La verdadera historia de «Black Mass», el despiadado mafioso que corrompió al FBI

La verdadera historia de «Black Mass», el despiadado mafioso que corrompió al FBIJames «Whitey» Bulge tras su arresto en 2011

Johnny Depp da vida a Whitey Bulger, el gánster que conquistó el mundo bostoniano del narcotráfico y el juego ilegal con la ayuda del FBI. Durante casi tres décadas, nadie sospechó que el mafioso más peligroso de la ciudad era en realidad un confidente con licencia federal para delinquir

Hasta poco antes de la muerte del primer y todopoderoso director del FBI, John Edgar Hoover, la prioridad de la agencia federal fueron los atracadores de bancos y los sospechosos de ser espías comunistas, pero los tiempos cambian y el crimen organizado adquirió un inconfundible acento italiano. La guerra contra la Cosa Nostra centró las prioridades del FBI hasta un punto obsesivo. Algunos agentes, sin embargo, entendieron el mensaje como un todo vale con tal de capturar a los mafiosos. John J. Connolly y John Morris, protagonistas de la historia más impía de la agencia, se aliaron con los cabecillas de la mafia irlandesa en una guerra sucia contra los italianos instalados en Boston.

Un irreconocible Johnny Depp da vida en la película «Black Mass» a Whitey Bulger, el gánster que conquistó el mundo bostoniano del narcotráfico y el juego ilegal con la ayuda del FBI. Durante casi tres décadas, nadie sospechó que el mafioso más peligroso y mitificado de la ciudad era en realidad un confidente con licencia federal para delinquir y una baraja interminable de cartas similares al clásico «quedas libre de la cárcel» del monopoly.

«Sin confidentes no somos nadie», afirmó Clarence M. Kelley tras ser nombrado nuevo director del FBI a raíz del fallecimiento de Hoover en 1972. El problema es que el precario manual para el trato con los confidentes no resolvía los problemas más básicos: ¿Cuánto debe tolerar un agente para obtener información? ¿Es aceptable negociar con un delincuente a cambio de información sobre otro delincuente? En estas y otras muchas preguntas, la directriz era clara: si es italiano se permite casi todo. O al menos eso entendió John J. Connolly, uno de los agentes más jóvenes de la prestigiosa Brigada Nacional contra el Crimen Organizado, que a su regreso en 1975 a la ciudad donde se había criado se encargó de contactar con el héroe de su infancia, Bulger, y su socio y contacto con la Costra Nostra, Stephen J. Flemmi «El fusilero», para ofrecerles un trato entonces bendecido por la dirección del FBI.

Bulger, el héroe irlandés convertido en un soplón

La propuesta de Connolly era sencillamente que, a cambio de informar sobre la Cosa Nostra, el FBI miraría a otro lado en los negocios sucios de Bulger, que se centraban en las apuestas ilegales y en el cobro de préstamos. «De acuerdo. Si ellos juegan a las damas, nosotros jugaremos al ajedrez», contestó el mafioso irlandés a la oferta del FBI, que había convencido a Bulger de que la Cosa Nostra no iba a tardar en borrar a su banda del mapa si no aceptaban la «alianza». No obstante, el acuerdo era en su origen completamente legal y prometía ser infranqueable: nadie en la ciudad podría pensar que el legendario irlandés fuera un soplón. Fue la relación viciada entre Connolly y su héroe de la infancia, Bulger, bajo cuya leyenda criminal se había criado en las calles de Southie, un antiguo barrio obrero de orígenes irlandeses, lo que complicó todo. Solo cinco semanas después de que se abriera el informe de confidente, el irlandés se anotó su primer asesinato como confidente sin que a Connolly pareciera importarle.

Este doble juego de Bulger fue posible debido en parte a que en el folklore local era una suerte de Robin Hood dedicado a la protección de las esencias de Southie y a terminar con los matones de poca monta. Un criminal a la vieja usanza que impedía el paso de las nuevas corrientes y del nocivo narcotráfico. Pero nada más lejos de la realidad: Bulger bebía poco y no tomaba drogas, despreciaba a los bebedores y odiaba a los drogadictos, lo cual no significaba que fuera hostil a su venta. El soplón irlandés permitía el tráfico de cocaína y heroína en su viejo barrio a cambio de una comisión por parte de los camellos. Su imagen de «un bueno entre los malos», no en vano, se veía flanqueada por la notoria carrera política de uno de los hermanos de Bulger (el otro era juez auxiliar en Boston), Billy Bulger, que en 1978 se convirtió en presidente del Senado de Massachusetts y tuvo una larga carrera política en paralelo a la senda criminal de Whitey. Las líneas familiares se mezclaban así de forma difusa con las profesionales y las criminales. De hecho, Connolly, Whitey Bulger y Billy Bulger se habían criado en el mismo edificio de protección oficial en Southie.

La relación entre el FBI y Bulger retrató el mal funcionamiento del programa de confidentes e implicó a numerosos agentes que habían mirado a otro lado o directamente habían asumido que ese era el precio de obtener información de primera; sin embargo, los principales responsables de que tuviera lugar algo así fueron ante todo Connolly y su supervisor John Morris, que terminaron infringiendo una larga lista de delitos con tal de proteger a los que pasaron a ser sus amigos. De este modo, Connolly se dedicó durante casi 20 años a boicotear todas las investigaciones abiertas contra la banda de Bulger y a inflar de elogios los informes sobre las bondades del gánster irlandés, así como a achacarle las informaciones de otros confidentes. El objetivo final era demostrar, como defendió Connolly durante años, que Whitey era uno de los mejores confidentes en la historia del FBI.

