un fanfarrón que dictó una charla sobre la familia a docentes de Escuelas Básicas y decía, entre otras joyas, que si una pareja no tenía como fin casarse y tener hijos, eran un par de sinvergüenzas. Eso cayó muy mal, pensaba en nuestras abuelas y los millones de personas que no se casan. El tipo había estado en el seminario y pertenecía al Opus Dei, era probablemente misógino y anduvo por años destilando su veneno, por suerte no fui su alumno cuando daba clases. Le dije en ese artículo hasta del mal que se iba a morir.

Ya graduado incursionamos en el teatro, la radio y la fotografía; experiencias que se cruzan y se mezclan, difícil separarlas. Después de probar con las tablas como decía Homero Montes, se nos ocurrió realizar el sueño de los días de colaborador con el grupo “Talión” de Valencia, éste no era otro que editar una revista. Gárgola, arte y literatura. Creo que no nos equivocamos, fue una buena experiencia, aunque salieron sólo dos números ello nos permitió incursionar más adelante en los vericuetos de las ediciones e ingresar con delectación en ese mundo de las publicaciones. Un nigromante incorporado así nos lo informó, entonces entendimos por qué el que había nacido para martillo del cielo le caían los clavos.

Antes de ingresar como redactor al semanario de humor “El Muérgano”, nos tocó coordinar en El Zuliano la página literaria: “La Foja”, allí escribimos, cobramos y nos dimos el vuelto un grupo de amigos. Al poco tiempo decidimos tener un espacio en la radio, un programa donde pidiéramos decir lo que nos diera la gana y así lo hicimos. “Del Tiempo y la Gracia”, una hora por mágico mundo de la palabra y la música, decía el epígrafe. Éramos al comienzo un pequeño comité, lo tuvimos por tres años y en ese lapso entrevistamos a pintores, escritores, educadores, políticos, músicos; en aquel espacio nos acompañó por un tiempo una amiga que tenía muy buen timbre, me gustaba y nos divertíamos un mundo. Porque la idea era crear esa sensación de coqueteo constante para que el oyente disfrutara y creara fantasías con la música, lo demás lo hacía la imaginación.

Un día nos llamó el amigo José “Cheo” González, el popular Sapo, para que lo ayudáramos con el tabloide del Instituto para la Conservación del Lago de Maracaibo, (ICLAM) y a los pocos días tenía su artículo. Una investigación que habíamos hecho sobre los Barí, la Sierra de Perijá, y el problema de la contaminación y la depredación del ambiente. Ello fue suficiente para que nos pidiera en comisión de servicio, se trataba de la nueva oficina de prensa que abría la Secretaría de Educación del estado y allá fuimos a parar, paralelamente manteníamos una columna en la prensa regional llamada “La Casa del Sol”, nombre que después utilizamos para una fundación y pudimos publicar varios libros y una revista a los amigos de la causa. Nada del otro mundo, el dinero que llegaba del CONAC era tan poco que apenas pudimos realizar dos eventos importantes, el resto del tiempo se nos iba en llenar formularios, aquellos engorrosos requisitos administrativos que nos alejaron de los subsidios.

Pensé en lo que hacíamos y nos convencimos de estudiar Comunicación Social para no entrar en discrepancias con el gremio y en el fondo porque nos gustaba la idea de ser periodistas graduados. Que alguna vaca sagrada dijera que estábamos ejerciendo ilegalmente la profesión, usurpando un oficio, era lo que menos nos importaba. En la práctica era un todero haciendo de reportero gráfico, redactor, corrector de estilo y hasta de celestino de mis amistades. Entonces nos inscribimos en la UNICA, nos pareció lo más lógico, desde el primer momento nos sentimos identificados con la profesión. Escribíamos por aquí, colaborábamos por allá y para arrechera de las periodistas de Frondas, la publicación de la oficina de prensa, sus escritos pasaban por nuestras manos y nos avergüenza decirlo, aquello era un montón de gazapos y errores de todo tipo. Había honrosas excepciones. No teníamos la culpa, tuvimos buenos maestros, profesores que insistían en eso de escribir bien y sin errores ortográficos, además siempre nos gustó leer. La unión de las consonantes con las vocales produciendo fonemas y así hasta los confines de los sintagmas para producir la sintaxis.

Quien que haya leído a Quevedo y al autor del Diablo Cojuelo no podrá olvidar el goce por las palabras. Cómo no apreciar la extraordinaria función del diccionario y el uso de los signos de puntuación, cómo olvidarnos de la conjugación de los verbos y la terrible experiencia con aquel miserable que nos hizo repetir mil veces modos y tiempos de verbos irregulares, por esa vía infinita de la descalificación humillante. Haber, erguir, ir, ser… carajo, cuántas formas de decir, cuántas palabras. En el fondo debería estar agradecido, ¡ay, Alonso Martínez!, lo ocurrido fue aquello que los psicólogos y educadores conocen como incentivo negativo, suele ser efectivo pero muy peligroso porque una persona débil -no todo el mundo tiene que ser fuerte- se hunde y es presa fácil de las depresiones. Del abatimiento hacia adelante no hay nada bueno, es un camino tortuoso que puede culminar en desgracias. Como dicen ahora, una persona con la autoestima baja no soporta una burla, una chanza y por eso hay que tener cuidado con sujetos en situación crónica, pueden reaccionar de forma violenta, es un mecanismo de defensa y nada más.

