La verdadera historia de «Black Mass», el despiadado mafioso que corrompió al FBI

La verdadera historia de «Black Mass», el despiadado mafioso que corrompió al FBIJames «Whitey» Bulge tras su arresto en 2011

Johnny Depp da vida a Whitey Bulger, el gánster que conquistó el mundo bostoniano del narcotráfico y el juego ilegal con la ayuda del FBI. Durante casi tres décadas, nadie sospechó que el mafioso más peligroso de la ciudad era en realidad un confidente con licencia federal para delinquir

Hasta poco antes de la muerte del primer y todopoderoso director del FBI, John Edgar Hoover, la prioridad de la agencia federal fueron los atracadores de bancos y los sospechosos de ser espías comunistas, pero los tiempos cambian y el crimen organizado adquirió un inconfundible acento italiano. La guerra contra la Cosa Nostra centró las prioridades del FBI hasta un punto obsesivo. Algunos agentes, sin embargo, entendieron el mensaje como un todo vale con tal de capturar a los mafiosos. John J. Connolly y John Morris, protagonistas de la historia más impía de la agencia, se aliaron con los cabecillas de la mafia irlandesa en una guerra sucia contra los italianos instalados en Boston.

Un irreconocible Johnny Depp da vida en la película «Black Mass» a Whitey Bulger, el gánster que conquistó el mundo bostoniano del narcotráfico y el juego ilegal con la ayuda del FBI. Durante casi tres décadas, nadie sospechó que el mafioso más peligroso y mitificado de la ciudad era en realidad un confidente con licencia federal para delinquir y una baraja interminable de cartas similares al clásico «quedas libre de la cárcel» del monopoly.

«Sin confidentes no somos nadie», afirmó Clarence M. Kelley tras ser nombrado nuevo director del FBI a raíz del fallecimiento de Hoover en 1972. El problema es que el precario manual para el trato con los confidentes no resolvía los problemas más básicos: ¿Cuánto debe tolerar un agente para obtener información? ¿Es aceptable negociar con un delincuente a cambio de información sobre otro delincuente? En estas y otras muchas preguntas, la directriz era clara: si es italiano se permite casi todo. O al menos eso entendió John J. Connolly, uno de los agentes más jóvenes de la prestigiosa Brigada Nacional contra el Crimen Organizado, que a su regreso en 1975 a la ciudad donde se había criado se encargó de contactar con el héroe de su infancia, Bulger, y su socio y contacto con la Costra Nostra, Stephen J. Flemmi «El fusilero», para ofrecerles un trato entonces bendecido por la dirección del FBI.

Bulger, el héroe irlandés convertido en un soplón

La propuesta de Connolly era sencillamente que, a cambio de informar sobre la Cosa Nostra, el FBI miraría a otro lado en los negocios sucios de Bulger, que se centraban en las apuestas ilegales y en el cobro de préstamos. «De acuerdo. Si ellos juegan a las damas, nosotros jugaremos al ajedrez», contestó el mafioso irlandés a la oferta del FBI, que había convencido a Bulger de que la Cosa Nostra no iba a tardar en borrar a su banda del mapa si no aceptaban la «alianza». No obstante, el acuerdo era en su origen completamente legal y prometía ser infranqueable: nadie en la ciudad podría pensar que el legendario irlandés fuera un soplón. Fue la relación viciada entre Connolly y su héroe de la infancia, Bulger, bajo cuya leyenda criminal se había criado en las calles de Southie, un antiguo barrio obrero de orígenes irlandeses, lo que complicó todo. Solo cinco semanas después de que se abriera el informe de confidente, el irlandés se anotó su primer asesinato como confidente sin que a Connolly pareciera importarle.

Este doble juego de Bulger fue posible debido en parte a que en el folklore local era una suerte de Robin Hood dedicado a la protección de las esencias de Southie y a terminar con los matones de poca monta. Un criminal a la vieja usanza que impedía el paso de las nuevas corrientes y del nocivo narcotráfico. Pero nada más lejos de la realidad: Bulger bebía poco y no tomaba drogas, despreciaba a los bebedores y odiaba a los drogadictos, lo cual no significaba que fuera hostil a su venta. El soplón irlandés permitía el tráfico de cocaína y heroína en su viejo barrio a cambio de una comisión por parte de los camellos. Su imagen de «un bueno entre los malos», no en vano, se veía flanqueada por la notoria carrera política de uno de los hermanos de Bulger (el otro era juez auxiliar en Boston), Billy Bulger, que en 1978 se convirtió en presidente del Senado de Massachusetts y tuvo una larga carrera política en paralelo a la senda criminal de Whitey. Las líneas familiares se mezclaban así de forma difusa con las profesionales y las criminales. De hecho, Connolly, Whitey Bulger y Billy Bulger se habían criado en el mismo edificio de protección oficial en Southie.

La relación entre el FBI y Bulger retrató el mal funcionamiento del programa de confidentes e implicó a numerosos agentes que habían mirado a otro lado o directamente habían asumido que ese era el precio de obtener información de primera; sin embargo, los principales responsables de que tuviera lugar algo así fueron ante todo Connolly y su supervisor John Morris, que terminaron infringiendo una larga lista de delitos con tal de proteger a los que pasaron a ser sus amigos. De este modo, Connolly se dedicó durante casi 20 años a boicotear todas las investigaciones abiertas contra la banda de Bulger y a inflar de elogios los informes sobre las bondades del gánster irlandés, así como a achacarle las informaciones de otros confidentes. El objetivo final era demostrar, como defendió Connolly durante años, que Whitey era uno de los mejores confidentes en la historia del FBI.

Su nivel, no en vano, era el de «confidente de máximo nivel», es decir, un infiltrado que suministra información secreta de primera mano sobre figuras destacadas del crimen organizado. Pero, ¿realmente era un confidente valioso?, ¿tenía información de primera mano?

Asedio a la Cosa Nostra

Como recoge la obra periodística «Black Mass» de Dick Lehr y Gerard O’Neill, la mayor parte de la información suministrada por Bulger contra la Cosa Nostra en realidad pertenecía a Flemmi -de padre italiano-, aunque Connolly se la atribuía una y otra vez al irlandés. Además, la mayor parte de los miembros de la Cosa Nostra a los que Bulger delató supusieron, una vez desaparecidos, una gran oportunidad de negocio para precisamente su banda. Como ejemplo de ello, en los años ochenta, Bulger facilitó los datos necesarios para que el FBI pudiera introducir una grabadora dentro del local de los hermanos Angiulo, los representantes de la Cosa Nostra en Boston, y así incriminarlos. La operación resultó un éxito y Connolly dejó a todos claro que las escuchas habían sido posibles gracias a Bulger y Frammi. Lo cual era cierto, pero también lo era que el irlandés tenía un gran número de negocios compartidos con los italianos y una gran deuda económica contraída con los hermanos Angiulo, que ya jamás cobrarían.

Una y otra vez las investigaciones de la Policía local y la Policía estatal fracasaron en su persecución a la banda irlandesa, que no dejaba de crecer en volumen de negocio. Bulger y Flemmi siempre estaban un paso por delante de la Policía y sabían con antelación si estaban siendo grabados. Los agentes del FBI Connolly y Morris se encargaban de informarlos al milímetro, lo cual a esas alturas hacían por simple amistad. La primera de las muchas cenas que celebraría los cuatro juntos en los siguientes años, donde algún otro agente del FBI también participó, tuvo lugar en la zona de Lexington en 1979. El intercambio de regalos, en muchos casos dinero, se convirtió en algo habitual en el grupo y, desde que Whitey se trasladó a una vivienda contigua a la de su hermano en South Boston, contaron con la presencia esporádica del presidente del Senado.

Ciertamente, la Cosa Nostra no levantó cabeza en Boston y sufrió tres durísimos golpes policiales casi consecutivos entre 1975 y 1989, pero el precio pagado por el viciado FBI fue demasiado alto. Bulger actuó y asesinó a sus anchas hasta alzarse como el miembro del hampa más importante de la ciudad, para desesperación de la DEA y otros grupos policías ignorantes del pacto secreto. No fue hasta mediados de 1995 -cuando ya Morris y Connolly no se encontraban en la primera línea del FBI– que pudieron sacar adelante un caso contra los criminales irlandeses en relación a la brigada de corredores de apuesta a los que cobraban una comisión. Mientras Bulger escapaba a tiempo para esconderse durante 15 años junto a una de sus novias en Santa Mónica, California, Frammi fue arrestado y, al contrario del resto de ocasiones, ni Morris ni Connolly acudieron esta vez en su auxilio.

A esas alturas Morris, cuyo matrimonio se había desmoronado y su adicción al vino incrementado, tenía problemas más grandes en los que pensar. Durante el juicio contra Flemmi y otros miembros de la banda a raíz de la trama de los corredores de apuestas, surgió la cuestión de si el dúo criminal había sido o no confidente del FBI, lo que paradójicamente podía anular algunas pruebas contra ellos pero amenazaba con proclamarlos unos chivatos a ojos de todo Boston. Un desquiciado Morris sin nada que perder se encargó de sacar a la luz todo, incluidas las irregularidades y la actuación impía del FBI, cuando testificó en el proceso. Morris insistió además en que el FBI no podía garantizar inmunidad a nadie por crímenes tan graves y, por tanto, su acuerdo con los dos mafiosos era un desastroso asunto particular.

El agente federal había cantado haciendo oídos sordos a las advertencias de Bulger, quien en octubre de 1995 llamó a la oficina de Morris en Virgina con un mensaje claro: «Si yo voy a la cárcel, tú también irás. Pienso llevarte conmigo hijo de puta». Esa misma noche, Morris sufrió un infarto, pese a lo cual sobrevivió para ver como el FBI de Boston quedaba arrasado por el mayor escándalo en la historia de la agencia federal.

Finalmente, Bulger -que fue arrestado en 2011- y Flemmi fueron acusados de participar en 21 asesinatos, once de ellos perpetrados mientras eran confidentes del FBI, a causa de lo cual, y de otros muchos delitos, pasarán probablemente el resto de su vida en la cárcel. Por su parte, Connolly y Morris fueron acusados, entre otros crímenes, de aceptar sobornos, de obstrucción a la justicia, de revelar de forma ilegal información confidencial y de falsificar informes oficiales. En 2008, el exagente del FBI Connolly, asimismo, fue condenado a cuarenta años de prisión por homicidio impremeditado en el asesinato de Callahan, un contable de Boston que se había interpuesto en el camino de los cuatro amigos criminales.

La Mata Hari del Caribe

Marita Lorenz fue contratada por la CIA para asesinar a Fidel Castro. No pudo hacerlo: se había enamorado de él. Ahora recupera en una biografía su historia

Baltimore

El oficial Ernst Hankiewicz, Marita Lorenz y Fidel Castro, en 1959. / Cordon Press

El rumbo de la isla caribeña de los cubanos y de la guerra fría reposaba en forma de píldoras venenosas en un bote de crema rejuvenecedora Pons. Allí las había escondido Marita Lorenz cuando embarcó en Miami a principios de 1960, rumbo a La Habana. Su misión: matar a Fidel Castro, su amante durante ocho meses. Ella era la Mata Hari del Caribe.

Nerviosa, casi en estado de pánico y temerosa de que a su llegada al aeropuerto José Martí fuera registrada y encontrasen las pastillas envenenadas que llevaba consigo, Lorenz las depositó en un bote de crema facial. “Me sentía incapaz de llevar a cabo la misión que Frank Fiorini [Frank Sturgis, condenado luego por el Watergate] me había encomendado. No iba a matar a Fidel, no fallé, como otros cientos que lo intentaron después. Sencillamente, fui incapaz y no me arrepiento”, explica hoy Lorenz.