Su nivel, no en vano, era el de «confidente de máximo nivel», es decir, un infiltrado que suministra información secreta de primera mano sobre figuras destacadas del crimen organizado. Pero, ¿realmente era un confidente valioso?, ¿tenía información de primera mano?

Asedio a la Cosa Nostra

Como recoge la obra periodística «Black Mass» de Dick Lehr y Gerard O’Neill, la mayor parte de la información suministrada por Bulger contra la Cosa Nostra en realidad pertenecía a Flemmi -de padre italiano-, aunque Connolly se la atribuía una y otra vez al irlandés. Además, la mayor parte de los miembros de la Cosa Nostra a los que Bulger delató supusieron, una vez desaparecidos, una gran oportunidad de negocio para precisamente su banda. Como ejemplo de ello, en los años ochenta, Bulger facilitó los datos necesarios para que el FBI pudiera introducir una grabadora dentro del local de los hermanos Angiulo, los representantes de la Cosa Nostra en Boston, y así incriminarlos. La operación resultó un éxito y Connolly dejó a todos claro que las escuchas habían sido posibles gracias a Bulger y Frammi. Lo cual era cierto, pero también lo era que el irlandés tenía un gran número de negocios compartidos con los italianos y una gran deuda económica contraída con los hermanos Angiulo, que ya jamás cobrarían.

Una y otra vez las investigaciones de la Policía local y la Policía estatal fracasaron en su persecución a la banda irlandesa, que no dejaba de crecer en volumen de negocio. Bulger y Flemmi siempre estaban un paso por delante de la Policía y sabían con antelación si estaban siendo grabados. Los agentes del FBI Connolly y Morris se encargaban de informarlos al milímetro, lo cual a esas alturas hacían por simple amistad. La primera de las muchas cenas que celebraría los cuatro juntos en los siguientes años, donde algún otro agente del FBI también participó, tuvo lugar en la zona de Lexington en 1979. El intercambio de regalos, en muchos casos dinero, se convirtió en algo habitual en el grupo y, desde que Whitey se trasladó a una vivienda contigua a la de su hermano en South Boston, contaron con la presencia esporádica del presidente del Senado.

Ciertamente, la Cosa Nostra no levantó cabeza en Boston y sufrió tres durísimos golpes policiales casi consecutivos entre 1975 y 1989, pero el precio pagado por el viciado FBI fue demasiado alto. Bulger actuó y asesinó a sus anchas hasta alzarse como el miembro del hampa más importante de la ciudad, para desesperación de la DEA y otros grupos policías ignorantes del pacto secreto. No fue hasta mediados de 1995 -cuando ya Morris y Connolly no se encontraban en la primera línea del FBI– que pudieron sacar adelante un caso contra los criminales irlandeses en relación a la brigada de corredores de apuesta a los que cobraban una comisión. Mientras Bulger escapaba a tiempo para esconderse durante 15 años junto a una de sus novias en Santa Mónica, California, Frammi fue arrestado y, al contrario del resto de ocasiones, ni Morris ni Connolly acudieron esta vez en su auxilio.

A esas alturas Morris, cuyo matrimonio se había desmoronado y su adicción al vino incrementado, tenía problemas más grandes en los que pensar. Durante el juicio contra Flemmi y otros miembros de la banda a raíz de la trama de los corredores de apuestas, surgió la cuestión de si el dúo criminal había sido o no confidente del FBI, lo que paradójicamente podía anular algunas pruebas contra ellos pero amenazaba con proclamarlos unos chivatos a ojos de todo Boston. Un desquiciado Morris sin nada que perder se encargó de sacar a la luz todo, incluidas las irregularidades y la actuación impía del FBI, cuando testificó en el proceso. Morris insistió además en que el FBI no podía garantizar inmunidad a nadie por crímenes tan graves y, por tanto, su acuerdo con los dos mafiosos era un desastroso asunto particular.

El agente federal había cantado haciendo oídos sordos a las advertencias de Bulger, quien en octubre de 1995 llamó a la oficina de Morris en Virgina con un mensaje claro: «Si yo voy a la cárcel, tú también irás. Pienso llevarte conmigo hijo de puta». Esa misma noche, Morris sufrió un infarto, pese a lo cual sobrevivió para ver como el FBI de Boston quedaba arrasado por el mayor escándalo en la historia de la agencia federal.

Finalmente, Bulger -que fue arrestado en 2011- y Flemmi fueron acusados de participar en 21 asesinatos, once de ellos perpetrados mientras eran confidentes del FBI, a causa de lo cual, y de otros muchos delitos, pasarán probablemente el resto de su vida en la cárcel. Por su parte, Connolly y Morris fueron acusados, entre otros crímenes, de aceptar sobornos, de obstrucción a la justicia, de revelar de forma ilegal información confidencial y de falsificar informes oficiales. En 2008, el exagente del FBI Connolly, asimismo, fue condenado a cuarenta años de prisión por homicidio impremeditado en el asesinato de Callahan, un contable de Boston que se había interpuesto en el camino de los cuatro amigos criminales.

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