Estaba encaminado a convertirme en periodista, sólo tenía que cursar materias y presentar los exámenes de rigor. Era un régimen especial para profesionales del medio, la escolaridad se realizaba los fines de semana y básicamente se traba de estar presentando exámenes y realizando trabajos escritos. Allí encontré columnistas, locutores, animadores y otros compañeros en el ramo de la comunicación.

  • ¿Qué estás haciendo aquí? -Me preguntó Mildred Delgado cuando me vio con una agenda y aquella cara de yo no fui.

  • Nada, camarada, vine a sacar el título.

 

En efecto sólo se trataba de adquirir una credencial y estaba convencido, no iba a obtener otra cosa que -como decían mis amigos en los años setenta- un rango que te da un valor en el mercado de trabajo. Eso fue lo que hice desde el primer sábado, ir en busca de un papel. Había mucha gente adulta y con años de experiencia, llegaban con grabadoras y tremendos maletines. Esto se ponía interesante, éramos más de sesenta y la mayoría venía de la radio. La televisión regional era incipiente y de seguro los del canal de la paloma, Niños Cantores, no se iban a reunir con el perraje. Qué dicen los perifoneadores en su día, dónde está el gremio y el club que los agrupa, existe algún sindicato que no sea aquel de radio, teatro, cine, TV, afines, conexos y similares. Me imaginaba el circo y los malabaristas, los marioneteros y los saltimbanquis juntos libando cerveza celebrando el día. Ahora reunidos en un salón de clases para convertirnos gracias a la academia en comunicadores sociales; horas pasé en Radiolandia escogiendo la música, grabando cuñas para el programa, Del Tiempo y la Gracia, una hora por el mágico mundo de la palabra y… a mi lado la bella Laila, vestida hoy con una falda vaporosa, sin mangas, flores y su colonia Menen para niños en esta mañana espléndida. Muy buenos días tengan todos, les saluda el 12.388…

  • ¡Buenos días, Laila!, qué dice hoy tu corazón, cuales son las señales del cosmos, qué dicen las runas, las mancias. -Ella reía como una modelo y locutora entrenada para causar un efecto dulce en el oyente.

Las primeras entrevistas las hacía Cheo porque él si era periodista y uno respetaba aquella “prohibición” pero después de tres o cuatro programas nos olvidamos de la autocensura. Total, nadie con dos dedos de frente tendría la osadía de querer imitar a ese charlatán estrella de NCTV; el mal gusto y la mediocridad se instalaría en todos los medios para vergüenza de la profesión. En conclusión decidimos graduarnos para no ser ilegales y estando en el primer semestre de aquel régimen especial me entró una insufrible sensación. Fue que se me instaló en el alma un viento frío, una nube gris. Cheo se retiró del programa y nos quedamos ella y yo, conseguimos patrocinio y al año siguiente estábamos en la emisora de la universidad, mucho más cónsona con el estilo. Lo bueno de todo aquello fue que los programas, la gran mayoría, quedaron grabados y después de veinte años son una prueba, un registro histórico.

Lo intentamos pero regalarle los sábados a la academia nos resultaba harto difícil, ya habíamos adquirido los hábitos aventureros de la pesca y los viajes a los municipios foráneos. Era como retroceder en el tiempo. ¡Bueno!, auque suene pedante decirlo, estábamos más para dar clases que para recibirlas, y menos escuchando las disertaciones nerviosas de aquellos docentes recién graduados. Algo tenía que hacer, estábamos ejerciendo la profesión de periodistas sin serlo. Un brillante docente de LUZ nos lo espetó, casi nos llama impostores. Fue entonces cuando se nos ocurrió el plan B, nos fuimos para el carajo y abandonamos todo intento de graduarnos como periodistas. Para no frustrarme estuve sacando crucigramas y recogiendo latas por años; convencí a mi hijo mayor Luís Ricardo para que se graduara de una vez por todas de comunicador social, y en una especie de proyección de la conciencia, sería periodista a través de él. Luego, continuaría siendo lo que soy.

Creo que estuvo bien, estudié lo que tenía más cerca y hoy vivo jubilado de una carrera que me permitió escribir cuanto quise. En este sentido siempre recordaré con agrado la “entrevista” a los gemelos de La Pastora. ¡Publicista!

Todavía sigo creyendo que hay que crear conciencia en las masas y que la educación para la libertad es el camino. Periodista cada vez que quiero y ahora lo hago por Internet. Lo mejor es que también escribo para joder el parque.

 

 

 

 

 

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