Pero incluso si hubiera decidido seguir adelante con la llamada Operación 40, una trama gubernamental que, según Lorenz, unía a la CIA, al FBI, al exilio cubano y la mafia, no podría haberlo hecho. Cuando en la habitación del hotel Habana Libre, que solía compartir con Castro, abrió el bote de crema comprobó que las pastillas se habían desintegrado y solo quedaba una masa pastosa del arma que debía de acabar con la vida del líder del Movimiento 26 de Julio.

“Lo tiré por el bidé”, relata tranquila. “No se iba por el desagüe y tuve que empujarlo, hasta que despareció del todo. Entonces me sentí libre”, relata. “No lamento no haber matado a Fidel, al contrario: es la decisión de la que estoy más orgullosa en mi vida”.

Marita Lorenz, en una playa de Cuba, En 1959, poco antes de conocer a Castro.

Hablar de la vida de Marita Lorenz es repasar gran parte de la historia del siglo XX, de su peor historia, la del Holocausto, los asesinatos políticos y la miseria humana. “Siempre estuve destinada a estar sola. Y no sé por qué”, escribe en sus memorias Yo fui la espía que amó al comandante quien hoy tiene 75 años y sobrevive, con ayuda de la asistencia pública en Baltimore (Estados Unidos), en un oscuro y diminuto piso cuyo destartalado cuarto de baño por no tener no tiene ni puerta.

Lorenz debía haber llegado al mundo junto a su hermana gemela, pero cuando su madre ingresó en el hospital de la ciudad alemana de Bremen para una revisión, el pastor alemán de un oficial de las SS, que la increpaba por haber seguido acudiendo hasta el final de su embarazo a un médico judío, le atacó y una de las dos niñas murió. Sobrevivió Marita y murió Ilona. Sus padres honraron a la pequeña fallecida sumando ese nombre al de la superviviente: Ilona Marita Lorenz. Era el 18 de agosto de 1939. Hitler se disponía a invadir Polonia.

Así se inicia el primer capítulo del libro Yo fui la espía que amó al Comandante, que este próximo martes publica Península, del grupo Planeta. Las primeras 48 páginas del volumen son los primeros 19 años de La Alemanita, como la bautizó Fidel. En la Segunda Guerra Mundial, Lorenz, de madre americana y padre alemán, acabó internada en el campo de concentración de Bergen-Belsen cuando tenía cinco años. “En los barracones en los que yo estaba, los mismos en los que falleció Anna Frank, nos abrazábamos entre nosotros. Desde niños pequeños a adolescentes, para no morir de frío, aunque algunos ya estaban medio muertos”, relata serena para concluir que, sin embargo, entonces lloró hasta que no le quedaron lágrimas.

No lamento no haber matado a Fidel. Es la decisión de mi vida de la que estoy más orgullosa”

A Marita Lorenz la encontraron escondida debajo de un camastro de madera tras liberar el campo los británicos el 15 de abril de 1945. “Cuando el conductor de la ambulancia me sacó de debajo de mi escondite estaba llena de piojos, de gusanos, de moratones y pesaba menos de 20 kilos”. Fue una de los 200 niños que sobrevivieron aplicando el lema: “No hables, no pienses, no respires”.

La señora Lorenz, que el día de su entrevista viste camiseta y dos camisas, una encima de otra, y a quien su hijo Mark, de 45 años, retoca el despeinado cabello para que luzca mejor en las fotos, define lo que sucedió en 1945 como el final de una pesadilla y el inicio de otra. Con siete años, Marita fue violada el día después de Navidad de 1946 por un sargento estadounidense en la Alemania liberada por los aliados.

Conoció a Castro en La Habana en febrero de 1959 cuando ella tenía 19 años y él 33. “Me convertí en su amante y quedé embarazada. En Cuba fui drogada y forzada a lo que calificaron como un aborto. Décadas más tarde supe que mi hijo había sobrevivido y se llamaba Andrés”, dice. “¿Alguien puede imaginar qué supone eso para una madre a la que le arrebatan a su bebé en una mesa de operaciones y sale de Cuba con el vientre vacío?”, se pregunta en alto Lorenz, mientras acaba de comerse un plátano y acaricia a su perro, Bufty. Cerca hay más animales, quizá ellos impregnan el lugar de un pesado olor que se pega a la piel: una gata, una tortuga y un enorme pez naranja que “de vez en cuando se lanza como en una misión suicida contra el cristal de la pecera”.

MARITA LORENZ, CON EL UNIFORME DEL MOVIMIENTO 26 DE JULIO, EN 1959.

Lorenz concede que ha sido una mujer en un entorno de hombres, que ha inventado mentiras para protegerse, a ella y a sus hijos, y que ha dicho la verdad cuando le ha convenido. “Ahora quiero dejar las cosas claras”, declara.

La Mata Hari del Caribe ya no tiene el pelo negro-cuervo. Ya no luce la esbelta figura de sus años de party girl de la mafia neoyorquina, de la que salieron algunos de sus amantes. Asegura que tampoco porta pistola y que ya no teme por su vida. Parece deprimida. “Nunca he pensado en quitarme la vida, aunque a veces he querido morir. Pero morir es fácil, el reto es vivir”.

Sentada frente a la televisión con la que pasa sus días, junto a un cartel de la película de Los Doors, dedicado por Oliver Stone, quién la contactó para hacer una película sobre su vida, la señora Lorenz habla de cómo fue testigo del complot para matar a John F. Kennedy en Dallas.

Me convertí en su amante y me quedé embarazada. En Cuba fui drogada y forzada a lo que calificaron como un aborto”

Antes del magnicidio hubo más historias. Fruto de su relación en Miami con Marcos Pérez Jiménez, brutal dictador venezolano al que acabó dando Franco refugio en España, llegó su hija Mónica Mercedes. Tampoco tuvo suerte. Fue abandonada en la selva venezolana con una tribu de indios Yanomami con su hija de entonces 14 meses. Querían que muriesen.

La historia de Marita Lorenz tiene luces y sombras. “Hay quien puede pensar que es bastante increíble”, reconoce. “Pero, ya sabe, la realidad supera la ficción”. En el caso de Lorenz, esa realidad está construida con recuerdos que, ocasionalmente, se enfangan en la historia oficial. “Esa que, si me permite que se lo recuerde, no siempre es la creíble”.

El cirujano plástico de Gadafi

El médico brasileño Liacyr Ribeiro recuerda cuando se vio obligado a operar al exdictador

Río de Janeiro
Gadafi

Muamar el Gadafi, en octubre de 2009. / SABRI ELMHEDWI (EFE)

Liacyr Ribeiro pensó que aquella invitación al primer Congreso Árabe de Cirugía Plástica (Trípoli, 1994) sería como tantas otras. “Fui a hablar de mamas”, cuenta ahora este médico de 73 años, en su prestigiosa clínica del barrio carioca de Botafogo, tras despedirse de una joven que ha ido a informarse con su madre sobre “prótesis glúteas”. El segundo día del congreso, el anfitrión le preguntó si podía examinar a un amigo y se vio, de repente, en un coche conducido por el entonces ministro de Salud libio (también cirujano plástico), recorriendo “caminos muy extraños, cruzando barreras, todo con mucho secretismo”. El paciente era Muamar El Gadafi, líder absoluto de la revolución socialista libia desde 1969. “Me dijo: ‘Usted me tiene que operar’. Tenían mucha prisa. Y yo no sabía qué me iba a pasar”.

Aunque tuvo un buen recimiento, Ribeiro aún recuerda el miedo que experimentó el primer día: “¡Era el dueño del país, podían hacer conmigo lo que quisieran!”. El cirujano describe a Gadafi como una persona educada, inteligente y simpática, que sabía absolutamente todo de cirugía plástica. “Me impresionó. Pero claro, nadie hace una revolución con 27 años”.

El coronel quería operarse inmediatamente, pero el doctor le explicó con la mayor amabilidad que “las cosas no se hacen así”. Ribeiro regresó a Río de Janeiro, recogió el instrumental y volvió a Libia con sus asistentes semanas después. “Había algo desagradable en operar a alguien así: si algo se tuerce, ¿saldré vivo de ahí? Existen varias historias sobre cirujanos de reyes a los que han matado después de la operación, para que no trascienda”, recuerda el médico.

El hospital estaba construido en un búnker subterráneo. “El quirófano era mejor que muchos de los que yo he conocido por el mundo”, afirma Ribeiro. Bien equipado, con material alemán, el lugar no acogía a un solo trabajador libio. “Los anestesistas, los auxiliares, las enfermeras, todos eran extranjeros”.

La intervención fue realizada con anestesia local, ya que “Gadafi tenía pánico a quedar dormido y que le desconectaran”. Por motivos “éticos”, el doctor no puede revelar el tipo de cirugía que le practicó en el rostro al dictador, pero Ribeiro afirma que quería “rejuvenecer”. El último día del posoperatorio un funcionario le entregó un sobre lleno de francos suizos con el que “se podía comprar un coche”. Gadafi debió de quedar contento, ya que hace unos años, poco antes de su derrocamiento y muerte, le volvieron a llamar. “Pero ahí ya no tenía ganas, puse una excusa”.

Con la autoridad que le otorga la experiencia —Ribeiro es discípulo de Ivo Pitanguy, fundador de la cirugía estética en Brasil, país líder de la disciplina en el mundo, y fue presidente de la Sociedad Brasileña de Cirugía Plástica—, el doctor afirma que el aumento de cirujanos plásticos que ha habido en los últimos años puede tener un lado negativo: “Un advenedizo puede poner narices enanas a caras grandes o pechos de 500 mililitros a un cuerpo pequeño. Esta inflación no ha sido buena: mucha gente mira sólo el dinero. Los senos, el abdomen o la liposucción se pueden ocultar, pero la cara no. Y ahí hay muchos desastres”, por eso Gadafi recurrió a él.

El cirujano da tres motivos para justificar que Brasil sea el país que más se retoca del mundo: “Primero, la vanidad de la mujer brasileña. Segundo, la ausencia de secretismo que permite a la brasileña alardear de sus nuevos pechos en la sala de espera. Tercero, el precio”.

Su maestro Pitanguy asegura que la mujer brasileña siempre fue “culona y poco tetona”, pero que ahora ha cambiado de gustos. Según Ribeiro, esto se explica por la globalización. “Antes venían a quitarse tejido mamario, ahora vienen a ponerse prótesis. Cambió la cultura: quieren todo grande”.

De Silvio Berlusconi (otro de sus clientes) no quiere hablar, “porque está vivo y en activo”, pero sí aclara que le operó “antes de ser presidente” y que “luego le han operado dos veces más”. “Un tipo muy tranquilo”, apostilla después. Después se ríe: “Lamentablemente, no me invitó jamás a ninguna de sus fiestas”.

El atleta que voló de Londres a Australia facturado como una mercancía

 

Reginald Spiers se envió a sí mismo en una caja de embalaje por falta de dinero para un billete

El atleta que voló de Londres a Australia facturado como una mercancía

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Reginald Spiers, con su mujer y su hija en 1964

Reginald Spiers se vio en 1964 en Londres y sin dinero. El atleta, que tenía por aquel entonces 22 años, quería volver a su casa en Australia y no se le ocurrió mejor idea que la de facturarse a sí mismo como mercancía en una caja con una etiqueta que decía «emulsión de polímero sintético».

«Conseguí una caja y ya. ¿A qué debía tener miedo? No me asusta la oscuridad, así que simplemente me senté dentro», cuenta Spiers medio siglo después a la BBC. «Fue como un viaje al otro lado del océano. Tienes el asiento. Te sientas y vas».

Solo que no fue tan cómodo. Spiers pasó 63 horas metido en el cajón, según manifestó él mismo por aquel entonces al diario «Sydney Sun», que dio a conocer su historia.

El joven lanzador de jabalina, que se encontraba en el Reino Unido recuperándose de una lesión, no había sido incluido en el equipo olímpico australiano que iba a participar en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, así que decidió volver a casa. Sin bastante dinero para el regreso y desesperado por llegar a tiempo para el cumpleaños de su hija, se hizo facturar en un cajón de madera desde Londres a Perth y después hasta Adelaida.

El embalaje fue llevado al aeropuerto de Londres por un amigo y facturado a bordo de un avión de Air India el 18 de octubre de 1964. ABC dio cuenta tal día como hoy de aquel año de este «insólito viaje de un atleta sin dinero» que alarmó a la Dirección de Aduanas de Australia y a las líneas aéreas.

«Como había trabajado en la sección de carga de exportación (del aeropuerto) sabía del envío de mercancías. Había visto a animales viajar así todo el tiempo, así que pensé que si ellos podían hacerlo, yo también podía», señala Spiers a la BBC. El joven también conocía cuál era el tamaño máximo de la caja a enviar por aire y convenció a su amigo John McSorley para que construyera una caja de 1,5 metros de largo, 0,9 de alto y 0,75 de ancho para enviarse a sí mismo a su país.

El embalaje le permitía al atleta sentarse con las piernas estiradas o tumbarse con las rodillas en alto. Viajó atado con correas, para no moverse al ser cargado o descargado por los operadores. Dentro llevaba algo de comida enlatada, una linterna, una manta y una almohada y dos botellas, una para agua y otra para la orina.

Según relata la BBC, durante el vuelo podía desatarse y salir de la caja gracias a un sistema de listones con el que podía abrir las tapas desde dentro, lo que hacía más llevadero su viaje de «paquete».

Cuando llegó a Perth tres días después, su caja fue descargada en un almacén. «Había varias herramientas allí (en el almacén), así que hice un agujero en la pared y salí», relata a la BBC antes de proseguir: «No había seguridad. Me vestí un traje que llevaba en mi bolsa. Tenía buen aspecto. Salté por la ventana y caminé. Después hice autoestop para llegar a la ciudad. Fue así de simple».

Hoy su viaje sería imposible ya que toda la carga pasa por escáneres que revelarían si una persona viaja oculta en alguna caja.

Spiers fue arrestado en Sri Lanka en 1984 y condenado a muerte por delitos de drogas, aunque apeló y finalmente cumplió cinco años de cárcel en Australia.

¿Quién asesinó al sangriento dictador Josef Stalin?

En sus memorias, Nikita Jrushchov afirma que Beria, jefe de la policía y el servicio secreto, confesó a los líderes soviéticos: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos». La causa oficial sigue siendo un ataque cerebrovascular, pese a los muchos interrogantes en torno a sus últimos días

¿Quién asesinó al sangriento dictador Josef Stalin?

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Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Josef Stalin en Yalta, febrero de 1945

La noche del 28 de febrero de 1953, Josef Stalin celebró una reunión en Kúntsevo con su círculo de hombres de confianza. En dicho encuentro los invitados vieron una película y se retiraron a altas horas de la madrugada, cuando Stalin se fue a dormir. No obstante, según una versión no oficial, el sangriento dictador se retiró luego de discutir gravemente con dos de sus seguidores, Lázar Kaganóvich y Voroshílov. Al día siguiente, Stalin no salió de su cuarto y no llamó ni a los criados ni a los guardias. Nadie se atrevió a entrar en su habitación hasta que, sobre las diez de la noche, su mayordomo forzó la puerta y lo encontró tendido en el suelo, vestido con la ropa que llevaba la noche anterior y sin apenas poder hablar. El dictador había sufrido un ataque cerebrovascular que, tras unos días de agonía, le causó la muerte el 5 de marzo. Al menos así reza la teoría oficial, sobre la que rondan innumerables incógnitas y la sospecha del asesinato.

«El miedo y el odio contra el viejo tirano casi podían olerse en el aire», escribió el embajador americano sobre los últimos meses de vida del que fue durante más de 30 años Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. El ascenso al poder de Josef Stalin se caracterizó por los brutales métodos empleados contra cualquier persona crítica con su figura. Poco tiempo antes de fallecer, el propio Lenin hizo un llamamiento para frenar al «brusco» Stalin, que terminó elevado, posiblemente, al genocida más sangriento de la historia.

La salud y la memoria de Stalin fallan

Con millones de muertos a su espalda y terminada la II Guerra Mundial, la salud de Stalin empezó a declinar a partir de 1950, cuando la Guerra Fría iba tomando su forma más característica. Durante su vida, Stalin había padecido numerosos problemas médicos. Nació con sindactilia (la fusión congénita de dos o más dedos entre sí) en su pie izquierdo. A los 7 años padeció la viruela, que le dejó cicatrices en el rostro durante toda su vida. Con 12 años tuvo un accidente con un carro de caballos, sufriendo una rotura en el brazo, que le dejó secuelas permanentes. A todo ello había que añadir que su madre y él fueron maltratados a manos de su padre. Siendo adulto, Stalin además padeció de psoriasis (una enfermedad de la piel que causa descamación e inflamación).

A los 70 años de edad, su memoria comenzó a fallar, se agotaba fácilmente y su estado físico empezó a decaer. Vladímir Vinográdov, su médico personal, le diagnosticó una hipertensión aguda e inició un tratamiento a base de pastillas e inyecciones. A su vez, recomendó al dirigente comunista que redujese sus funciones en el gobierno. Pero apreciando una conspiración, Stalin se negó a tomar medicinas y despidió a Vinográdov. Su desconfianza, sobre todo contra los médicos, se incrementó en los siguientes años. Una nueva purga política amenazaba con brotar del ya ensangrentado panorama ruso.

¿Quién asesinó al sangriento dictador Josef Stalin?

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Stalin a los 23 años de edad

Sus problemas de salud, de hecho, coincidieron con uno de los pocos reveses políticos que sufrió durante su rígida dirección del Partido Comunista. Pocos meses antes de su muerte, en octubre de 1952, se celebró el XIX Congreso del PCUS, donde Stalin dejó entrever sus deseos de no intervenir militarmente fuera de sus fronteras. Frente a esta opinión, Gueorgui Malenkov –colaborador íntimo del dictador y Presidente del Consejo de Ministros de la URSS a su muerte– hizo un discurso en el cual reafirmó que para la URSS era vital estar presente en todos los conflictos internacionales apoyando las revoluciones socialistas, lo que después sería una constante de la Guerra Fría. Como un hecho inédito tras décadas de un férreo marcaje, el Congreso apoyó las intenciones de Malenkov y no las de Stalin.

Fue entonces cuando Stalin se decidió a reanudar sus purgas. Lo hizo motivado por el pequeño tropiezo político y alertado por una carta de la doctora Lidia Timashuk, una especialista del Policlínico del Kremlin, que acusaba a su antiguo médico, Vinográdov, y a otros ocho médicos de origen judío de estar recetando tratamientos inadecuados a altos mandos del Partido y del Ejército, a fin de acabar con sus vidas. Sin esperar a recibir ninguna otra prueba, Stalin ordenó el arresto de los nueve médicos y aprobó que fuesen torturados hasta confesar en lo que fue bautizado como «el Complot de los médicos». La persecución afectó en total a 37 doctores de todo el país, 17 de ellos judíos, mientras que la paranoia anti-semita se extendió entre el pueblo. A finales de enero de 1953 su secretario privado desapareció sin dejar rastro. Y poco después, el 15 de febrero, el jefe de sus guardaespaldas fue ejecutado bajo extrañas circunstancias.

Conocedores del régimen de extremo terror impuesto por Stalin en el pasado, entre los miembros más veteranos del Politburó (el máximo órgano ejecutivo) corrió el miedo a que una nueva purga estuviera en ciernes. Solo la muerte de Stalin en marzo pudo frenar la escalada de muertes que había empezado tras el congreso de octubre. Precisamente por este clima de desconfianza, aunque la causa oficial de la muerte fue un ataque cerebrovascular, la sospecha del asesinato ha perseguido el suceso hasta la actualidad.

Lavrenti Beria, la posible mano ejecutora

Una vez descubierto al dictador tendido sobre el suelo de su habitación, su hombre más fiel entre los fieles, Lavrenti Beria, fue el primero en asistirle, pero lo hizo con cierta parsimonia. No convocó a los doctores hasta pasadas 24 horas del ataque. Ya fuera por la antipatía de Stalin hacia los médicos (los del Kremlin estaban presos) o por el poco empeño que tenían sus hombres en que saliera vivo de aquella situación, la agonía de Stalin se alargó varios días más sin que ninguno de los cirujanos se atreviera a intervenirle o a proponer algún tratamiento específico. Según el testimonio de su hija Svetlana Alliluyeva, en ocasiones el dictador abría los ojos y miraba furibundamente a quienes lo rodeaban, entre los que estaba Beria –jefe de la policía y el servicio secreto (NKVD)–, quien le cogía de la mano y le suplicaba que se recuperase, pero cuando volvía a desvanecerse lo insultaba y le deseaba una dolorosa muerte.

¿Quién asesinó al sangriento dictador Josef Stalin?

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Josef Stalin en 1949

El día 4 de marzo pareció por un momento que estaba recuperándose y una enfermera comenzó a darle de beber leche con una cuchara. En ese instante, sufrió un nuevo ataque y entró en coma. Los médicos que atendían a Stalin le practicaron reanimación cardiopulmonar en las diversas ocasiones en que se le detuvo el corazón, hasta que finalmente a las 22:10 del día 5 de marzo no consiguieron reanimarlo. Los enfermeros siguieron esforzándose hasta que su sucesor, Jrushchov, dijo: «Basta, por favor… ¿No ves que está muerto?». No en vano, 90 minutos antes de su último aliento, a las 20:40, representantes del Comité Central del PCUS, el gobierno y la presidencia del parlamento habían celebrado una reunión conjunta para decidir la sucesión del dirigente comunista. Había demasiada prisa por enterrarlo y cerrar su sucesión como para esperar a que estuviera definitivamente muerte.

El primero en propagar la teoría del envenenamiento fue su alcoholizado hijo Vasily, que desde el principio denunció las negligencias médicas que rodearon la muerte de su padre. Sin embargo, el máximo sospechoso, más allá de los médicos a los que el propio Stalin acusó de conspiradores, siempre ha sido Beria. Según las memorias de Nikita Jrushchov, que se alzó como el líder principal del país e inició un proceso de desestalinización, Beria llegó a confesar ante el Politburó: «Yo lo maté, lo maté y os salvé a todos». Ciertamente, si alguien podía frenar los planes de purga del dictador ese era el jefe de la policía y el NKVD. Un día después de la muerte de Stalin, Beria puso fin a la investigación del «Complot de Médicos», junto al reconocimiento de que las acusaciones habían sido inventadas.

Venezuela de Verdad en el teatro de los celestinos

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“Hoy domingo, a las 7:00 de la noche, creí que vendrían unos diez o doce amigos, y vinieron más”, se alegra el ex embajador venezolano en la ONU y en Reino Unido, Samuel Moncada, en su turno de palabra en el Teatro Fernando de Rojas, en el Círculo de Bellas Artes de la calle de Alcalá de Madrid.

Rojas es el presunto autor del clásico La Celestina, tragicomedia española impresa a finales del siglo XV y que en el siglo siguiente fue caldo morao de editores que añadieron y quitaron actos, parlamentos y personajes, escondieron manuscritos y grabados originales y alteraron o volvieron a atribuirle posliminares. De su finalidad didáctica y para entender la diferencia entre drama y novela, me alertaron mis antiguos profesores de Castellano y Literatura hace más de 50 años. De su legado (historia versionada por celestinos y celestinas) me avisaron testigos de la cuarta república. De trapisondas en la representación (inserción de capítulos ajenos a la trama original debido a meros intereses del mercado), las aprendí de los autores sucedáneos de la llamada telenovela cultural. Al final trágico de los amores de Calisto y Melibea le alargaron o sumaron capítulos intermedios para que los lectores disfrutaran un poco más de los placeres de los protagonistas. Pero el azogue de los siglos permitió ver en esa tragedia, dicen las enciclopedias, el retrato más detallado de la vida prostibularia y rufianesca de la España de aquellos tiempos.

¿Quién mató a la pareja de amantes? La historia añadida señala al macho Centurio y al cojo Traso, que no aparecen en los originales editados en Burgos, Toledo y Sevilla. ¿Quién mató a la quinta república de Venezuela? Mientras agoniza, mientras el respaldo popular levita a poco del suelo, mientras la economía se desbarranca y el modelo socialista se hace insostenible, mientras los muchachos suplican que no los maten ni a franca distancia ni a quemarropa, cuatro o cinco excelentes viajeros ofrecen una versión dulce y endemoniadamente optimista en Madrid, en el teatro que rinde honor al autor de La Celestina.

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Entre rones y chocolatines

La Expo Venezuela de Verdad abrió el domingo a las doce del mediodía, tal como lo había anunciado el presidente Maduro una semana antes. ¿Finalidad? “Pulverizar a la derecha franquista”. A la 1:00 de la tarde se realizó el foro “Venezuela, crisol de oportunidades”, con la asistencia de empresas españolas (Repsol, Zara y aseguradoras) que seguramente habían desayunado el sábado con el informe del diario El Economista: “Inversión española en Venezuela pasó de 170 millones de euros en 2013 a solo 8 millones en 2014. Hace una década la inversión se había elevado hasta los 1.000 millones”.

Una parte de los espacios de la exposición había sido destinada a presentar una muestra de “Venezuela Exporta, es momento de cruzar fronteras”. (A la vista siete líneas de productos: dispositivos electrónicos de Síragon; baldosas de granito; tuberías y conectores caseros hechos con polímeros PVC; chucherías, jarabe de papelón y chocolates Nestlé; cosmetología de Valmy; grifería de cobre y aluminio; cepillos para barrer, “mopas” y un tobo-exprimidor de coleto que se ofrece al país que inventó “La Fregona” –Manuel Jalón Corominas, en 1956).

A las 2:00 de la tarde abrieron la barra con ofrenda de rones Santa Teresa y Diplomático, tequeños, café y una mezcla espesa de caraota, aguacate y queso a manera de canapé. Quienes quisieron presenciaron después las producciones cinematográficas Ley de fuga y La casa del fin de los tiempos.

A las 7:00 de la noche las puertas del teatro se abrieron nuevamente para que, en orden de aparición, ofrecieran sus versiones sobre El Estado de la Nación el reasumido embajador Mario Isea; el cuatrisoleado Manuel Fernández (viceministro para el área educativa, ministro de Educación Universitaria, presidente de Cantv y presidente de Movilnet); Samuel Moncada, diplomático en reposo; y Rodrigo Cabezas, ex ministro de Finanzas, ex presidente del Parlatino y recién excluido de la dirección nacional del PSUV.

Para cerrar el foro, el embajador Isea dijo: “Es un honor haber estado con estos cuatro ponentes, que han sido o son funcionarios del gobierno nacional. Ninguno de ellos tiene rabo e´ paja”.

A las 9:30 de la noche, la barra libre volvió al patio de degustaciones de la Expo de Verdad.

Festival de los edulcorantes

La platea del teatro tiene capacidad para 309 personas. Si el embajador Samuel Moncada esperaba una docena de asistentes, por ser noche de domingo invernal en Madrid, la realidad mostró unas 100 butacas ocupadas, un tercio del aforo. Algunos prefirieron quedarse de pie, al fondo, alineados cerca de la puerta, entre ellos el vicecanciller para Europa, Calixto Ortega. El personal de la embajada y de los proveedores de catering no hicieron bulto. A mediodía, opositores venezolanos en Madrid habían marchado “anti-Podemos” entre Plaza España y Callao, con asistencia estimada en 500 personas, según la policía. Ninguna de ellas asistió a la Expo de Verdad.

Los voceros discurrieron y luego hubo preguntas:

Fernández: “Somos un Estado social de derecho y de justicia, ha habido 19 elecciones, donde el 10% de los inscritos en el registro electoral pueden solicitar un referéndum”, asegura. Alguien del panel le corrige: “El 10% no, el 25%”. El embajador Isea enmienda: “Ni el 10% ni el 25%, es el 20%”. OK, el 20%. Este año vamos a la elección número 20 (se trata de las parlamentarias, para la renovación de la Asamblea Nacional, sin convocatoria oficial aún).

Fernández: Para 2020 tendremos pobreza crítica cero. 23 millones de venezolanos utilizan los servicios públicos de salud. Uso consuetudinario. Antes, eran 3 millones. La FAO dice que somos el país que más ha luchado contra el hambre… En cultura, hemos hecho un esfuerzo por resignificar la cultura, desde los símbolos patrios hasta las particularidades… Somos un país con un lugar en el mundo. Estamos en el Consejo de Seguridad de la ONU; 183 países así lo quisieron en votación cerrada (“Secreta”, corrige Moncada). En votación secreta, admite el ministro de Educación Universitaria.

Fernández: “En tecnología, tenemos 2 satélites que nos han permitido formar más de 200 magísteres y más de 2.000 especialistas. Pero el proyecto más conmovedor es el Canaima Educativo. En Venezuela existen 7 millones de familias. Más de 3 millones de niños de 6 años de edad han recibido su primer computador”.

Fernández: Chávez dejó un espacio político consolidado, que es más de la mitad de la población. Obtuvimos 55%, 51% y 56% en las últimas 3 elecciones que se han realizado sin la presencia (vivo o muerto) de Chávez.

Moncada: Antes de salir de Caracas compré varios diarios (El Universal, 2001, Últimas Noticias, según pude distinguir en el fardo de papel que llevaba bajo el brazo a la salida del acto, ya en la calle). Leo lo que según ellos está pasando en Venezuela, pero en uno veo que se inauguran decenas de hospitales diariamente. ¿En qué otro país ocurre eso?… Las elecciones en Venezuela tienen 80% de participación, es bajísima la abstención… Con la bonanza petrolera, en lugar de comprar mansiones en Suiza, el gobierno prefirió invertir en el sur…, en los pueblos del interior del país, 250.000 atendidos en la Misión Milagro, son recursos para reinvertir en Venezuela. Si cayera el gobierno, la oposición tendría que ocuparse de lo social… En Venezuela todo el mundo tiene una queja. Es un Estado vibrante. Todo el mundo quiere ser más próspero, pero eso es mucho más difícil de satisfacer… En septiembre presidirá Venezuela el Movimiento de los No Alineados… ¿En qué consiste el peligro de Venezuela para Estados Unidos o para España? En que es una ola, y ese es el precio de la libertad… Las colas en Venezuela se producen porque los productos son regalados. Los extranjeros, ecuatorianos y colombianos, y los mismos venezolanos, los revenden a más de 100% de su precio regulado. La gasolina también es regalada. El Estado paga para que se consuma gasolina. Vivimos aún bajo el estigma de lo que ocurrió en Caracas en 1989, que surgió precisamente después de un aumento en el precio de la gasolina (Caracazo). Hay mucha corrupción. Estamos tratando de remediar esa situación…

Moncada fue crítico con algunas decisiones del gobierno. Por ejemplo, la resolución que permite al Ejército el uso de armas de fuego letal en manifestaciones pacíficas. “Eso hay que revisarlo porque otorga un tremendo poder discrecional a quien comanda las operaciones…”, dijo.

Cabezas: Queremos independizarnos del petróleo, pero utilizándolo como palanca. En los últimos años hemos descuidado los planes “Siembra el petróleo”, pero para 2019 la meta es producir 6 millones de barriles diarios. En 2016 y 2017 el precio del petróleo estará entre 90 y 100 dólares el barril. Y esa es la palanca para el desarrollo.

(En España se discute sobre presunta financiación ilegal al partido Podemos por parte del gobierno venezolano. Esta semana la denuncia llegará al Tribunal de Cuentas español, a iniciativa del partido Copei. El ideólogo Juan Carlos Monedero, asesor directo de Hugo Chávez y del Centro Internacional Miranda durante más de 10 años, declaró al fisco 425.000 euros que le fueron cancelados por el Banco del Alba a fines de 2014 por concepto de estudios realizados sobre la factibilidad de una moneda única latinoamericana. Monedero no ha mostrado los resultados de sus presuntos estudios; el gobierno de Venezuela, principal signatario del Banco del Alba, no se ha pronunciado sobre políticas que apunten a trocar la moneda nacional por algún otro signo monetario. En este foro, Rodrigo Cabezas habló de “la desdolarización del mercado regional”. Es la primera vez que un vocero gubernamental habla de cambiar la moneda estándar para las transacciones internacionales).

Cabezas: Ninguna línea aérea se ha ido de Venezuela. El avión en que veníamos de casualidad no se cayó de lo full que estaba de pasajeros… Tenemos 15 años aumentando el salario mínimo… Yo fui ministro de Finanzas en 2008, administré la renta petrolera, y después volví a la cátedra universitaria… Para 1998 el 56% de la población venezolana se encontraba en situación de pobreza, según estudio de la UCAB, que son los estudios que más me gustan sobre el particular. Eso ha bajado a 27% en 14 años. (La misma universidad dice que 16 años después la situación de pobreza afecta a 48% de la población, pero a Cabezas eso no le entra en la cabeza).

Cabezas: “El diario español de tres letras (obviamente ABC) me metió ayer en una lista de propulsores de un chavismo sin Chávez. Eso no es verdad. Soy hermano de Nicolás Maduro. Fui el último en darle la mano a Chávez cuando se entregó (a los militares) en 2002. Lo mismo haría con Maduro. A ese periódico no lo voy a demandar por haber publicado eso”. (El diario ABC en su versión digital publica un blog de su reportera en Caracas Ludmila Vinogradoff, quien el sábado 28 refiere lo que a su vez escribió el periodista Miguel Salazar en su semanario Las Verdades de Miguel. “Se está gestando un movimiento denominado ‘chavismo sin Maduro”, transcribe. Y en un largo listado de disidentes, críticos, dirigentes excluidos, expulsados o desconocidos, civiles y militares, aparece el nombre de Cabezas).

¡Miren quién esta aquí!

Al salir de la Expo de la Verdad, en la calle del Marqués de Casa Riera, al lado de la cristalera de la librería Antonio Machado, nos reconocimos. Una lujosa Van les esperaba en la esquina con la calle de Alcalá. Samuel Moncada, a quien le corregí los originales de su obra primigenia Los huevos de la serpiente, editada en Caracas por Jorge Valoz en 1985 (Alianza Editorial), larga a viva voz: Nadie ha escrito nada mejor de mí que tú. Manuel Fernández me dice: “Estaría más cerca de ustedes (Inside Telecom) si fueran más rigurosos con las estadísticas”. Calixto me dice cómo estás, hermano. Isea se queda con el personal de la embajada. Rodrigo Cabezas pide que nos tomemos una foto.

Estoy seguro de que todos ellos no habían visto y hablado con un periodista venezolano de oposición confesa en mucho tiempo, un lustro, quizá una década. Y lo encontraron a 8.000 kilómetros de Caracas. Hay que joderse…

Homenaje al amigo

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La amistad del nuevo premio Cervantes con su compatriota Gabriel García Márquez empieza a tocar territorios donde la realidad adquiere visos literarios. Una historia en la que Mutis -poeta, novelista, cronista y ensayista- aparece como un personaje entrañable y ejemplar. Así lo recordó el Nobel colombiano, en agosto de 1993, en un homenaje de su Gobierno al creador de Maqroll el Gaviero en su 70º cumpleaños. Un texto que reproducimos por desvelar los secretos y las claves de la amistad sincera de dos de los escritores más importantes en español. Aunque García Márquez comparte los aplausos por el premio a su compatriota, dice que ‘si el Cervantes tiene 26 años, a Álvaro Mutis se lo han dado con 25 años de retraso’.La amistad del nuevo premio Cervantes con su compatriota Gabriel García Márquez empieza a tocar territorios donde la realidad adquiere visos literarios. Una historia en la que Mutis -poeta, novelista, cronista y ensayista- aparece como un personaje entrañable y ejemplar. Así lo recordó el Nobel colombiano, en agosto de 1993, en un homenaje de su Gobierno al creador de Maqroll el Gaviero en su 70º cumpleaños. Un texto que reproducimos por desvelar los secretos y las claves de la amistad sincera de dos de los escritores más importantes en español. Aunque García Márquez comparte los aplausos por el premio a su compatriota, dice que ‘si el Cervantes tiene 26 años, a Álvaro Mutis se lo han dado con 25 años de retraso’.
Alvaro-Mutis

Álvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta. Álvaro contó entonces cómo nos había presentado Gonzalo Mallarino en la Cartagena idílica del 49. Ese encuentro parecía ser en verdad el primero, hasta una tarde de hace tres años o cuatro años, cuando le oí decir algo casual sobre Félix Mendelssohn. Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá, donde nos refugiábamos los que no teníamos los cinco centavos para estudiar en el café. Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Buffalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la voz estentórea, los pies de Niño Dios, las temblorosas manos incapaces de pasar una aguja por el ojo de un camello.

Lo único que lamenté fue no poder cobrarle los resentimientos atrasados, porque ya habíamos digerido tanta música juntos, que no teníamos caminos de regreso. De modo que seguimos de amigos, muy a pesar del abismo insondable que se abre en el centro de su vasta cultura, y que ha de separarnos para siempre: su insensibilidad para el bolero.

Álvaro había sufrido ya los muchos riesgos de sus oficios raros e innumerables. A los 18 años, siendo locutor de la Radio Nacional, un marido celoso lo esperó armado en la esquina, porque creía haber detectado mensajes cifrados a su esposa en las presentaciones que él improvisaba en sus programas. En otra ocasión, durante un acto solemne en este mismo palacio presidencial, confundió y trastocó los nombres de los dos Lleras mayores. Más tarde, ya como especialista de relaciones públicas, se equivocó de película en una reunión de beneficencia, y en vez de un documental de niños huérfanos les proyectó a las buenas señoras de la sociedad una comedia pornográfica de monjas y soldados, enmascarada bajo un título inocente: El cultivo del naranjo. Fue también jefe de relaciones públicas de una empresa aérea que se acabó cuando se le cayó el último avión. El tiempo de Álvaro se le iba en identificar los cadáveres, para darles la noticia a las familias de las víctimas antes que a los periódicos. Los parientes desprevenidos abrían la puerta creyendo que era la felicidad, y con sólo reconocer la cara caían fulminados con un grito de dolor.

En otro empleo más grato había tenido que sacar de un hotel de Barranquilla el cadáver exquisito del hombre más rico del mundo. Lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le preguntó quién iba dentro, le dijo: ‘El señor obispo’. En un restaurante de México, donde hablaba a gritos, un vecino de mesa trató de agredirlo, creyendo que en realidad era Walter Winche, el personaje de Los intocables que Álvaro doblaba para la televisión. Durante sus 23 años de vendedor de películas enlatadas para América Latina le dio 17 veces la vuelta al mundo sin cambiar el modo de ser.

Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nunca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de los otros, y en especial de los mas jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida, y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.

Nadie se ha beneficiado más que yo de esa escasa virtud. Ya conté alguna vez que fue Álvaro quien me llevó mi primer ejemplar de Pedro Páramo y me dijo: ‘Ahí tiene, para que aprenda’. Nunca se imaginó en la que se había metido. Pues con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no contar el que estoy escribiendo. Mi víctima absoluta de ese sistema salvador ha sido Álvaro Mutis desde que escribí Cien años de soledad. Casi todas las noches fue a mi casa durante 18 meses para que le contara los capítulos terminados, y de ese modo captaba sus reacciones aunque no fuera el mismo cuento. Él los escuchaba con tanto entusiasmo, que seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces me apropié de sus aportes. Terminado el primer borrador se lo mandé a su casa. Al día siguiente me llamó indignado: ‘Usted me ha hecho quedar como un perro con mis amigos’, me gritó. ‘Esta vaina no tiene nada que ver con lo que me había contado’.

Desde entonces ha sido el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho.

Me preguntan a menudo cómo es que esta amistad ha podido prosperar en estos tiempos tan ruines. La respuesta es simple: Álvaro y yo nos vemos muy poco, y sólo para ser amigos. Aunque hemos vivido en México más de treinta años, y casi vecinos, es allí donde menos nos vemos. Cuando quiero verlo, o él quiere verme, nos llamamos antes por teléfono para estar seguros de que queremos vernos. Sólo una vez violé esta regla de amistad elemental, y Álvaro me dio entonces una prueba máxima de la clase de amigo que es capaz de ser.

Fue así: ahogado de tequila con un amigo muy querido, toqué a las cuatro de la madrugada en el apartamento donde Álvaro sobrellevaba su triste vida de soltero y a la orden. Sin explicación alguna, ante su mirada todavía embobecida por el sueño, descolgamos un precioso óleo de Botero, de un metro y veinte por un metro; nos lo llevamos sin explicaciones e hicimos con él lo que nos dio la gana. Álvaro no me ha dicho nunca una palabra sobre el asalto, ni movió un dedo para saber del cuadro, y yo he tenido que esperar hasta esta noche de sus primeros 70 años para expresarle mi remordimiento.

Otro buen sustento de esta amistad es que la mayoría de las veces en que hemos estado juntos ha sido viajando. Esto nos ha permitido ocuparnos de otros y de otras cosas la mayor parte del tiempo, y sólo ocuparnos el uno del otro cuando en realidad valía la pena. Para mí, las horas interminables de carreteras europeas han sido la universidad de artes y letras donde nunca estuve. De Barcelona a Aix-en-Provence aprendí más de trescientos kilómetros sobre los Cátaros y de los papas de Avignon. Así en Alejandría como en Florencia, en Nápoles como en Beirut, en Egipto como en París. Sin embargo, la enseñanza más enigmática de aquellos viajes frenéticos fue a través de la campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de caca humana de los barbechos recién abonados. Álvaro había manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en absoluto silencio. De pronto dijo: ‘País de grandes ciclistas y cazadores’. Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que en sus momentos de descuido suelta frases como aquélla, aun en las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales, y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los libros.

Con todo, los mejores recuerdos de esa escuela errante no han sido las clases sino los recreos. En París, esperando que las señoras acabaran de comprar, Álvaro se sentó en las gradas de una cafetería de moda, torció la cabeza hacia el cielo, puso los ojos en blanco, y extendió su trémula mano de mendigo. Un caballero impecable le dijo con la típica acidez francesa: ‘Es un descaro pedir limosna con semejante suéter de cashemir’. Pero le dio un franco. En menos de 15 minutos recogió cuarenta.

En Roma, en casa de Francesco Rossi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli, a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los mantuvo en vilo durante horas contándoles sus historias truculentas del Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda, y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo que era él.

Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: ‘Ahora que sé que nunca conoceré Estambul’. Un verso extraño en un monárquico insalvable, que nunca había dicho Estambul sino Bizancio, como no decía Leningrado sino San Petersburgo mucho antes de que la historia le diera la razón. No sé por qué tuve el presagio de que debíamos exorcizar aquel verso conociendo a Estambul. De modo que lo convencí de que nos fuéramos en un barco lento, como debe ser cuando uno desafía al destino. Sin embargo, no tuve un instante de sosiego durante los tres días que estuvimos allí, asustado por el poder premonitorio de la poesía. Sólo hoy, cuando Álvaro es un anciano de 70 años y yo un niño de 66, me atrevo a decir que no lo hice por derrotar un verso, sino por contrariar a la muerte.

De todos modos, la única vez en que de veras me he creído a punto de morir, también estaba con Álvaro. Rodábamos a través de la Provenza luminosa, cuando un conductor demente se nos vino encima en sentido contrario. No me quedó otro recurso que dar un golpe de volante a la derecha sin tiempo para mirar a dónde íbamos a caer. Por un instante sentí la sensación fenomenal de que el volante no me obedecía en el vacío. Carmen y Mercedes, siempre en el asiento posterior, permanecieron sin aliento hasta que el automóvil se acostó como un niño en la cuneta de un viñedo primaveral. Lo único que recuerdo de aquel instante es la cara de Álvaro en el asiento de al lado, que me miraba un segundo antes de morir con un gesto de conmiseración que parecía decir: ‘¡Pero qué está haciendo este pendejo!’.

Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la Sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Maysis, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo: ‘No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va’. Por supuesto que le iba bien, si era una versión culta y magnificada de ella, y conocido en medio planeta, no tanto por su poesía como por ser el hombre más simpático del mundo. Por donde quiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales. Sólo quienes lo conocemos y lo queremos más sabemos que no son más que aspavientos para asustar a sus fantasmas.

Nadie puede imaginarse cuál es el altísimo precio que paga Álvaro Mutis por la desgracia de ser tan simpático. Lo he visto tendido en un sofá, en la penumbra de su estudio, con un guayabo de conciencia que no le envidiaría ninguno de sus felices auditores de la noche anterior. Por fortuna, esa soledad incurable es la otra madre a la que debe su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía.

Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paquidérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada toda A la búsqueda del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de 1.200 páginas. En la cárcel de México, adonde estuvo por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó, permaneció los 16 meses que él considera los más felices de su vida.

Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por su oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años.

Basta leer una sola página de cualquiera de ellos para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es sólo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos.

Quedémonos con esta azarosa conclusión, quienes hemos venido esta noche a cumplir con Álvaro estos 70 años de todos. Por primera vez sin falsos pudores, sin mentadas de madre por miedo de llorar, y sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.

Tras las huellas de Buñuel

Ian Gibson ha pasado los últimos siete años reconstruyendo la primera mitad de la vida del cineasta aragonés, muerto hace tres décadas. El próximo mes publicará su monumental trabajo, y Buñuel tendrá, por fin, biografía.

Javier Morán

Siete años atrás, cuando ya había publicado con éxito las biografías de Federico García Lorca y de Salvador Dalí, el historiador y escritor Ian Gibson (Dublín, 1939) se propuso llevar a cabo un proyecto que durante mucho tiempo solo había vislumbrado. Cada tanto, en medio de sus investigaciones sobre las vidas del poeta y del pintor, se topaba con el sonoro apellido de un cineasta que había sido íntimo amigo de sus dos biografiados y guardaba en sus archivos, por si acaso, algunos documentos sobre ese personaje. Poco tiempo después pensó que si ya se había ocupado de aquellos, era lógico continuar con este. Después de todo, ¿no constituían Lorca, Dalí y Buñuel el trío de los grandes creadores españoles del siglo XX?

Este hispanista de pelo blanco, gafas finas y rostro colorado siempre ha pensado, fiel a su tradición anglosajona, que un país sin biografías “anda cojo” porque su identidad está incompleta. Así que el interés por el director de El ángel exterminador –fallecido hace ya 30 años en México DF– terminó por apoderarse de él cuando se dio cuenta de que no existían más que “algunos intentos biográficos” del artista. “Tampoco es que me extrañara tanto. Porque hace falta saber varios idiomas y haber sido biógrafo de Lorca y de Dalí para finalmente publicar una obra sobre la vida de Buñuel”, dice Gibson ahora, frente a las casi mil páginas de Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal (1900-1938), que la editorial Aguilar publicará en octubre.

Buñuel en 1929.

Es una tarde calurosa en el madrileño barrio de Lavapiés. Entre tragos de agua fresca y ante decenas de libros, películas y carpetas –la base que sustenta su nuevo libro–, el autor que a los seis años, en su Irlanda natal, estaba “perdidamente enamorado” de su niñera, aclara que lo que ha hecho es apenas “una aproximación al realizador”. Ir tras las huellas de alguien como Buñuel, que vivió en España, Francia, Estados Unidos y México; que filmó 32 películas –obsesionado por la religión, el erotismo, la muerte, el surrealismo y el exotismo– que marcaron significativamente la industria cinematográfica mundial; que se desenvolvió entre varios de los personajes y acontecimientos más importantes del siglo pasado, y que, sobre todo, era un “caballo oscuro” renuente a revelar la verdad íntima de sí mismo, acostumbrado a disfrazarse y a protegerse, no es –no puede ser– una tarea fácil. Por eso Gibson confiesa con cierta melancolía y frustración: “No pude hacer el libro completo y no veo la posibilidad de hacer la segunda mitad porque ya tengo 75 años y cada libro cuesta cinco o siete años de trabajo. Tendría que ocurrir un milagro: que apareciera un millonario que financiara la investigación y así no tardar tanto con la continuación”.

El libro abarca hasta 1938, cuando Buñuel sale de España rumbo a Hollywood. “Por eso el título: La forja de un cineasta. Porque en sus primeros años, en Aragón, en la Residencia de Estudiantes, en París, en sus primeras películas, está todo el trasfondo de lo que vendrá después en su vida. Ahí están los cimientos, y ojalá mi trabajo sirva para que otros sigan”.

El hombre que se hizo español –y dejó de ser “un guiri”– en 1984 camina hacia un extremo de su casa, abre la puerta de un pequeño despacho y deja ver más libros y más carpetas y más películas. “Es la segunda parte del material que he utilizado”, aclara. Toda la investigación partió de los ficheros que reunió durante la pesquisa y escritura de las biografías de Lorca y Dalí. A partir de esas notas elaboró una cuidadosa cronología con los detalles de la vida de Luis Buñuel Portolés (1900-1983). Viajó varias veces a Calanda, el pequeño pueblo aragonés donde nació el director de Nazarín, hurgó en los archivos municipales y parroquiales, conversó “muchísimo” con familiares y amigos y recorrió –con paciencia y pasión– las montañas circundantes para ver los mismos paisajes que Buñuel veía. Así obtuvo los “datos fundamentales” que le permitieron escribir el primer borrador.

Durante cientos de mañanas, Gibson acudía al “Archivo Buñuel” de la Filmoteca Española o al Museo Reina Sofía, muy cerca de su casa, con una intención: encontrar las anécdotas que importan y los datos precisos. “Y esto solo se hace con pasión y casi con locura. El libro tiene más de 2.500 referencias. Porque soy un maniaco de poner todas mis fuentes para que todo se pueda comprobar”, subraya.

Cuando volvía a casa, después de la siesta revisaba el material reunido durante el día y enseguida escribía o corregía algún folio. Siete años después de seguir este método de trabajo (“interrumpido por un par de libros: Lorca y el mundo gay y La berlina del Prim”), el mismo escritor que se ha ocupado de la perversidad sexual de la clase dirigente británica ha elaborado una biografía de colmillos largos y tono íntimo, a veces emotivo y reflexivo, siempre apasionado, y ha llegado a la conclusión de que “Luis Buñuel era un hombre de obsesiones. Obsesiones que venían de lejos, insistentes, inmisericordes, y que gracias al milagro del cine y a su enorme talento pudo convertir en material de arte y profundización en la condición humana”.

La última fotografía de Dalí, Buñuel y Lorca juntos (con Morno Villa y Rubio Sacristán) en La Bombilla en 1926.

Ian Gibson no conoció a Luis Buñuel. “Cara a cara, no. Le escribí, me contestó, pero nunca pude ir a verle a México”. Pero esta tarde, el hijo de una pareja que deseaba que su retoño fuera pastor metodista recalca que Buñuel “iba siempre con el mito del macho a cuestas, jactándose de tener un pene grande, y con un profundo temor al tema gay. En sus memorias, por ejemplo, no menciona para nada a su hermano Alfonso. Todo el mundo sabía que era abiertamente gay, pero Buñuel nunca lo menciona y ni siquiera fue a su entierro, que ocurrió cuando estaba filmando Viridiana aquí en Madrid. Mandó a su hijo Juan Luis. No es que Buñuel fuera gay. Es que no aguantaba el tema. Es uno de sus tremendos silencios. Esto influyó también en su distanciamiento con Lorca. Sabía que su amigo era un genio y lo quería mucho, pero era gay: ¿qué iba a decir la gente?”.

En la aventura de su investigación, Gibson se detuvo especialmente en el tipo de relación que mantenía el cineasta con su madre. “Es profundísima. El padre muere cuando Luis tiene 23 años y la madre se queda viuda muy joven. Buñuel casi hereda a su madre. Y su madre le adora, es su primogénito. Ella es guapísima y era una mujer muy controladora. En esa línea va todo”.

Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal aporta la historia de la familia del ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1951 por Los olvidados, la influencia de su educación religiosa en la totalidad de su obra, los rasgos cosmopolitas que empezó a adquirir en el París de los años veinte y las características de su españolidad que lo acompañaron a lo largo de toda su vida. Sus páginas terminan en 1938. Buñuel se va a Hollywood; poco después, a Nueva York, y más tarde, a México. Le esperan el exilio lleno de añoranzas, el culto de sus colegas, una sordera utilizada a su conveniencia, un sacerdote dominico para conversar y un hospital en el Distrito Federal para morir.

EL PERIODISTA

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EL PERIODISTA

Por: Ramón Elías Pérez

Esto ocurrió en La Pastora, hace tanto tiempo que no recuerdo con precisión el año, sacando la cuenta debió haber sido en los primeros años del bachillerato. Fue un momento extraordinario, no tanto por los cambios en el sistema de enseñanza y las nuevas asignaturas, sino por todos aquellos eventos que estaban ocurriendo en mi naturaleza. No sólo era la parte física, eso que llamamos materia: huesos, músculos, efluvios… era aquello que no se toca, no se ve y está más allá del pensamiento y las emociones, digámosle lo intangible. En ese océano está el conocimiento y la información, para no hablar de cosas más profundas como el espíritu y el alma.

  • ¿Usted es publicista? -Me preguntó uno de los morochos.

Le respondí de inmediato, en ese instante pensé en la edad, cómo podía ser periodista si apenas tenía catorce años. Hay historias que cuentan de hombres que empezaron muy temprano a realizar oficios. Recuerdo que mi padre decía que a esa edad ya trabajaba cuidando pájaros en Sanare y Quíbor.

  • No soy publicista –dije

Los hermanos eran gemelos, conocidos de Osvaldo Vigas, se parecían tanto que no podíamos distinguirlos. Siempre andaban juntos y si uno hablaba el otro estaba allí como asintiendo, atento a cualquier yerro. Uno podría pensar que eran taxidermistas, agrimensores, linotipistas, hacedores de una labor antigua que requería conocimiento y mucha precisión. Pequeños, calvos, muy afables, ambos usaban lentes y en aquellas monturas pegadas con cinta plástica podían apreciarse ciertas diferencias, aunque saber quién era uno y quién el otro tal vez no tenía mayor importancia. Ancianos, cargados de vida, fueron las razones que me condujeron a tal acercamiento.

Era cierto, aquel encuentro parecía una entrevista y ellos, amables y respetuosos, respondían sin aprehensiones. Eso fue en la Pastora, en la ciudad de Valencia mientras mi madre visitaba a su tía Carmen. Pocos años después de esa tertulia ocurrió lo del periódico panfletario hecho a multígrafo. Fueron cambios muy rápidos, no nos habíamos bajado del caballo cuando nos mudamos del pueblo a la ciudad y las costumbres, los hábitos… nos vimos envueltos en esa vorágine que pudimos contener a tiempo. Nada extraño pasó porque la mayoría de los ochenta mil habitantes de la urbanización, luego la cifra pasó a doscientos mil, eran iguales a nosotros. El liceo, gracias a Dios, siguió siendo el mismo donde nos habíamos iniciado, lo habían mudado del centro de la ciudad en la parroquia Catedral para la nueva urbanización, construida en el sitio de La Isabelica. El Enrique Bernardo Núñez, nombre de un insigne escritor carabobeño, nos quedó a dos cuadras del apartamento.

Así las cosas los viejos se divorciaron, uno de mis hermanos se casó, mataron a Pablo, Dante, nuestro perro y mascota, se lo llevó el olvido y la tristeza. En ese lapso formamos el grupo cultural y publicamos el órgano informativo: “Nueva Visión”, el instrumento perfecto para protestar, decir algo y abrazar ideas libertarias. Era una publicación “hecha a mano” con un Gestetner importado y tenía un fin político. Queríamos crear conciencia, como decía Paulo Freire, y para ello hacíamos reuniones todas las noches, luego pasamos a los círculos de estudio. Los eternos calentadores de pupitres, ya viejones, aquellos que duraban veinte años para graduarse, de las Residencias Tercer Mundo, nos querían ganar para sus fines, necesitaban cuadros para hacer la transformación que requería el país y nosotros éramos los propios, los contestatarios. Nos sentíamos revolucionarios, por eso cuando llegamos a la universidad no creíamos en cuentos, allí nos encontramos con socialistas, comunistas, nihilistas, turistas… Había de todo en aquel zoológico de grupos políticos y fanáticos; recuerdo a un alborotador, Alberto, fundador de un partido obrerista llamado TERS (Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista) quien decía ser trotkista y con los años –ahora en tiempos de Chávez- se convirtió en opositor derechista. En una clase de historia se nos ocurrió decir que lo nuestro, la opción válida, era crear un socialismo a la venezolana; Alberto me refutó y al increparme dijo que yo era un masista trasnochado, que ese era un partido reaccionario. El tiempo le dio la razón en parte, el MAS no sólo se fue para la derecha sino que en ese salto se llevó lo más granado del pensamiento de izquierda para ese momento; y Alberto dio un brinco tan grande que todavía lo ven volar por las frondas de los mangos de aquella escuela ingrata. Siempre fue un pequeño burgués.

El periodiquito fue como una ventana que se nos abrió para entrar al mundo, en el primer número destacábamos los titulares y algunas imágenes tomadas de la Bohemia y Cuba Internacional. Por cierto que eventualmente nos enviaban afiches y calendarios con las imágenes de los héroes de la revolución. Allí publicamos denuncias acerca de la guerra de Vietnam y el genocidio de Nixon. Otros titulares más abajo señalaban las manifestaciones y los estudiantes muertos en pleno gobierno del Doctor Caldera. Al final de su mandato llegaron a pasar de cuarenta, de eso la derecha no recuerda y no dice nada. Ahora se quejan y hacen huelgas de hambre si los miran feos. Los primeros poemas aparecían publicados en las últimas páginas. Ese fue el momento del inicio en el periodismo, y lo decimos porque a los meses fuimos invitados a una reunión con el Movimiento Prensa Libre, de la mano de Pedro Manuel Vásquez, quien era nuestro amigo y mentor. Él que había estado preso en Guasina, fue tomado como personaje central de la novela testimonial de José Vicente Abreu, se llamaba SN; luego fue diputado y mucho después (había estado en Moscú) le fue concedido el premio nacional de periodismo mención opinión. Bueno él tenía su madre viva allí en La Isabelica, Doña Micaela Vásquez, de modo que cada vez que él venía de Caracas para ver a su vieja, -ella había cruzado el Orinoco en una canoa para ver a su hijo y gracias a esa hazaña se convirtió en símbolo y en la madre de todos los guasineros- aprovechábamos la oportunidad para escuchar sus historias. De boca de él nos enteramos de la vida de Guillermo García Bustamante, el autor de la canción “Escríbeme” que interpretó con gran acierto Alfredo Sadel. De aquel largo poema que le gustaba tanto declamar: canto a Marina Blade, y alguno que otro de Andrés Eloy Blanco. De aquella reunión del MPL donde asistimos tres miembros del Grupo Cultural Isabelica salimos a recorrer las calles de San Blas, la parroquia. Héctor Cipriano Villalobos, periodista amigo de Pedro Manuel, igual que J.M Villarroel París, nos llevó a comer comida árabe cerca del puente Morillo… con los años cayó en desgracia y se convirtió en una crápula; qué dolor nos produjo verlo desdentado, sucio, harapiento por los lados del Palacio de Gobierno con una botella de Cocuy como su más preciado título en la mano derecha. Para aquellos momentos la poesía que leíamos era la del Repertorio Poético de Luís Edgardo Ramírez y andábamos escribiendo versos en agendas como las que usaba Luís Palencia, uno de los nuestros, el más viejo de todos, su padre había sido militante del partido comunista en los cincuenta.

De esa experiencia con el periódico hecho a multígrafo nos quedó la amistad y ciertas relaciones. Creo recordar en aquella reunión en los terrenos del cuerpo de bomberos de la Universidad de Carabobo, la presencia de Eleazar Díaz Rangel, quien ya era un destacado gremialista y defensor de la libertad de expresión. Mucha gente quiso acercarse a nosotros porque hacíamos cosas. Un día estábamos montando un cine foro, para crear conciencia, y otro día teatro callejero. Más por intuición que por formación y claridad política. Leíamos con avidez y eso era lo más importante. Hasta los curas de Maryknoll (Catholic Foreing Mission Society of América) se acercaron a nosotros pero siempre desconfiamos de ellos, no porque fueran de la CIA, sino por gringos. Antes de ingresar a la universidad pasamos por el diario Hora Cero y allí conseguí un trabajito como corrector, esa experiencia nos serviría con el tiempo y afianzaría una recóndita afición por las letras.

En la Escuela, antes de ser Facultad, estuvimos involucrados en una experiencia parecida, un encarte político que se llamó “El Pasquín”, lo dirigía un joven brillante, tanto que no supo qué hacer con su inteligencia y se convirtió en delincuente. A tiempo me salí de aquel grupito de muchachos y muchachas de bien, como se decía entonces. Se llamaba igual que el personaje de la mitología griega, el raptor de Helena. Llevado por la avaricia y el amor al dinero estuvo estafando con unos terrenos hasta que cayó preso, al salir de la cárcel regresó arrepentido a las fechorías, decía que había estado estudiando en Canadá -no decía que estuvo pagando cana- y hasta le creímos; cambió el modus operandi y se convirtió en organista de una iglesia. Guiado por la devoción y el arrepentimiento engatusó a los feligreses quitándoles, poco a poco, bienes, casas y fortunas. ¡Esas cosas pasan!

La inteligencia debe ir acompañada de valores sobre todo cuando coincide con personalidades psicopáticas, y al decir esto pienso en el error -digo- de no haber estudiado psicología clínica que era lo que nos gustaba. Tanto es así que nuestro primer artículo en la prensa regional se llamó: “De Fobias, Manías y Obsesiones”; una respuesta a un fanfarrón que dictó una charla sobre la familia a docentes de Escuelas Básicas y decía, entre otras joyas, que si una pareja no tenía como fin casarse y tener hijos, eran un par de sinvergüenzas. Eso cayó muy mal, pensaba en nuestras abuelas y los millones de personas que no se casan. El tipo había estado en el seminario y pertenecía al Opus Dei, era probablemente misógino y anduvo por años destilando su veneno, por suerte no fui su alumno cuando daba clases. Le dije en ese artículo hasta del mal que se iba a morir.

Ya graduado incursionamos en el teatro, la radio y la fotografía; experiencias que se cruzan y se mezclan, difícil separarlas. Después de probar con las tablas como decía Homero Montes, se nos ocurrió realizar el sueño de los días de colaborador con el grupo “Talión” de Valencia, éste no era otro que editar una revista. Gárgola, arte y literatura. Creo que no nos equivocamos, fue una buena experiencia, aunque salieron sólo dos números ello nos permitió incursionar más adelante en los vericuetos de las ediciones e ingresar con delectación en ese mundo de las publicaciones. Un nigromante incorporado así nos lo informó, entonces entendimos por qué el que había nacido para martillo del cielo le caían los clavos.

Antes de ingresar como redactor al semanario de humor “El Muérgano”, nos tocó coordinar en El Zuliano la página literaria: “La Foja”, allí escribimos, cobramos y nos dimos el vuelto un grupo de amigos. Al poco tiempo decidimos tener un espacio en la radio, un programa donde pidiéramos decir lo que nos diera la gana y así lo hicimos. “Del Tiempo y la Gracia”, una hora por mágico mundo de la palabra y la música, decía el epígrafe. Éramos al comienzo un pequeño comité, lo tuvimos por tres años y en ese lapso entrevistamos a pintores, escritores, educadores, políticos, músicos; en aquel espacio nos acompañó por un tiempo una amiga que tenía muy buen timbre, me gustaba y nos divertíamos un mundo. Porque la idea era crear esa sensación de coqueteo constante para que el oyente disfrutara y creara fantasías con la música, lo demás lo hacía la imaginación.

Un día nos llamó el amigo José “Cheo” González, el popular Sapo, para que lo ayudáramos con el tabloide del Instituto para la Conservación del Lago de Maracaibo, (ICLAM) y a los pocos días tenía su artículo. Una investigación que habíamos hecho sobre los Barí, la Sierra de Perijá, y el problema de la contaminación y la depredación del ambiente. Ello fue suficiente para que nos pidiera en comisión de servicio, se trataba de la nueva oficina de prensa que abría la Secretaría de Educación del estado y allá fuimos a parar, paralelamente manteníamos una columna en la prensa regional llamada “La Casa del Sol”, nombre que después utilizamos para una fundación y pudimos publicar varios libros y una revista a los amigos de la causa. Nada del otro mundo, el dinero que llegaba del CONAC era tan poco que apenas pudimos realizar dos eventos importantes, el resto del tiempo se nos iba en llenar formularios, aquellos engorrosos requisitos administrativos que nos alejaron de los subsidios.

Pensé en lo que hacíamos y nos convencimos de estudiar Comunicación Social para no entrar en discrepancias con el gremio y en el fondo porque nos gustaba la idea de ser periodistas graduados. Que alguna vaca sagrada dijera que estábamos ejerciendo ilegalmente la profesión, usurpando un oficio, era lo que menos nos importaba. En la práctica era un todero haciendo de reportero gráfico, redactor, corrector de estilo y hasta de celestino de mis amistades. Entonces nos inscribimos en la UNICA, nos pareció lo más lógico, desde el primer momento nos sentimos identificados con la profesión. Escribíamos por aquí, colaborábamos por allá y para arrechera de las periodistas de Frondas, la publicación de la oficina de prensa, sus escritos pasaban por nuestras manos y nos avergüenza decirlo, aquello era un montón de gazapos y errores de todo tipo. Había honrosas excepciones. No teníamos la culpa, tuvimos buenos maestros, profesores que insistían en eso de escribir bien y sin errores ortográficos, además siempre nos gustó leer. La unión de las consonantes con las vocales produciendo fonemas y así hasta los confines de los sintagmas para producir la sintaxis.

Quien que haya leído a Quevedo y al autor del Diablo Cojuelo no podrá olvidar el goce por las palabras. Cómo no apreciar la extraordinaria función del diccionario y el uso de los signos de puntuación, cómo olvidarnos de la conjugación de los verbos y la terrible experiencia con aquel miserable que nos hizo repetir mil veces modos y tiempos de verbos irregulares, por esa vía infinita de la descalificación humillante. Haber, erguir, ir, ser… carajo, cuántas formas de decir, cuántas palabras. En el fondo debería estar agradecido, ¡ay, Alonso Martínez!, lo ocurrido fue aquello que los psicólogos y educadores conocen como incentivo negativo, suele ser efectivo pero muy peligroso porque una persona débil -no todo el mundo tiene que ser fuerte- se hunde y es presa fácil de las depresiones. Del abatimiento hacia adelante no hay nada bueno, es un camino tortuoso que puede culminar en desgracias. Como dicen ahora, una persona con la autoestima baja no soporta una burla, una chanza y por eso hay que tener cuidado con sujetos en situación crónica, pueden reaccionar de forma violenta, es un mecanismo de defensa y nada más.

Estaba encaminado a convertirme en periodista, sólo tenía que cursar materias y presentar los exámenes de rigor. Era un régimen especial para profesionales del medio, la escolaridad se realizaba los fines de semana y básicamente se traba de estar presentando exámenes y realizando trabajos escritos. Allí encontré columnistas, locutores, animadores y otros compañeros en el ramo de la comunicación.

  • ¿Qué estás haciendo aquí? -Me preguntó Mildred Delgado cuando me vio con una agenda y aquella cara de yo no fui.

  • Nada, camarada, vine a sacar el título.

 

En efecto sólo se trataba de adquirir una credencial y estaba convencido, no iba a obtener otra cosa que -como decían mis amigos en los años setenta- un rango que te da un valor en el mercado de trabajo. Eso fue lo que hice desde el primer sábado, ir en busca de un papel. Había mucha gente adulta y con años de experiencia, llegaban con grabadoras y tremendos maletines. Esto se ponía interesante, éramos más de sesenta y la mayoría venía de la radio. La televisión regional era incipiente y de seguro los del canal de la paloma, Niños Cantores, no se iban a reunir con el perraje. Qué dicen los perifoneadores en su día, dónde está el gremio y el club que los agrupa, existe algún sindicato que no sea aquel de radio, teatro, cine, TV, afines, conexos y similares. Me imaginaba el circo y los malabaristas, los marioneteros y los saltimbanquis juntos libando cerveza celebrando el día. Ahora reunidos en un salón de clases para convertirnos gracias a la academia en comunicadores sociales; horas pasé en Radiolandia escogiendo la música, grabando cuñas para el programa, Del Tiempo y la Gracia, una hora por el mágico mundo de la palabra y… a mi lado la bella Laila, vestida hoy con una falda vaporosa, sin mangas, flores y su colonia Menen para niños en esta mañana espléndida. Muy buenos días tengan todos, les saluda el 12.388…

  • ¡Buenos días, Laila!, qué dice hoy tu corazón, cuales son las señales del cosmos, qué dicen las runas, las mancias. -Ella reía como una modelo y locutora entrenada para causar un efecto dulce en el oyente.

Las primeras entrevistas las hacía Cheo porque él si era periodista y uno respetaba aquella “prohibición” pero después de tres o cuatro programas nos olvidamos de la autocensura. Total, nadie con dos dedos de frente tendría la osadía de querer imitar a ese charlatán estrella de NCTV; el mal gusto y la mediocridad se instalaría en todos los medios para vergüenza de la profesión. En conclusión decidimos graduarnos para no ser ilegales y estando en el primer semestre de aquel régimen especial me entró una insufrible sensación. Fue que se me instaló en el alma un viento frío, una nube gris. Cheo se retiró del programa y nos quedamos ella y yo, conseguimos patrocinio y al año siguiente estábamos en la emisora de la universidad, mucho más cónsona con el estilo. Lo bueno de todo aquello fue que los programas, la gran mayoría, quedaron grabados y después de veinte años son una prueba, un registro histórico.

Lo intentamos pero regalarle los sábados a la academia nos resultaba harto difícil, ya habíamos adquirido los hábitos aventureros de la pesca y los viajes a los municipios foráneos. Era como retroceder en el tiempo. ¡Bueno!, auque suene pedante decirlo, estábamos más para dar clases que para recibirlas, y menos escuchando las disertaciones nerviosas de aquellos docentes recién graduados. Algo tenía que hacer, estábamos ejerciendo la profesión de periodistas sin serlo. Un brillante docente de LUZ nos lo espetó, casi nos llama impostores. Fue entonces cuando se nos ocurrió el plan B, nos fuimos para el carajo y abandonamos todo intento de graduarnos como periodistas. Para no frustrarme estuve sacando crucigramas y recogiendo latas por años; convencí a mi hijo mayor Luís Ricardo para que se graduara de una vez por todas de comunicador social, y en una especie de proyección de la conciencia, sería periodista a través de él. Luego, continuaría siendo lo que soy.

Creo que estuvo bien, estudié lo que tenía más cerca y hoy vivo jubilado de una carrera que me permitió escribir cuanto quise. En este sentido siempre recordaré con agrado la “entrevista” a los gemelos de La Pastora. ¡Publicista!

Todavía sigo creyendo que hay que crear conciencia en las masas y que la educación para la libertad es el camino. Periodista cada vez que quiero y ahora lo hago por Internet. Lo mejor es que también escribo para joder el parque.

 

 

 

 

 

La muerte lenta del chavismo

PIEDRA DE TOQUE. Al mismo tiempo que el Gobierno de Nicolás Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión se amplificaba y se detenía a funcionarios por votar a la oposición

Mario Vargas Llosa

FERNANDO VICENTE

Una fiera malherida es más peligrosa que una sana pues la rabia y la impotencia le permiten causar grandes destrozos antes de morir. Ese es el caso del chavismo, hoy, luego del tremendo revés que padeció en las elecciones del 14 de abril, en las que, pese a la desproporción de medios y al descarado favoritismo del Consejo Nacional Electoral —cuatro de cuyos cinco rectores son militantes gobiernistas convictos y confesos— el heredero de Chávez, Nicolás Maduro, perdió cerca de 800 mil votos y probablemente sólo pudo superar a duras penas a Henrique Capriles mediante un gigantesco fraude electoral. (La oposición ha documentado más de 3,500 irregularidades en perjuicio suyo durante la votación y el conteo de los votos).

Advertir que “el socialismo del siglo XXI”, como denominó el comandante Hugo Chávez al engendro ideológico que promocionó su régimen, ha comenzado a perder el apoyo popular y que la corrupción, el caos económico, la escasez, la altísima inflación y el aumento de la criminalidad, van vaciando cada día más sus filas y engrosando las de la oposición, y, sobre todo, la evidencia de la incapacidad de Nicolás Maduro para liderar un sistema sacudido por cesuras y rivalidades internas, explica los exabruptos y el nerviosismo que en los últimos días ha llevado a los herederos de Chávez a mostrar la verdadera cara del régimen: su intolerancia, su vocación antidemocrática y sus inclinaciones matonescas y delincuenciales.

Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos

Así se explica la emboscada de la que fueron víctimas el martes 30 de abril los diputados de la oposición —miembros de la Mesa de la Unidad Democrática—, en el curso de una sesión que presidía Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó a Chávez en su frustrado levantamiento contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. El Presidente del Congreso comenzó por quitar el derecho de la palabra a los parlamentarios opositores si no reconocían el fraude electoral que entronizó a Maduro e hizo que les cerraran los micros. Cuando los opositores protestaron, levantando una bandera que denunciaba un “Golpe al Parlamento”, los diputados oficialistas y sus guardaespaldas se abalanzaron a golpearlos, con manoplas y patadas que dejaron a varios de ellos, como Julio Borges y María Corina Machado, con heridas y lesiones de bulto. Para evitar que quedara constancia del atropello, las cámaras de la televisión oficial apuntaron oportunamente al techo de la Asamblea. Pero los teléfonos móviles de muchos asistentes filmaron lo ocurrido y el mundo entero ha podido enterarse del salvajismo cometido, así como de las alegres carcajadas con que Diosdado Cabello celebraba que María Corina Machado fuera arrastrada por los cabellos y molida a patadas por los valientes revolucionarios chavistas.

Dos semanas antes, yo había oído a María Corina hablar sobre su país, en la Fundación Libertad, de Rosario, Argentina. Es uno de los discursos políticos más inteligentes y conmovedores que me ha tocado escuchar. Sin asomo de demagogia, con argumentos sólidos y una desenvoltura admirable, describió las condiciones heroicas en que la oposición venezolana se enfrentaba en esa campaña electoral al elefantiásico oficialismo —por cada 5 minutos de televisión de Henrique Capriles, Nicolás Maduro disponía de 17 horas—, la intimidación sistemática, los chantajes y violencias de que eran víctimas en todo el país los opositores reales o supuestos, y el estado calamitoso en que el desgobierno y la anarquía habían puesto a Venezuela luego de catorce años de estatizaciones, expropiaciones, populismo desenfrenado, colectivismo e ineptitud burocrática. Pero en su discurso había también esperanza, un amor contagioso a la libertad, la convicción de que, no importa cuán grandes fueran los sacrificios, la tierra de Bolívar terminaría por recuperar la democracia y la paz en un futuro muy cercano.

Todos quienes la escuchamos aquella mañana quedamos convencidos de que María Corina Machado desempeñaría un papel importante en el futuro de Venezuela, a menos de que la histeria que parece haberse apoderado del régimen chavista, ahora que se siente en pleno proceso de descomposición interna y ante una impopularidad creciente, le organice un accidente, la encarcele o la haga asesinar. Y es lo que puede ocurrirle también a cualquier opositor, empezando por Henrique Capriles, a quien la ministra de Asuntos Penitenciarios acaba de advertirle públicamente que ya tiene listo el calabozo donde pronto irá a parar.

No es mera retórica: el régimen ha comenzado a golpear a diestra y siniestra. Al mismo tiempo que el Gobierno de Maduro convertía el Parlamento en un aquelarre de brutalidad, la represión en la calle se amplificaba, con la detención del general retirado Antonio Rivero y un grupo de oficiales no identificados acusados de conspirar, con las persecuciones a dirigentes universitarios y con expulsiones de sus puestos de trabajo de varios cientos de funcionarios públicos por el delito de haber votado por la oposición en las últimas elecciones. Los ofuscados herederos de Chávez no comprenden que estas medidas abusivas los delatan y en vez de frenar la pérdida de apoyos en la opinión pública sólo aumentarán el repudio popular hacia el Gobierno.

Da tristeza un Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar

Tal vez con lo que está ocurriendo en estos días en Venezuela tomen conciencia los Gobiernos de los países sudamericanos (Unasur) de la ligereza que cometieron apresurándose a legitimar las bochornosas elecciones venezolanas y yendo sus presidentes (con la excepción del de Chile) a dar con su presencia una apariencia de legalidad a la entronización de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Ya habrán comprobado que el recuento de votos a que se comprometió el heredero de Chávez para obtener su apoyo, fue una mentira flagrante pues el Consejo Nacional Electoral proclamó su triunfo sin efectuar la menor revisión. Y es, sin duda, lo que hará también ahora con el pedido del candidato de la oposición de que se revise todo el proceso electoral impugnado, dado el sinnúmero de violaciones al reglamento que se cometieron durante la votación y el conteo de las actas.

En verdad, nada de esto importa mucho, pues todo ello contribuye a acelerar el desprestigio de un régimen que ha entrado en un proceso de debilitamiento sistemático, algo que sólo puede agravarse en el futuro inmediato, teniendo en cuenta el catastrófico estado de sus finanzas, el deterioro de su economía y el penoso espectáculo que ofrecen sus principales dirigentes cada día, empezando por Nicolás Maduro. Da tristeza el nivel intelectual de ese Gobierno, cuyo jefe de Estado silba, ruge o insulta porque no sabe hablar, cuando uno piensa que se trata del mismo país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a un Vicente Gerbasi y a un Juan Liscano, y, en el campo político, a un Carlos Rangel o un Rómulo Betancourt, un Presidente que propuso a sus colegas latinoamericanos comprometerse a romper las relaciones diplomáticas y comerciales en el acto con cualquier país que fuera víctima de un golpe de Estado (ninguno quiso secundarlo, naturalmente).

Lo que importa es que, después del 14 de abril, ya se ve una luz al final del túnel de la noche autoritaria que inauguró el chavismo. Importantes sectores populares que habían sido seducidos por la retórica torrencial del comandante y sus promesas mesiánicas, van aprendiendo, en la dura realidad cotidiana, lo engañados que estaban, la distancia creciente entre aquel sueño ideológico y la caída de los niveles de vida, la inflación que recorta la capacidad de consumo de los más pobres, el favoritismo político que es una nueva forma de injusticia, la corrupción y los privilegios de la nomenclatura, y la delincuencia común que ha hecho de Caracas la ciudad más insegura del mundo. Como nada de esto puede cambiar, sino para peor, dado el empecinamiento ideológico del Presidente Maduro, formado en las escuelas de cuadros de la Revolución Cubana y que acaba de hacer su visita ritual a La Habana a renovar su fidelidad a la dictadura más longeva del continente americano, asistimos a la declinación de este paréntesis autoritario de casi tres lustros en la historia de ese maltratado país. Sólo hay que esperar que su agonía no traiga más sufrimientos y desgracias de los muchos que han causado ya los desvaríos chavistas al pueblo venezolano.

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© Mario Vargas Llosa, 2013.